Había algo profundamente inquietante en la felicidad de Connor Whitmore.
No era que fuera algo malo.
Al contrario.
Era… sospechoso.
Charly lo observó desde su escritorio por tercera vez en menos de diez minutos, entrecerrando apenas los ojos mientras fingía revisar un documento que llevaba exactamente cinco minutos sin avanzar.
Connor estaba… radiante.
No había otra palabra.
Caminaba por el piso editorial como si el mundo le perteneciera —lo cual, siendo honestos, no era una idea completamente descabellada—, pero había algo distinto en su actitud. Saludaba a todos por su nombre, incluso a personas que probablemente no había notado en meses. Sonreía con una facilidad casi irritante. Hacía comentarios casuales. Bromas, incluso.
Bromas.
Connor Whitmore.
El mismo hombre que solía responder correos con dos palabras y un punto final como si fuera un arma.
El mismo que en reuniones tensas podía desarmar a un autor con una sola mirada y a un equipo completo con un “corríjanlo” dicho en el tono exacto para provocar pánico silencioso.
Ahora estaba… silbando.
Silbando.
Charly bajó la vista al documento.
—Esto es muy extraño… —murmuró para sí misma.
—¿Qué cosa?
Levantó la vista de golpe.
Connor estaba frente a su escritorio.
No lo había visto acercarse.
Y eso ya era preocupante.
Charly se recompuso con rapidez automática, enderezándose apenas en la silla y volviendo la mirada a la pantalla como si llevara horas sumergida en trabajo.
—Nada —respondió con total compostura—. Solo… trabajo.
Connor inclinó ligeramente la cabeza, cruzándose de brazos con una sonrisa ladeada que debería ser ilegal en un entorno corporativo.
—¿Trabajo? ¿Aquí? Qué concepto tan innovador.
Charly rodó los ojos.
—¿Necesita algo, señor Whitmore?
La formalidad en su voz fue deliberada.
Una pequeña muralla.
Un intento de recuperar algo de control antes de que él hiciera alguna estupidez.
Connor la sostuvo la mirada un segundo más.
Y luego sonrió.
Más.
Peor.
—Sí, de hecho —respondió con una calma sospechosa—. Necesito que vengas a mi oficina.
Charly dejó el bolígrafo sobre el escritorio.
—¿Para qué?
Connor pareció pensarlo.
Un segundo.
Dos.
—Es… urgente.
Ella alzó una ceja.
—¿Urgente?
—Críticamente urgente.
—¿De qué se trata?
Connor se inclinó ligeramente hacia ella, como si fuera a compartir información clasificada.
—No puedo decirlo aquí.
Charly entrecerró los ojos.
—Connor…
—Charly —replicó él, imitando su tono con una expresión ofensivamente inocente—. Confía en mí.
Error.
Grave error.
Pero aun así…
Charly se levantó.
Porque a pesar de todo…
confiaba.
Y porque una parte de ella —la parte menos sensata, menos organizada, más peligrosamente enamorada— ya sabía exactamente que esto no tenía nada que ver con trabajo.
Lo siguió con paso medido por el pasillo principal, sintiendo más de una mirada curiosa al paso. Connor abrió la puerta de su oficina con la naturalidad de siempre y la dejó pasar primero.
Charly entró.
Esperó a que él cerrara la puerta detrás de ellos.
Se giró hacia él, cruzándose de brazos.
—Bien, ¿qué—
No terminó.
Porque Connor ya estaba frente a ella.
Y en menos de un segundo…
la había rodeado con los brazos.
—¡Connor! —exclamó, sorprendida.
Pero la protesta murió rápidamente.
Porque él la estaba besando.
De nuevo.
Sin aviso.
Sin contexto.
Sin la más mínima intención de fingir profesionalismo.
Como si hubiera estado esperando ese momento desde que la dejó en su escritorio apenas unos minutos antes.
Charly intentó apartarlo.
Solo un poco.
Por dignidad.
—¡Estás loco! —murmuró contra sus labios.
—Probablemente —respondió él sin separarse del todo.
Y luego la abrazó más fuerte.
Enterrando el rostro en su cuello como si ese fuera su lugar natural.
Como si después de una sola noche de honestidad absoluta, su cuerpo hubiera decidido que ese era ahora su sitio favorito en el mundo.
—Te extrañé.
Charly parpadeó.
—Connor… han pasado… ¿diez minutos?
—Demasiado tiempo.
Ella soltó una pequeña risa, incapaz de contenerla.
—Eres imposible.
—Y tú estás aquí —replicó él, todavía sin soltarla—. Así que claramente no te molesta tanto.
Charly negó con la cabeza, aunque sus manos ya se habían posado en su espalda casi por reflejo.
Casi por necesidad.
Casi como si su cuerpo también hubiera decidido, por su cuenta, que estar así de cerca ya no era negociable.
—Tenías una “emergencia”, ¿recuerdas?
Connor levantó la cabeza, fingiendo pensar.
—Ah, sí.
La miró con total seriedad.
—Era esto.
Charly lo miró.
Un segundo.
Dos.
Y luego…
—Voy a renunciar.
Connor sonrió.
—No lo harás.
—¿Ah, no?
—No —se inclinó para besar la comisura de sus labios con una lentitud deliberadamente irritante—. Porque te debo un libro.
Eso…
eso la hizo detenerse.
Y él lo notó.
Siempre lo notaba.
La referencia al trato, a esa vieja promesa casi absurda que ahora parecía pertenecer a otra vida, fue suficiente para ablandar la amenaza.
—Y porque —añadió, más bajo ahora, rozando apenas su nariz con la de ella— me amas.
Charly sintió el calor subirle al rostro.
—No uses eso como argumento profesional.
—Funciona sorprendentemente bien.
—No en recursos humanos.
—Entonces es una suerte que no trabaje ahí.
Charly soltó una exhalación que quiso sonar a exasperación, pero terminó pareciéndose demasiado a una risa.
Y eso fue exactamente lo que lo alentó.
Connor sonrió de lado, la clase de sonrisa que siempre había sido peligrosa, pero que ahora tenía el agravante de venir cargada de algo real.