El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 43

Connor Whitmore no podía dejar de pensar en una sola cosa.

Mark.

Mark comprometido.
Mark avanzando.
Mark peligrosamente cerca de lo mismo que él quería.

La idea le raspaba la garganta como vidrio molido.

Porque aquello ya no era solo un juego de poder.
Ya no era solo la editorial.
Ya no era únicamente una guerra silenciosa entre apellidos, egos, herencias y viejas heridas familiares.

Ahora había una carrera.

Una con fecha implícita.
Una con consecuencias demasiado claras.

Matrimonio… y un heredero.

Connor exhaló con fuerza, recargando la cabeza en el respaldo del sofá mientras clavaba la vista en el techo de su departamento como si las molduras perfectamente diseñadas fueran a ofrecerle alguna clase de iluminación divina.

No lo hicieron.

Por supuesto que no.

—Idiota… —murmuró para sí mismo.

A unos pasos de él, completamente ajena al colapso estratégico y hormonal que estaba ocurriendo en su cabeza, Charly Bennett vivía en un universo infinitamente más organizado.

Estaba sentada en el otro extremo del sofá, con las piernas recogidas debajo de ella, la laptop abierta sobre los muslos y una concentración casi ofensiva en el rostro. Sus dedos se movían con precisión sobre el teclado, marcando observaciones en un manuscrito con la clase de atención que Connor ya había aprendido a reconocer como peligrosa.

Cuando Charly se metía de lleno en un texto, en un plan o en una idea, el resto del mundo dejaba de existir.

Y eso, en circunstancias normales, le parecía admirable.

En ese momento en particular…

le parecía un problema.

Connor giró apenas la cabeza para mirarla.

Y ahí estaba exactamente el conflicto.

No podía pensar en el futuro de la editorial sin pensar en ella.

No podía pensar en el matrimonio sin pensar en ella.

Y, claramente, no podía pensar en el maldito heredero sin pensar en ella.

Eso era, francamente, muy poco conveniente.

Porque cada vez que intentaba racionalizarlo, la lógica se le iba al demonio y su cerebro tomaba un atajo directo hacia recuerdos muy específicos. Recuerdos que involucraban lluvia, respiraciones entrecortadas, un sofá, un vestido demasiado bonito, labios suaves… y su muy precaria capacidad de autocontrol.

Connor cerró los ojos un segundo.

Mala idea.

Peor idea.

Los abrió de inmediato.

Su mirada vagó por la sala buscando una distracción, cualquier cosa que lo sacara de su propia cabeza, hasta que se detuvo en el tablero de ajedrez que descansaba sobre la mesa de centro.

Las piezas estaban acomodadas con una precisión casi decorativa. Blancas y negras. Pulcras. Ordenadas. Perfectamente alineadas como si esperaran ser útiles.

Connor entrecerró los ojos.

Y entonces…

sonrió.

No era una sonrisa completamente sana.

—¿Y si jugamos? —preguntó de pronto.

Charly no levantó la vista de inmediato.

—¿A qué? —respondió, distraída, mientras seguía escribiendo.

Connor ya estaba inclinándose hacia la mesa, tomando el tablero con una energía sospechosa y llevándolo hasta el espacio entre ambos.

—A esto.

El sonido de la base de madera al posarse frente a ella fue suficiente para que Charly finalmente levantara la mirada.

Primero al tablero.

Luego a él.

Y después de nuevo al tablero, como si quisiera confirmar que sí, efectivamente, Connor Whitmore había decidido interrumpir una noche tranquila para montar una partida de ajedrez como si fuera un lord victoriano con crisis existencial.

—Connor… —dijo con lentitud—. No estoy de humor para—

—El perdedor embaraza al otro.

El silencio fue inmediato.

Total.

Absoluto.

El tipo de silencio que no se instala: cae.

Charly parpadeó.

Una vez.

Dos.

Y luego soltó una carcajada tan inesperada y tan genuina que tuvo que apartar la laptop para no dejarla caer al suelo.

Connor, por supuesto, se sintió absurdamente satisfecho consigo mismo.

—¿Perdón? —dijo ella entre risas, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué acabas de decir?

Connor se encogió de hombros con una serenidad criminal.

—Lo que escuchaste.

—No, no, necesito que lo repitas porque quiero estar segura de que no sufrí una alucinación.

—El perdedor —repitió él, con paciencia— embaraza al otro.

Charly se quedó mirándolo unos segundos más antes de reír otra vez, esta vez con ese gesto de incredulidad absoluta que a Connor le parecía insultantemente encantador.

—¿Esa es tu forma elegante de pedirme que tengamos sexo?

Connor la observó con una seriedad completamente artificial.

—No fue elegante.

—No.

—Fue directa.

—Fue indecente.

—Fue eficiente.

Charly negó con la cabeza, todavía sonriendo.

—Eres un descarado.

—Soy un hombre de soluciones.

—Eres un problema con buen traje.

—Y tú estás enamorada de ese problema.

Charly entrecerró los ojos.

—No uses mi vulnerabilidad emocional en tu beneficio.

—Lo consideraré —dijo él—. Pero no prometo nada.

Ella soltó un suspiro largo, resignado, aunque la sonrisa todavía seguía en su boca.

—¿Esto es porque Mark se comprometió? —preguntó finalmente.

La pregunta lo desarmó más de lo que esperaba.

Connor se quedó quieto un instante.

No demasiado.

Pero sí lo suficiente.

Porque esa era la verdad.

O parte de ella.

Exhaló despacio, pasándose una mano por la nuca antes de mirarla otra vez.

—Sí —admitió al final, sin intentar suavizarlo—. En parte.

Charly lo observó en silencio, esperando.

Connor sostuvo su mirada unos segundos más.

Y entonces…

decidió ser completamente honesto.

—Y también porque quiero acostarme contigo.

La frase cayó entre ellos con una claridad brutal.

Sin rodeos.

Sin elegancia.




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