El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 42

Si alguien le hubiera dicho a Charly Bennett que uno de los escenarios más caóticos de su vida no iba a desarrollarse en la editorial, ni en una sala de juntas hostil, ni durante una crisis de reputación, ni siquiera en medio de una de sus habituales guerras de voluntades con Connor Whitmore, sino frente a una mesa de degustación de pasteles…

habría pedido pruebas.

Luego habría exigido testigos.

Y aun así no lo habría creído.

Porque una degustación de pasteles, en teoría, debía ser un evento civilizado.

Elegante.

Casi delicado.

Un paréntesis agradable entre listas de invitados, pruebas de menú, locaciones, contratos y el tipo de estrés que solo una boda —real o no— era capaz de producir.

No una escena digna de ser intervenida por seguridad privada.

Y, sin embargo, ahí estaba.

El estudio de Valentina De la Vega tenía el tipo de belleza silenciosa que parecía diseñada para intimidar. Todo estaba dispuesto con una perfección casi ofensiva: mesas de mármol impecables, arreglos florales en tonos crema y rosa empolvado, luz tibia entrando por ventanales enormes, y una larga mesa central cubierta por una colección de pequeños pasteles tan perfectamente decorados que parecía un delito tocarlos.

Casi.

Charly no sintió la menor culpa.

De hecho, por unos minutos gloriosos, su vida recuperó algo parecido a la paz.

Había pastel.

Y en ese preciso instante, eso era suficiente.

—Bienvenidos a una de las partes más importantes del proceso —anunció Valentina con una sonrisa profesional y una carpeta elegante entre las manos—. La degustación final.

Charly ya estaba sentada.

Connor ni siquiera había terminado de acomodar la silla cuando ella ya tenía un tenedor entre los dedos y una expresión de absoluta concentración en el rostro.

La observó en silencio un instante.

Luego se dejó caer a su lado con la resignación de un hombre que comprendía, con tardía lucidez, que nunca iba a ser la prioridad absoluta de esa relación si había postres de por medio.

—¿Vas a comerte todos? —preguntó, mirando la fila de pequeñas porciones con sospecha legítima.

Charly cortó con precisión quirúrgica el primer pedazo.

—¿Vas a juzgarme? —respondió sin molestarse en levantar la vista.

—No exactamente. Estoy evaluando si necesito asistencia psicológica antes de que esto empiece.

—La vas a necesitar.

Connor suspiró.

—Perfecto. Me gusta entrar preparado a mis tragedias.

Valentina, habituada a novios tensos, madres invasivas y novias que lloraban porque un mantel no era exactamente marfil parisino, sonrió con diplomacia.

—Les preparé una selección basada en sus preferencias y en el estilo general del evento. Hay opciones más clásicas, otras más modernas…

Charly ya no la estaba escuchando.

Probó el primero.

Y entonces ocurrió.

Ese pequeño instante de revelación casi espiritual en el que cerró los ojos apenas un segundo, como si acabara de experimentar una verdad superior a través de un pastel de vainilla con frutos rojos.

Connor la miró.

La estudió con la misma atención con la que solía revisar contratos importantes.

Y entonces preguntó, completamente serio:

—¿Así me ves cuando me besas?

Charly abrió los ojos lentamente.

Giró la cabeza hacia él.

Lo observó con una calma que no auguraba nada bueno.

—No —respondió con tranquilidad impecable—. Ahí hago más esfuerzo.

Connor se llevó una mano al pecho.

—Eso fue innecesariamente cruel.

—Fue honestidad emocional.

—Peor todavía.

Valentina carraspeó con elegancia, fingiendo revisar unas notas para no sonreír.

Charly ya estaba probando el segundo.

Esta vez fue más rápida en su reacción.

—Ese —dijo, señalando el pastel anterior con una autoridad que sugería que estaba a punto de firmar un decreto presidencial—. Ese es perfecto.

—Listo, ese es —respondió Connor sin probarlo.

Charly giró lentamente hacia él.

—¿No lo vas a probar?

—No.

—Connor.

—Confío en ti.

La frase la tomó desprevenida solo un segundo.

No por lo que significaba, sino por la naturalidad con la que la había dicho.

Como si ya no fuera algo extraordinario.

Como si simplemente fuera verdad.

Charly se recompuso con rapidez.

—¿Desde cuándo?

Connor se recostó un poco más en la silla.

—Desde que no quiero discutir contigo mientras sostienes un tenedor con intención homicida.

—Cobarde.

—Estratégico.

—Perezoso.

—Enamorado.

El comentario fue tan casual, tan limpio, tan descaradamente dicho al aire, que por un segundo Charly solo lo miró.

Connor sonrió apenas.

Esa sonrisa suya.

La que siempre parecía decir sí, lo dije a propósito y no, no voy a retirarlo.

Charly volvió la vista al pastel antes de que él notara el calor subiéndole por el cuello.

—No puedes elegir un pastel sin probarlo —murmuró, más para recuperar control que por verdadera convicción.

—Claro que puedo.

—No.

—Lo estoy haciendo ahora mismo.

—Eso no cuenta.

—¿Por qué?

—Porque es irresponsable.

Connor inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Tú me estás dando lecciones de responsabilidad mientras contemplas seriamente la posibilidad de comerte doce muestras de pastel en menos de media hora?

Charly lo miró con ofensa perfectamente medida.

—Eso no es irresponsabilidad.

Hizo una pausa breve.

—Eso es compromiso con el proceso.

Connor soltó una risa baja.

Una real.

De esas que últimamente le salían solo con ella.

Y entonces…

—Qué escena tan doméstica.

La voz cortó el momento con la precisión de una navaja.

Connor cerró los ojos.

Charly dejó el tenedor en el plato con lentitud ceremonial.

No.

No, por favor.

No aquí también.




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