El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 44

Connor Whitmore no recordaba la última vez que había manejado sin prisas.

Sin el ceño fruncido.
Sin la mandíbula tensa.
Sin esa presión constante clavándose en la base del cráneo como un reloj cruel que no dejaba de avanzar, exigiéndole resultados, decisiones, victorias.

Pero esa mañana era distinta.

Esa mañana, por primera vez en mucho tiempo, el mundo parecía haberse acomodado a su favor.

El sol entraba por el parabrisas con una calidez amable, casi cómplice, bañando el interior del auto en una luz dorada que hacía ver todo… más ligero. Incluso el tráfico —que en cualquier otro contexto le habría arrancado un comentario sarcástico y dos insultos bien estructurados— hoy le parecía casi irrelevante.

Connor iba silbando.

Literalmente silbando.

Y si alguien le hubiera dicho un mes atrás que algún día conduciría de camino a la villa familiar, con una sonrisa estúpidamente satisfecha en la cara y silbando como un hombre que acababa de escapar de una comedia romántica de mal gusto, le habría sugerido hacerse revisar la cabeza.

—No puedo creer que estés silbando —dijo Charly desde el asiento del copiloto, sin apartar del todo la vista de su teléfono, aunque una sonrisa pequeña y peligrosamente tierna traicionaba la seriedad que intentaba mantener.

Connor giró apenas el rostro hacia ella, con esa expresión suya que siempre oscilaba entre arrogancia, diversión y una clase de confianza irritante… aunque ahora había algo distinto.

Algo más suave.

Algo más cálido.

Algo que Charly ya estaba empezando a reconocer demasiado bien.

—Estoy practicando para la boda —respondió con total naturalidad—. Planeo ser el esposo más encantador de la historia.

Charly soltó un pequeño sonido nasal.

—¿Silbando?

—Es un talento infravalorado.

—Es una amenaza acústica.

—Eso también es una forma de talento.

Charly negó con la cabeza, pero esta vez la sonrisa se le escapó con más libertad.

Connor la miró un segundo más de lo necesario.

Y ahí estaba.

La razón.

La causa exacta y humillante de su buen humor.

No era el clima.
No era el día.
No era siquiera la maldita villa.

Era ella.

La forma en que llevaba el cabello recogido de ese modo despreocupado que, por alguna razón, le parecía más peligroso que cualquier vestido elegante. La manera en que la luz tocaba el perfil de su rostro. La expresión concentrada con la que fingía revisar mensajes, como si no fuera perfectamente consciente de que él llevaba quince minutos mirándola cada vez que el tráfico se lo permitía.

Connor apoyó el brazo en la ventana, relajado, con una sonrisa que ya no tenía el menor interés en ocultar.

Una semana.

En una semana se casaba con ella.

Y la idea, lejos de provocarle el tipo de ansiedad que cualquier ser humano funcional probablemente sentiría, le producía algo mucho peor.

Felicidad.

Pura.

Ridícula.

Insoportablemente real.

Connor soltó una exhalación suave y negó apenas con la cabeza, como si todavía no terminara de creerse su propia suerte.

—¿Sabes? —dijo de pronto, como quien llega a una conclusión brillante—. Estoy empezando a creer que soy un genio.

Charly levantó la vista de inmediato y lo miró con esa expresión exacta que siempre aparecía cuando él decía algo que sonaba peligrosamente estúpido.

—Eso suena alarmante.

—Lo es —respondió él, haciendo un gesto con la mano hacia ella—. Mira el resultado. Conseguí a la mujer más inteligente, más hermosa… y más insoportable del planeta.

—Vaya —dijo Charly, arqueando una ceja—. Qué halago tan profundamente romántico.

—Estoy guardando los mejores para el altar.

—Pobre de mí.

—Pobres de todos los invitados, en realidad. Probablemente llore.

Charly soltó una risa baja.

—Tú no lloras.

Connor la miró con gravedad fingida.

—No frente a testigos.

Ella rodó los ojos, pero esta vez no intentó esconder la sonrisa.

Y Connor sintió algo extraño.

No intenso.

No abrumador.

Sino… tranquilo.

Una calma nueva.

Peligrosa, incluso.

Había pasado demasiado tiempo viviendo como si todo fuera una batalla. Como si cada conversación escondiera una negociación. Como si cada paso que daba tuviera que defenderse de alguien, de algo, de todo.

Pero ahora…

Ahora todo se sentía distinto.

Porque ya no estaba jugando solo.

Y porque, por primera vez en su vida, no estaba intentando ganar algo.

Estaba intentando construir algo.

Con ella.

El camino hacia la villa se volvió más familiar conforme avanzaban. Las avenidas amplias fueron cediendo a carreteras más estrechas, y poco a poco el paisaje urbano se disolvió en una sucesión de árboles altos, caminos más silenciosos y ese verde elegante y antiguo que siempre había rodeado la propiedad Whitmore.

Connor sintió el cambio antes de verlo del todo.

Como un reconocimiento físico.

Como si su cuerpo recordara el lugar antes que su mente.

La villa no era solo una propiedad familiar.

No para él.

Nunca lo había sido.

Era memoria.

Era refugio.

Era el único lugar donde había aprendido, aunque fuera de niño y a distancia, que el amor podía ser algo distinto a una negociación fría o a una apariencia impecable para las fotografías.

Sus abuelos.

Siempre ellos.

El único matrimonio real que había visto de cerca.

Sin estrategias.

Sin competencia.

Sin máscaras.

Solo elección.

Todos los días.

Connor apretó ligeramente el volante.

Y sin pensarlo demasiado, su mano libre buscó la de Charly.

La encontró.

Y la sostuvo.

Charly no se apartó.

Al contrario.

Entrelazó sus dedos con los de él en un gesto pequeño, silencioso, íntimo.

Connor no dijo nada.

Pero esa pequeña acción…




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