El mapa de las heridas

2.

La mañana llegó y no de una forma agradable. La claridad del sol golpeó mi rostro directamente.

Fui al baño al despertar, y por obligación tuve que detenerme un momento al mirarme al espejo. Ya casi no reconocía al chico que me devolvía la mirada.

El pelo castaño, desordenado y rebelde. El color turquesa de mis ojos y esa mirada intensa, fueron totalmente reemplazados por un color gris y una mirada muerta. Ojeras que ya se habían vuelto parte de mi identidad. Había adelgazado en los últimos meses; ahora no estaba fuera de forma pero sí delgado.

—¡Mierda!

Grité al sentir el golpe seco de un vaso con jugo que acababa de servir caer al piso.

—¿Qué fue eso? —salió Cass por el pasillo al sentir el estruendo.

—Mi vaso acaba de romperse —me agaché a limpiar.

—Tendré que comprar nuevos.

—Tienes la repisa llena de vasos.

—Nunca le digas no a las compras, querido.

Me levanté del suelo al terminar de limpiar el desastre que había hecho.

—Iré a correr, vuelvo en un rato —abrió el freezer y cogió un pomo con agua congelada.

—Está bien.

—¿A qué hora son tus clases? —preguntó.

—A las nueve y quince ¿Las tuyas?

—A la misma hora ¿Vamos juntos?

—Dalo por hecho, nos vemos —dijo y se fue.

Al irse, volví a mi habitación, terminé algunos trabajos pendientes y acomodé el lugar. Mi cuarto estaba hecho un desastre. Salía polvo de todos lados. Deseché todo lo innecesario y no sé cómo lo logré pero, terminé antes de las nueve. Cass llegó una media hora antes.

Causa por la que llegamos tarde y ahora corremos por los pasillos de la escuela como si estuviésemos locos.

—Si llego a saber esto no salgo a correr en la mañana —grita en medio del caos.

—Cállate y corre —le grité de vuelta.

De fondo el bullicio de los estudiantes dentro de los salones.

—¡Permiso! —se dirigió ella a un chico que estaba en medio del camino.

Al estar frente a nuestro salón, nos paramos frente a la puerta del salón, me acomodé el pelo y Cass se miró en el diminuto cristal de la puerta para asegurar que su flequillo siguiera intacto. Puse la mano sobre la manija, respiré hondo y abrí.

—Perdón... —sonreí, forzado.

—Tomamos el bus equivocado —interrumpió Cass.

—Vivimos aquí —le susurré.

El profesor alzó una ceja, claramente se había percatado del disparate inmenso que acababa de decir ella.

Dirigí la mirada al piso. No quería levantar la vista y ver la cara del señor Darwin. Esa mirada de: Volvemos a lo mismo, estaba clavada en mi espalda como si me estuviera apuñalando con una lanza.

Cass, aguantando una carcajada.

Me senté en el fondo, junto a la ventana, y Cass a mi derecha. Saqué mis cosas y en mis planes de hoy estaba atender. Al menos por hoy. Pero, para la vida era más fácil retrasarlo un poco.

Miré de reojo a la puerta por un momento, toda la clase estaba mirando justo hacia allí. Cosa que despertó mi curiosidad.

En la puerta estaba parado un chico de pelo lacio, en color negro con las puntas en verdes. Las cuáles contrastan perfectamente con sus ojos, que eran en un tono jade. Nariz fina, labios gruesos y carnosos. Sonrisa cautivadora, dientes blancos y alineados.

Llevaba solo una camiseta blanca pegada al cuerpo. Brazos descubiertos, definidos —lo que más llamó mi atención. Por un segundo me hizo recordar la sensación de cuando los brazos de alguien que no quiero siquiera recordar recorrieron mi cintura por última vez —, quizá por algún deporte. Un abrigo color gris en su cintura y un pantalón de mezclilla y rasgados por las rodillas.

Hay que admitirlo, es atractivo y tiene un buen cuerpo, pero el pensamiento se me fue tan rápido como llegó.

—¿Tú eres? —indagó el señor Darwin al notarlo.

—Mi nombre es Saúl Cross, soy estudiante de intercambio.

Habló con el profesor por un segundo y al terminar se detuvo un momento.

Escaneó el salón con la mirada.

Después de unos segundos se dispuso a caminar. Se deslizó por en medio de las personas con total confianza, como si no fuera el nuevo y ya lo hubiese hecho miles de veces. Dio a entender que no es una persona tímida.

—Ese chico es un bombón de chocolate blanco, y ese es tú chocolate favorito.

Sonreí y negué con la cabeza.

El chico se sentó en la fila de al lado. Con la mirada fija al frente, atendía las explicaciones del profesor Darwin sin perderse un solo detalle.

Las clases pasaban y no dejaba de notar su presencia. No paraba de mirarlo, así fuese de manera inconsciente. Había algo en él que me llamaba la atención, algo que me resultaba familiar.

Debido a eso, me atrapó varias veces mirándolo fijamente mientras intentaba descifrar el porqué. En varias ocasiones su sonrisa me hacía recordar al inicio de mi historia con… él.

Razón por la cual se volvió ácido el momento.

El tiempo pasó en cuestión de segundos, en un abrir y cerrar de ojos ya era mediodía. Por lo tanto, hora de volver a casa.

—¿Qué tienes pensado hacer ahora?

—Lo mismo de siempre —ella levantó una ceja, extrañada —. Es decir, nada.

—Ah, bueno de ser así ya tenemos planes.

—¿Planes?

—Sí, iremos de compras —espetó de una.

—¿Qué tan necesario es?

—Lo suficiente como para que no sea una petición.

—Disculpen, ¿están ocupados?

Cass dio un salto al sentir una voz ronca detrás de ella, que la interrumpió. Se dio vuelta y se echó a un lado dejándome ver.

Era Saúl.

—¿Interrumpo?

—Un poco —dije.

—No, para nada —dijo ella casi al unísono.

Cass se giró hacia mi un segundo, con una mirada de: eres un imbécil. Y después, nuevamente a él.

—¿Si o no? —nos miraba confundido.

—No —dijo ella antes que yo pudiera decir una tontería más — ¿Necesitabas algo?

—Si, en realidad sí —alternaba la mirada entre ella y yo —. Me aconsejaron buscar a alguien que me ayudara a ponerme al día y no se si alguno de ustedes pueda hacerlo. Me llamo Saúl, por cierto.



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En el texto hay: misterio, romance

Editado: 03.05.2026

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