El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 54

El departamento de Connor nunca había sido silencioso.

Siempre había algo.

El bajo discreto de una playlist sonando desde alguna bocina olvidada en la sala. El zumbido constante de notificaciones de trabajo. Alguna llamada entrando en el peor momento posible. El ruido de la ciudad filtrándose por los ventanales enormes, incluso a esas horas donde Nueva York fingía dormir sin lograrlo nunca del todo.

Y, en los últimos días…

La risa de Charly.

Ese sonido se había metido en cada rincón del lugar con una naturalidad desconcertante, como si el departamento hubiera estado esperando su voz desde antes de que ella pusiera un pie ahí. Había quedado atrapado entre las paredes, entre los cojines del sofá, entre las sábanas revueltas de la cama, entre la taza de café que a veces olvidaba a medio terminar en la cocina mientras lo regañaba por responder correos a las once de la noche.

Ahora…

El silencio era insoportable.

No era un silencio vacío.

Era peor.

Era un silencio lleno de ausencia.

Pesado. Denso. Vivo.

Connor estaba sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas con una fuerza casi dolorosa. Tenía la mirada fija en algún punto del suelo que no estaba viendo realmente, como si pudiera evitar pensar si se concentraba lo suficiente en una línea invisible del parquet.

No funcionaba.

Nada funcionaba.

La habitación seguía exactamente igual a como la había dejado al entrar horas antes. O tal vez días. El tiempo se había vuelto extraño desde que salió de la villa; algo amorfo, sin estructura, sin lógica, como si los relojes siguieran avanzando por pura crueldad y no por necesidad.

Las sábanas seguían desordenadas.

Una almohada estaba medio caída del lado izquierdo de la cama.

Su saco seguía sobre la silla.

Y la manta ligera que Charly siempre terminaba arrastrando hacia su lado cuando dormían juntos seguía torcida, como si todavía conservara la forma de su cuerpo.

No había tenido la fuerza para acomodar nada.

O tal vez no había querido.

Porque todavía olía a ella.

Ese perfume suave, apenas perceptible, que se mezclaba con algo más cálido, más íntimo. Algo que no era exactamente perfume ni shampoo ni crema corporal.

Era Charly.

Y Dios…

Eso era lo peor.

Connor cerró los ojos un instante.

Grave error.

Porque entonces la vio.

La vio con una claridad tan dolorosa que casi sintió que estaba ahí.

Riéndose.

Rodando sobre esas mismas sábanas con el cabello desordenado, empujándolo con una almohada porque él había dicho alguna estupidez irreparable. Mirándolo con esa mezcla suya de paciencia, ironía y ternura que siempre lograba desarmarlo incluso cuando estaba intentando seguir molesto. Acercándose a él sin prisa, tomándole el rostro entre las manos, besándolo con una suavidad que no tenía nada que ver con deseo… sino con algo mucho más peligroso.

Con amor.

Connor abrió los ojos de golpe, como si lo hubieran golpeado desde dentro.

Se llevó una mano al rostro, apretando el puente de la nariz con fuerza.

—Maldita sea… —murmuró.

La voz le salió rota.

No dramática.

No teatral.

Simplemente rota.

Se levantó de golpe, como si quedarse quieto fuera peor. Como si el movimiento pudiera espantar el dolor o al menos obligarlo a concentrarse en otra cosa. Caminó por el departamento sin rumbo fijo, como un hombre que conoce cada centímetro de su casa y aun así no encuentra dónde poner el cuerpo.

Pero cada paso era una trampa.

Ahí estaba su suéter.

El gris, el que ella se ponía porque decía que olía a él y porque, según Connor, “tenía una preocupante obsesión por robarle ropa”. Seguía doblado a medias sobre el respaldo del sofá, exactamente donde lo había dejado la última vez.

Ahí estaba una taza en la cocina.

Pequeña, blanca, con una marca tenue de labial en el borde.

Ahí… una liga para el cabello descansando sobre la encimera del baño.

Negra.

Insignificante.

Ridículamente pequeña.

Y aun así, capaz de hacerle sentir que alguien acababa de hundirle un cuchillo entre las costillas.

Pequeñas cosas.

Insignificantes.

Pero cada una…

Era un golpe directo al pecho.

Connor apoyó ambas manos sobre la encimera del baño y alzó la vista hacia el espejo.

Su reflejo se veía peor de lo que esperaba.

Tenía el cabello desordenado, las ojeras más marcadas, la mandíbula tensa de un modo casi permanente. Parecía alguien que había dormido mal durante semanas, aunque en realidad la peor parte no era la falta de sueño.

Era el vacío.

Ese hueco estúpido y gigantesco que había dejado ella.

—¿Cómo se supone que se hace esto? —susurró para sí mismo.

Su voz apenas fue un hilo.

Miró su reflejo como si de verdad esperara una respuesta.

—¿Cómo se supone que dejo de…?

No terminó la frase.

No podía.

Porque no había forma de terminarla sin admitir lo evidente.

No sabía cómo dejar de amarla.

Y lo peor era que ni siquiera estaba seguro de querer aprender.

El sonido de la puerta principal lo sacó de golpe de sus pensamientos.

Connor frunció el ceño y se giró con el cuerpo automáticamente tenso. A esas horas no esperaba a nadie. Y, por un instante —irracional, miserablemente desesperado—, una parte de él pensó en ella.

Charly.

Pensó en abrir la puerta y verla ahí.

Con los ojos hinchados.

Con el vestido cambiado por ropa cualquiera.

Con la voz rota y esa forma suya de mirarlo como si aún existiera una manera de arreglar el desastre.

Pensó en decir su nombre.

Pensó en romperse del todo.

Pero ese pensamiento murió tan rápido como nació.

Porque no podía ser ella.

Porque si fuera ella, él no sabría qué hacer.

Caminó hacia la puerta con pasos firmes, cargados de una irritación que ya no sabía bien a quién iba dirigida.




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