El manuscrito de una falsa historia de amor

Epílogo

La librería olía a papel nuevo, café recién hecho y felicidad.

Connor nunca había pensado que esos tres elementos pudieran convivir tan bien en un mismo espacio, pero aquella tarde todo parecía tener sentido. La luz cálida de las lámparas colgantes caía sobre los estantes repletos de novelas, poesía, biografías y primeras ediciones como si incluso el lugar supiera que ese día era importante. Afuera, el mundo seguía con su ritmo habitual, pero dentro de aquella librería independiente, el tiempo parecía haberse suavizado para girar únicamente alrededor de un nombre impreso en letras elegantes sobre una pila de libros en una mesa central.

Charly Whitmore.

Connor se quedó observando la portada desde la distancia por un segundo más de lo necesario, con Ethan acomodado contra su pecho, su pequeño cuerpo tibio descansando con la confianza absoluta de quien todavía no sabe que el mundo puede ser cruel. El niño, de apenas unos meses, llevaba un mameluco azul marino con pequeñas estrellas bordadas y tenía una mano aferrada a la solapa de la chaqueta de su padre, mientras con la otra intentaba, muy concentrado, alcanzar uno de los mechones del cabello de Connor.

—No, señor —murmuró Connor, apartándole suavemente la manita con una sonrisa cansada pero genuina—. Ya me quitaste suficiente dignidad esta mañana cuando me vomitaste encima antes de salir.

Ethan hizo un pequeño ruido que Connor decidió interpretar como una risa, y aquello fue suficiente para que el nudo constante que llevaba dentro del pecho se aflojara apenas.

A unos metros de él, Charly estaba sentada detrás de una mesa decorada con flores blancas, separadores de libros y una pequeña torre de ejemplares firmados. Llevaba un vestido color crema de manga larga, elegante y sencillo, con el cabello suelto cayéndole sobre los hombros en ondas suaves. Su anillo de matrimonio brillaba discretamente cada vez que tomaba un libro para firmarlo, y Connor, que había pasado el último año convenciéndose de que el amor maduro no tenía por qué ser menos intenso que el desesperado, sintió una vez más que todavía le costaba creer que esa mujer fuera su esposa.

Su esposa.

La madre de su hijo.

La mujer que un día fingió amarlo para ayudarlo a salvar una editorial… y terminó siendo la única historia real que valió la pena publicar en toda su vida.

El título del libro le había parecido una broma cruel cuando ella se lo mostró por primera vez, sentada en la cama con el manuscrito entre las manos, mordiéndose el labio mientras esperaba su reacción.

El manuscrito de una falsa historia de amor.

Connor había soltado una carcajada tan fuerte que Ethan, que entonces apenas era un recién nacido adormilado en una cuna junto a la cama, se había removido indignado. Luego había leído las primeras páginas… y había terminado llorando en silencio mientras fingía que solo tenía algo en el ojo.

Ahora la veía firmar ejemplares, sonreírle a lectoras jóvenes con lágrimas en los ojos, abrazar señoras que le confesaban que su historia les había recordado el amor de sus vidas, posar para fotos, agradecer, escuchar, reír… y una parte de él, una parte que seguía siendo el niño herido que alguna vez intentó ganarse el amor de su padre sin conseguirlo, sentía algo muy parecido al orgullo puro.

No el orgullo arrogante.

No el que necesitaba demostrar nada.

Sino el otro.

El que nace cuando amas a alguien tanto que verlo brillar se siente como respirar.

—Tu mamá es una celebridad —le susurró a Ethan, inclinándose un poco para besarle la cabeza—. Espero que no se dé cuenta y nos cambie por un escritor francés con chaquetas de lino.

Ethan respondió con un balbuceo húmedo y luego decidió chupar con entusiasmo el nudillo de su propio puño.

Connor sonrió.

Por un momento, se permitió simplemente estar ahí. Mirarla. Disfrutarla. Guardar aquella escena en algún lugar profundo de su memoria donde ya vivían otras versiones de ella: Charly furiosa en la oficina corrigiendo un error de imprenta, Charly dormida con la boca apenas entreabierta y el cabello sobre la almohada, Charly llorando en silencio la noche en que Ethan nació mientras le repetía entre lágrimas que no podía creer que fuera real, que de verdad lo habían logrado.

Lo habían logrado.

No de la forma perfecta.
No sin dolor.
No sin cicatrices.

Pero lo habían logrado.

—Connor.

La voz lo sacó de su pensamiento con la misma precisión con la que una aguja atraviesa tela.

No necesitó volverse de inmediato para saber que algo en su cuerpo ya había reconocido el peligro antes que su mente.

Había voces que no se olvidaban.

Voces que el cuerpo aprendía a temer incluso antes de entenderlas.

Connor giró lentamente.

Y ahí estaba.

Richard Whitmore.

Su padre.

O lo que quedaba de él.

Connor no lo había visto desde el día en que Margaret lo echó de la familia. Desde el escándalo. Desde las verdades podridas expuestas como carne abierta sobre una mesa. Desde el día en que, por primera vez en su vida, Connor lo vio quedarse sin el control que siempre había usado como armadura.

Ahora parecía… más viejo.

No solo en edad.

En derrota.

Llevaba un abrigo gris oscuro, perfectamente cortado, pero le quedaba extraño, como si incluso la ropa ya no supiera sostener la imagen del hombre que había sido. Tenía el rostro más hundido, los ojos cansados, la espalda todavía recta pero menos desafiante.

Connor sintió cómo todo su cuerpo se tensaba.

Su mano se cerró instintivamente alrededor de Ethan, ajustándolo más contra sí.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, y su voz salió baja, controlada, pero cargada de una frialdad que ni él intentó suavizar.

Richard bajó la mirada un segundo hacia el bebé.

Algo en sus ojos tembló.

—No vine a causar problemas.

Connor soltó una risa breve, sin humor.




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