El edificio de la editorial se alzaba frente a Charly Bennett como una estructura ajena.
No era la primera vez que cruzaba esas puertas con el corazón roto, con miedo o con la presión clavándosele en el pecho como una segunda respiración, pero sí era la primera vez que sentía que el lugar al que tanto le había pertenecido… ya no la reconocía.
Esa mañana el cielo estaba cubierto por una capa uniforme de nubes grises, de ese gris opaco y silencioso que no anuncia tormenta pero tampoco promete luz. Todo parecía suspendido en una calma extraña, como si el mundo entero se hubiera quedado conteniendo el aliento.
Y, de alguna manera, eso le pareció apropiado.
Porque así se sentía ella.
Suspendida.
Sin aire.
Sin rumbo.
Sin Connor.
Apretó con más fuerza la carpeta que llevaba bajo el brazo mientras subía los escalones de la entrada principal. Sus dedos temblaban apenas, pero lo suficiente para que ella lo notara. Lo suficiente para recordar que, aunque por fuera todavía podía sostenerse recta, por dentro ya había demasiadas cosas desmoronándose al mismo tiempo.
El vidrio automático se abrió con su sonido habitual.
Y el mundo siguió girando.
La recepción lucía exactamente igual. El mostrador impecable. El aroma a café recién hecho que escapaba desde la pequeña barra del fondo. El sonido constante de teclados, teléfonos, voces en conversaciones breves y profesionales, pasos que iban y venían por los pasillos con urgencias pequeñas, absurdamente normales.
Todo seguía igual.
Exactamente igual.
Y eso fue, quizás, lo más cruel de todo.
Porque para ella nada seguía igual.
Nada.
Caminó con paso firme hacia el área de recursos humanos, con la espalda recta y la expresión cuidadosamente neutra. Había ensayado ese trayecto en su mente tantas veces desde la noche anterior que casi podía hacerlo con los ojos cerrados.
La mujer detrás del escritorio levantó la vista apenas cuando la vio acercarse.
—Buenos días, Charly —saludó con una sonrisa amable, sin sospechar nada.
Charly le devolvió una versión educada de la suya.
—Buenos días. Vengo a dejar esto.
Sacó la carta de la carpeta y la colocó sobre el escritorio con una pulcritud casi quirúrgica, como si el orden del gesto pudiera compensar el caos que llevaba dentro.
La mujer la tomó, la leyó apenas por encima… y su expresión cambió.
Solo un poco.
Lo justo para que Charly lo notara.
—¿Estás segura? —preguntó, con esa cautela burocrática que a veces se disfraza de humanidad.
Charly sostuvo su mirada.
—Sí.
No añadió nada más.
No explicó.
No dio excusas.
Porque no había una versión corta de esa historia que no sonara ridícula o devastadora.
“Hola, renuncio porque me enamoré de mi jefe, casi me casé con él, descubrí que su familia estaba podrida por dentro, rompí la confianza del hombre que amo, estoy embarazada de él y ahora cada rincón de este lugar me recuerda algo que ya no puedo tener.”
No.
“Sí” era suficiente.
La mujer asintió con suavidad, guardando el documento.
—Lo siento mucho.
Y, por un segundo, Charly casi se rió.
Porque la frase parecía perseguirla desde hacía días.
Lo siento.
Lo siento por el vestido.
Lo siento por la boda.
Lo siento por la familia.
Lo siento por la verdad.
Lo siento por no habértelo dicho.
Lo siento por amarte así.
—Gracias —respondió simplemente.
Luego se giró.
Y se obligó a seguir caminando.
---
Su escritorio seguía intacto.
Pulcro.
Ordenado.
Tan absurdamente ella… que por un segundo tuvo que quedarse quieta solo para reunir el valor de acercarse.
La taza de cerámica seguía en una esquina, con una pequeña mancha de café seca en el borde. La libreta negra donde anotaba cambios editoriales, ideas sueltas y recordatorios imposibles seguía junto al teclado. El cactus pequeño y algo torcido que Connor había puesto ahí una tarde, asegurando con absoluta convicción que ella “necesitaba una planta para desarrollar tolerancia emocional”, seguía vivo.
Milagrosamente.
Charly lo observó unos segundos.
Y una sonrisa triste se dibujó en su boca.
—Vaya ironía… —murmuró para sí.
Dejó la carpeta a un lado y tomó una caja vacía de almacenamiento. Sus manos comenzaron a moverse casi por inercia.
La engrapadora.
Sus bolígrafos.
Una pequeña pila de manuscritos pendientes.
La taza.
La libreta.
Cada objeto parecía pesar más de lo que debería.
Cada cosa arrastraba una memoria.
Ese bolígrafo azul que Connor le robaba solo para verla enojarse.
El clip dorado que él había usado como “anillo provisional” una tarde ridícula en la que ambos terminaron riéndose demasiado fuerte en una sala de juntas.
La nota adhesiva en la esquina del monitor que decía: “NO ACEPTES NINGUNA IDEA DE CONNOR ANTES DE LAS 10 A.M.”
La letra era de ella.
La frase, lamentablemente, seguía siendo válida.
Sus dedos se detuvieron sobre una fotografía semiescondida bajo un par de carpetas.
La sacó con cuidado.
Era de una fiesta de la editorial, meses atrás. Había luces tenues, gente al fondo, copas medio vacías, risas congeladas en una imagen que ahora se sentía perteneciente a otra vida. En la foto, Connor estaba mirándola a ella. No a la cámara. No a nadie más.
A ella.
Y aunque ella estaba riéndose de algo que ya no recordaba, él…
Él la estaba mirando como si en ese instante el resto del mundo no importara.
Charly sintió el golpe directamente en el pecho.
Rápido.
Brutal.
Tuvo que dejar la foto dentro de la caja antes de que sus manos empezaran a temblar más de la cuenta.
Respiró hondo.
Siguió guardando cosas.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando dejó de escuchar el ruido de la oficina.