El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 46

El sonido de la maleta al abrirse fue más brusco de lo necesario.

Connor no lo notó… o tal vez sí, pero no le importó.

La cremallera cedió bajo sus manos con un tirón seco, casi violento, como si en ese gesto mínimo pudiera descargar una fracción —apenas una— de la tensión que llevaba acumulando desde que había visto a Mark de pie en la entrada de la villa, con esa sonrisa insoportable que parecía adherirse a su memoria incluso cuando apartaba la mirada.

Dejó la maleta sobre la cama con más fuerza de la necesaria.

El golpe fue sordo.

Contenido.

Como todo en él.

La habitación era impecable.

Demasiado impecable para el estado en el que se encontraba su cabeza.

Amplia, luminosa, con techos altos sostenidos por vigas de madera oscura que contrastaban con la claridad de las paredes. Las ventanas abiertas dejaban entrar la luz de la tarde en tonos dorados, suaves, casi cálidos, mientras las cortinas ligeras se movían con la brisa, creando una sensación de calma que, en otro momento, habría sido suficiente para desarmar incluso a alguien como Connor.

Pero no ese día.

No en ese momento.

La cama, perfectamente tendida, ocupaba el centro del espacio como si fuera el eje de todo, rodeada de detalles pensados con cuidado: flores frescas, ropa de cama impecable, cojines acomodados con una precisión casi ofensiva, una elegancia que no era ostentosa… sino íntima.

Era el tipo de habitación que invitaba a quedarse.

A bajar el ritmo.

A enamorarse.

A empezar una vida.

Y Connor…

Estaba demasiado molesto para disfrutarlo.

—Increíble —murmuró, sacando una camisa y colgándola en el armario con un movimiento más brusco de lo necesario—. Simplemente increíble.

No levantó la voz.

No hizo falta.

La tensión estaba en cada gesto, en cada músculo, en la forma en que sus manos se movían con una precisión que ya no era control… sino contención.

—¿Sabes qué es lo mejor? —continuó, sin mirar a Charly—. Que ni siquiera intenta disimularlo. Ni un poco. Llega, se instala, sonríe… y ya está. Como si no fuera completamente absurdo.

Sacó otra prenda.

La acomodó.

La volvió a ajustar, como si el problema estuviera en la alineación y no en lo que llevaba dentro.

—¿Compartir la villa? —soltó una risa breve, incrédula—. ¿Qué sigue? ¿Nos turnamos el altar? ¿Un día tú, un día yo?

Al otro lado de la habitación, Charly doblaba su ropa con calma.

Como siempre.

Cada movimiento suyo tenía una intención, una medida exacta, una forma de sostener el orden incluso cuando el entorno se volvía caótico. No respondió de inmediato.

Lo observó.

Lo dejó hablar.

Lo dejó vaciar lo suficiente.

Porque sabía que Connor no necesitaba una respuesta rápida.

Necesitaba espacio para agotarse un poco dentro de su propia furia.

—Connor… —dijo finalmente, con suavidad.

Él no respondió.

Siguió moviéndose.

Pero la escuchó.

Siempre la escuchaba.

—Mírame.

Hubo una pausa.

Pequeña.

Tensa.

Y entonces Connor se detuvo.

No de golpe.

Pero sí lo suficiente.

Giró lentamente.

Y cuando lo hizo…

ya no era el Connor irónico.

Ni el Connor afilado.

Era algo más expuesto.

Más real.

Más peligroso precisamente porque estaba herido.

—Este iba a ser nuestro momento —dijo al fin, y su voz bajó apenas—. Solo… nuestro.

La frase quedó suspendida entre ellos.

No como una queja.

Sino como una verdad que llevaba demasiado peso encima.

Charly dio un paso hacia él.

Luego otro.

Sin prisa.

Sin invadir.

Con esa forma suya de acercarse que no imponía… pero tampoco dejaba espacio para huir.

Se detuvo frente a él.

Cerca.

Lo suficiente para que Connor pudiera sentir su presencia sin que aún lo tocara.

—Y lo sigue siendo —respondió.

Connor frunció ligeramente el ceño.

—¿Ah, sí? Porque no lo parece.

Charly no reaccionó a la dureza.

No la necesitaba.

—Porque estás mirando a Mark —dijo con calma—. Y no a nosotros.

Connor abrió la boca.

Listo para responder.

Listo para defender su molestia.

Pero no encontró las palabras.

Porque, en el fondo…

sabía que tenía razón.

Charly dio un paso más.

Y esta vez…

lo tocó.

Sus manos se apoyaron suavemente sobre el pecho de Connor, justo donde su respiración seguía marcada por la tensión. El contacto no fue fuerte.

No fue insistente.

Pero fue suficiente.

Como si lo anclara.

Como si lo trajera de vuelta.

—Escúchame —continuó, sosteniendo su mirada—. No me importa que Mark esté aquí. No me importa que intente arruinar las cosas, porque eso es lo único que sabe hacer.

Sus dedos se movieron apenas.

Un gesto pequeño.

Casi inconsciente.

—Pero esto… —murmuró— no es de él.

Connor sostuvo su mirada.

Y algo dentro de su pecho cedió.

Un poco.

Solo un poco.

—Esta boda no es de tu familia —añadió ella—. No es de la editorial. No es de una competencia.

Hizo una pausa.

—Es nuestra.

El silencio que siguió fue distinto.

Menos pesado.

Menos agresivo.

Connor exhaló lentamente.

Y por primera vez desde que había entrado a la habitación…

miró de verdad.

Las ventanas.

La luz.

La cama.

El espacio.

A ella.

Charly.

Ahí.

Frente a él.

Real.

Presente.

Eligiéndolo.

—Eres demasiado sensata para mi gusto —murmuró finalmente, con una sonrisa cansada que apenas empezaba a formarse.

Charly arqueó una ceja.

—Y tú demasiado dramático.

Connor dejó escapar una risa.

Baja.

Corta.

Pero genuina.

Y sin pensarlo demasiado…

se inclinó hacia ella.

Apoyó su frente contra la de Charly.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.