El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 50

La habitación estaba envuelta en una calma engañosa.

No era silencio absoluto —la villa jamás estaba realmente en silencio esa noche—, pero sí tenía esa clase de quietud íntima que solo existe cuando el mundo entero parece suceder un poco más lejos. A través de las ventanas altas, la luz cálida de los jardines se filtraba en destellos dorados, proyectando sombras suaves sobre las paredes. Afuera, se escuchaba el murmullo lejano de voces, el tintinear ocasional de una copa, una risa amortiguada por la distancia, el ir y venir de un lugar que se preparaba para una celebración.

Todo estaba vivo.

Todo estaba avanzando.

Todo parecía saber que faltaban solo unas horas para que algo importante ocurriera.

Y Connor Whitmore, por su parte, estaba profundamente en desacuerdo con el universo.

De pie frente a la cama, con una camisa blanca a medio abotonar y la mandíbula tensa en una expresión de abierta ofensa, observaba la maleta abierta sobre el colchón como si se tratara de un acto de traición personal.

Una emboscada.

Una conspiración.

Un atentado cuidadosamente organizado contra su bienestar emocional.

—Esto es ridículo… —murmuró al fin, con el tono solemne de un hombre injustamente exiliado de su propio reino.

No lo dijo específicamente para ella.

Pero también sabía perfectamente que Charly lo estaba escuchando.

Y que, probablemente, estaba disfrutándolo más de lo que debería.

Charly Bennett estaba sentada en el borde de la cama, observándolo con esa sonrisa suya que siempre conseguía ser al mismo tiempo tierna y peligrosamente divertida. Tenía las piernas ligeramente dobladas hacia un lado, las manos descansando entrelazadas sobre su regazo, y llevaba una de sus camisetas.

De Connor.

Lo cual, para empezar, ya era un problema.

Porque la camiseta le quedaba apenas demasiado grande, cayéndole con una negligencia encantadora sobre el cuerpo. El cuello le resbalaba un poco hacia un hombro. El cabello lo llevaba suelto, desordenado con elegancia involuntaria, y la suavidad doméstica de esa imagen era exactamente el tipo de cosa que volvía a Connor un hombre incapaz de pensar con claridad.

La habitación entera podía estar ardiendo y él seguiría distrayéndose si ella lo miraba así.

Y esa era, precisamente, la raíz de todos sus problemas.

—Son solo unas horas —respondió ella con suavidad, como si estuviera intentando calmar a un animal grande y emocionalmente inestable.

Connor giró el rostro hacia ella con una lentitud cargada de incredulidad.

—¿Unas horas? —repitió, llevándose una mano al pecho con un dramatismo casi ofensivo—. Charly, estamos hablando de una separación injustificada, innecesaria y francamente cruel.

Ella bajó la mirada un segundo, claramente conteniendo la risa.

Lo cual solo empeoró las cosas.

—Es tradición, Connor.

Él se giró por completo hacia ella, indignado.

—Las tradiciones son sugerencias —declaró con absoluta convicción, levantando una mano como si estuviera exponiendo una teoría jurídica frente a una corte—. Y esta, en particular, me parece ofensiva, arbitraria y profundamente discriminatoria contra los hombres guapos y emocionalmente dependientes.

Charly soltó una pequeña risa por la nariz.

—¿Emocionalmente dependientes?

Connor señaló hacia ella con el índice.

—No te burles. Estoy siendo vulnerable.

—Estás siendo insoportable.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

Eso, para su desgracia, la hizo reír de verdad.

Y Connor tuvo que hacer una pausa mental completa para no olvidar por qué estaba enojado.

Porque ese era el problema con Charly.

Cada vez que se proponía sostener una queja digna, ella sonreía… y de pronto todo se volvía secundario.

—No es para tanto —dijo ella al cabo de un momento, ladeando la cabeza con una dulzura sospechosa—. Vas a dormir en otra habitación, no te están mandando a la guerra.

Connor la miró como si acabara de insultar su inteligencia.

—No puedes saber eso.

Charly arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—No sabes qué me espera ahí afuera, Bennett. —Se llevó una mano al pecho otra vez, esta vez más teatralmente—. Podría haber sábanas ásperas. Una almohada mediocre. Aire acondicionado descompuesto. Una lámpara fea. ¿Y si me toca una habitación con decoración cuestionable?

—Connor…

—¿Y si hay cuadros tristes?

Ella lo observó un segundo.

Luego otro.

Y finalmente negó con la cabeza, con una paciencia que solo confirmaba que el amor era una enfermedad extraña.

—Dios mío.

—Exacto —dijo él, aprovechando la apertura—. Gracias por entender la magnitud del problema.

Charly se cruzó de brazos.

—No estoy entendiendo. Solo te estoy viendo hacer un escándalo porque no puedes dormir conmigo una noche.

Connor abrió la boca.

La cerró.

La volvió a abrir.

Y luego decidió que, si iba a perder la dignidad, al menos lo haría siendo honesto.

—Sí —respondió sin rodeos—. Exactamente por eso.

Ella parpadeó.

Y durante un segundo…

su sonrisa cambió.

Se volvió más suave.

Más íntima.

Más peligrosa.

Connor exhaló por la nariz, pasando una mano por su cabello.

—Porque, por si no lo has notado, llevo días despertando contigo —dijo, y esta vez su voz había perdido algo del tono burlón—. Durmiendo contigo. Escuchándote respirar. Encontrándote en la cama cuando abro los ojos. Y ahora, justo hoy, alguien decidió que es una excelente idea separarnos como si eso fuera normal.

Caminó hacia ella mientras hablaba.

No rápido.

No dramáticamente.

Solo con esa intensidad callada que siempre parecía aparecer en él cuando dejaba de usar el sarcasmo como armadura.

—Hoy, Charly —añadió en voz más baja cuando llegó frente a ella.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Porque no era cualquier día.




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