El motor rugía con violencia.
No de esa forma elegante y cinematográfica que hace que un auto deportivo parezca parte de una fantasía masculina ridícula, sino como una bestia malhumorada que estaba siendo obligada a soportar dos crisis emocionales masculinas de alto calibre en el asiento delantero.
Mark Whitmore no conducía.
Mark embestía el camino.
—¡Más rápido! —exigió Connor por cuarta vez en menos de un minuto, apretando el teléfono contra la oreja como si pudiera arrancarle una respuesta por pura fuerza de voluntad.
Mark lo miró de reojo, con la mandíbula tensa.
—Voy a ciento cuarenta.
Connor ni siquiera parpadeó.
—Entonces ve a ciento cincuenta.
—¿Quieres llegar al aeropuerto o morir de una manera muy cara?
—Quiero llegar antes de que ella se suba a ese maldito avión.
—Perfecto. Entonces deja de gritarme como si yo fuera el problema principal de tu vida.
Connor soltó una risa seca, histérica.
—Tú has sido el problema principal de mi vida durante al menos quince años.
—Y aun así aquí estoy, salvándote el culo —replicó Mark, cambiando de carril con una agresividad que probablemente violaba varias leyes y dos principios básicos de la civilización.
El teléfono volvió a sonar en el oído de Connor.
Una vez.
Dos.
Tres.
Luego…
buzón.
Otra vez.
Connor cerró los ojos con fuerza.
—Maldita sea.
—¿Nada?
—Buzón.
—¿Ya van cuántas?
Connor lo miró con cara de homicidio.
—Si me haces contar, te saco del auto en movimiento.
—Solo estoy intentando cuantificar tu tragedia romántica.
Connor volvió a marcar.
Su pierna rebotaba sin control.
Sus dedos temblaban.
Su respiración era demasiado corta para el tamaño del miedo que le llenaba el pecho.
—Vamos, Charly… —murmuró entre dientes—. Contesta. Por favor, contesta…
Mark giró el volante con brusquedad, esquivando un taxi.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo de pronto.
Connor no apartó la vista del teléfono.
—Si esto es una reflexión existencial, guárdatela.
—No, escúchame. Lo peor no es que tú hayas arruinado el amor de tu vida.
Connor giró lentamente el rostro.
—¿Perdón?
—Lo peor —continuó Mark, ignorándolo por completo— es que estoy ayudando activamente a unirlos mientras yo sigo soltero, emocionalmente humillado y sin una sola buena decisión romántica registrada en mi historial.
Connor parpadeó.
Luego soltó, por primera vez en toda la noche, una carcajada incrédula.
—¿En serio estás convirtiendo mi colapso emocional en una tragedia sobre ti?
—No todo gira en torno a ti, Connor.
—Literalmente estamos yendo al aeropuerto por la mujer que amo.
—Sí, y yo soy el conductor sacrificado de esta telenovela. También merezco reconocimiento.
Connor soltó una risa nerviosa, rota.
—Dios… eres insoportable.
—Y tú eres un imbécil enamorado. Todos tenemos cargas.
Connor volvió a marcar.
Nada.
Otra vez.
Nada.
Otra vez.
Nada.
El maldito buzón ya parecía burlarse de él.
—¿Y si ya se fue? —murmuró, y esta vez su voz sí sonó rota de verdad.
Mark lo miró apenas.
Y aunque siguió manejando como si quisiera declarar guerra al asfalto, su voz bajó.
—No se ha ido.
Connor tragó saliva.
—¿Cómo lo sabes?
Mark hizo una pausa.
—Porque una mujer como Charly Bennett no se va sin mirar atrás por última vez.
Connor bajó la vista.
Esa frase lo golpeó de una forma silenciosa y brutal.
Porque sí.
Porque era ella.
Porque incluso hecha pedazos, Charly era el tipo de persona que todavía se detenía a apagar la luz antes de irse de un lugar que la había roto.
Y él…
Dios.
Él la había dejado ir sola.
El aeropuerto apareció frente a ellos como un monstruo de vidrio y luces.
Imponente.
Lleno de gente.
Lleno de despedidas.
Lleno de la clase exacta de escenario que Connor Whitmore habría odiado en cualquier otro momento de su vida.
Hoy, sin embargo, parecía una sentencia.
Mark frenó en seco.
Connor ya estaba quitándose el cinturón antes de que el auto se detuviera por completo.
—¡Connor! —alcanzó a decir Mark.
Pero él ya no escuchaba.
O tal vez sí.
Y ya no le importaba.
Abrió la puerta y salió casi tropezando consigo mismo, con el corazón latiéndole tan fuerte que por un segundo creyó que realmente iba a desmayarse ahí mismo, entre taxis, maletas y gente demasiado tranquila para el desastre que estaba ocurriendo en su vida.
—¡Si te desmayas, te dejo ahí! —le gritó Mark desde atrás.
Connor alzó una mano sin girarse.
—¡Si la pierdo, me tiro debajo de un avión!
—¡Eso es excesivo!
—¡ESTOY ENAMORADO, MARK!
—¡ESO NO ES UNA EXCUSA LEGAL!
Las puertas automáticas se abrieron frente a él con un siseo suave que contrastaba de forma insultante con el caos que le devoraba el pecho.
Y entonces…
el mundo se volvió demasiado grande.
Demasiada gente.
Demasiado ruido.
Demasiadas maletas.
Demasiados rostros que no eran el suyo.
Connor avanzó entre la multitud con la desesperación de alguien que ya no estaba buscando una persona, sino una segunda oportunidad.
Sus ojos recorrían cada figura, cada cabello, cada espalda, cada maldito abrigo beige que por una fracción de segundo podía ser ella.
No lo era.
No lo era.
Tampoco.
Mierda.
—¿La ves? —preguntó Mark, apareciendo a su lado con el aliento ligeramente agitado.
Connor negó.
Su respiración era irregular.
Su pecho subía y bajaba demasiado rápido.
—Mostradores internacionales —dijo Mark de inmediato, señalando hacia el fondo—. Si realmente se va lejos, no estaría en nacionales.
Connor no respondió.
Solo echó a correr.