La noche anterior luego de la escuela había sido como cualquier otra: llegar, comer, hablar con Cass un poco y luego volver a la oscuridad de mi habitación.
Sentado en un rincón esperando que las agujas del reloj marcaran medianoche, no porque sucedería algo bueno. Todo lo contrario. Específicamente hoy se cumplen cuatro meses desde que perdí a mi madre.
Por mi culpa.
Milagrosamente no lloré por eso. Ni siquiera existieron lágrimas contenidas. Era una sensación rara que no sabría describir. Todo lo que sentía estaba ligado. Culpa. Odio. Nostalgia. Rabia.
Así estuve hasta las tres de la madrugada o quizás un poco más. Cuando mi cuerpo no aguantó y decidió tomar un descanso.
Al despertar las cosas fueron peor a como las imaginé. La sombra de su recuerdo me estaba persiguiendo a donde quiera que fuera. Me crucé a Cass en la cocina y la ignoré de manera inconsciente. Me sentí mal por ello luego pero mi cerebro no estaba en condiciones de enfocar su atención en algo más.
Ya tenía suficiente con tener que luchar contra el dolor de algo que quizás no fue mi culpa pero se siente como si yo mismo lo hubiera provocado.
Fui a clases en la tarde, tuve toda la mañana libre. Esa fue otra tortura más. En mi lista de problemas diarios no podían faltar las clases. Hubo una charla sobre algo a lo que no le presté atención pero estaba siendo sumamente aburrido. No solo para mí, también para todos los presentes.
—Hola, ¿crees que tengas tiempo libre? —interrumpió Saúl justo antes de que me marchara.
—Sí, tengo. Pero no me siento bien como para ayudarte hoy.
—¿Te pasa algo? —indagó.
—Mi estado de ánimo es una mierda.
—¿Puedo ayudar en algo?
—En absoluto —respondí, cortante.
—Ok, si te hace falta compañía estoy disponible. Espero que mejores —dijo y se marchó.
Al decirlo en sus ojos ví un interés real. No un ofrecimiento por cortesía, era algo genuino. Pero qué más da, ahora mismo no necesito ayuda.
Volví al departamento por el mismo camino de todos los días, pero a diferencia hoy se encontraba totalmente vacío. Algo que le agradecí al destino o lo que fuera. No hacía falta la interrupción del murmullo de las personas a distancia, el silencio ya era un buen compañero.
Llegué y para mí sorpresa Cass no estaba, algo que me parecía raro. Pero mejor, así no tendría que dar explicaciones sobre mi mala cara. Me encerré en mi habitación, me puse los audífonos a todo volumen y me tiré al centro de la cama. Las canciones de mi playlist eran un asco, pero iban de acuerdo a mi estado emocional.
Pasó media hora. Una hora. Dos.
Y cada segundo le daba gracias al universo por dejar que me ahogara en el mar de problemas en el que nado desde hace mucho. Pero claramente tenía que llegar Cass con su complejo de rescatista a máxima expresión.
Se acercó a mí con determinación, quitó los audífonos de mis oídos y su mirada ya decía mucho, pero obviamente no iba a limitarse a solo mirar.
—Dime que no estás por los recuerdos del estúpido misterioso.
Busqué la almohada con mis manos y la puse sobre mi cabeza.
—¡Oye no! No me vas a dejar hablando sola —lanzó la almohada a un rincón —. Entiendo que te duela, pero desde cuando dejas que eso te afecte tanto.
—Desde que me canse de fingir estar bien. Y no Cass, no estoy así por el estúpido misterioso.
—¿Entonces por qué? Si no me dices un motivo no puedo ayudarte.
—No quiero que me ayudes.
—Pero lo necesitas, y eso es muy distinto ¿Que tienes, Ash? No me gusta verte así.
—¿Para qué quieres saber? Solo déjame ahogarme en mis problemas.
—La pregunta incluso ofende y obviamente no te voy a dejar solo con tus problemas. Ya dime qué pasa.
—Hoy se cumplen cuatro meses del accidente de mi mamá —me limité a dar más explicaciones.
El silencio que tanto adoraba regresó. El aire se volvió espeso, decir esas palabras en voz alta fue un choque con la realidad que golpeó bastante fuerte.
En el rostro de Cass había una expresión que no supe descifrar muy bien. Luego de un par de minutos mirándola para descubrir qué haría, se lanzó sobre mí con los brazos abiertos. De manera inconsciente mis brazos se aferraron a ella como si fuera la única persona en todo el planeta.
Quizás ese abrazo era lo que necesitaba de manera inconsciente.
—No estás solo, Ash. Tu me vas a tener siempre.
No lágrimas. Mucho menos charlas complejas. No palabras vacías. Solo existió un momento, de paz, de realidad, algo que había estado necesitando sin darme cuenta.
—Ahora vámonos de aquí, te cocinaré algo bueno. No puedes quedarte aquí todo el tiempo.
Asentí lentamente contra su hombro y por un momento sentí que podía respirar bien.
Una sonrisa genuina apareció en mis labios, y sin darme cuenta sentí que estaba bien. No había culpa, ni nostalgia ni nada de eso. Dolía, sí. Pero no era un dolor crítico o punzante, era uno que aceptaba y que por primera vez me permitía sentir.