El agua pareció espesarse alrededor del palacio, como si el océano entero contuviera la respiración, aguardando una decisión que no le correspondía tomar. Las corrientes dejaron de obedecer por completo durante un instante, suspendidas en una quietud antinatural que erizaba la piel.
Aurelia seguía de pie frente a la concha sellada, el resplandor dorado latiendo en sincronía con su propio pulso. Sentía el poder vibrar, antiguo y peligroso, pero no como una amenaza. Lo sentía como una posibilidad.
Poseidón estaba delante de ella, interpuesto como un muro vivo. Su cuerpo aún sangraba luz salina; cada herida era un recordatorio de que incluso los dioses podían quebrarse. Sus hombros estaban tensos, no en postura de ataque, sino de defensa.
—No lo hagas —dijo él, sin alzar la voz— No de esta forma.
Aurelia lo miró..No al dios..Al ser que temblaba detrás del poder.
—¿De qué forma, Poseidón? —preguntó— ¿De la única que me deja elegir?
Él cerró los ojos un instante. El mar murmuró, inquieto, como si reconociera esa grieta en su señor.
—Si rompes ese sello —respondió— Sobek avanzará sin freno. El caos no será libertad. Será devoración.
—El caos ya existe —replicó ella— Solo que lo llamas orden porque te obedece.
Poseidón abrió los ojos. La miró con una intensidad que no era furia, sino una súplica mal aprendida.
—No quiero perderte.
La frase cayó entre ellos como un objeto frágil. No era una orden. No era una amenaza..Era una confesión. Aurelia sintió el impacto en el pecho, una fisura mínima que se negó a expandirse. No porque no sintiera nada, sino porque sentía demasiado.
—Yo ya estoy perdida aquí —dijo con suavidad— Y tú también, si crees que el amor se retiene.
Se giró de nuevo hacia la concha. No la tocó. Aún no. Pero su proximidad bastó para que el resplandor aumentara, proyectando sombras doradas en las paredes. Y entonces, el agua se abrió..No con violencia. Con intención.
Una figura emergió desde la penumbra del corredor, materializándose como un pensamiento oscuro que al fin encontraba forma. Sobek no irrumpió con rugidos ni golpes. Se presentó con una calma perturbadora, como un depredador que sabe que la presa ya ha sido acorralada.
—Siempre me sorprende —dijo, observando la escena— cómo los dioses se rompen cuando descubren que no pueden poseerlo todo.
Su cuerpo colosal se mantuvo a una distancia prudente. No atacó. No provocó con fuerza. Sus ojos, antiguos y calculadores, se clavaron en Aurelia con una atención que no era deseo… sino evaluación.
Poseidón reaccionó al instante, colocándose un paso más adelante.
—No le hables —gruñó.
Sobek rió, una vibración grave que recorrió las paredes.
—No te preocupes —respondió—. No vengo a arrebatártela. Eso sería burdo. Vengo a ofrecerle algo que tú no puedes.
Aurelia sintió un escalofrío recorrerle la cola.
—No necesito nada de ti —dijo, firme.
Sobek inclinó apenas la cabeza, un gesto que no era respeto, sino diversión.
—Todos necesitan algo —replicó— Tú necesitas elección. Y él —miró a Poseidón— necesita aprender lo que cuesta amar sin devorar.
El mar reaccionó a esas palabras con un temblor profundo.
—Habla —dijo Aurelia, sin apartar la mirada de Sobek—. Pero mide cada palabra. No soy tu herramienta.
Sobek sonrió.
—Jamás te usaría como objeto —dijo—. Los objetos se rompen. Tú eres… una grieta perfecta.
Poseidón apretó los puños. El tridente vibró a su lado, respondiendo a su furia contenida.
—Di lo que quieras decir y vete —ordenó— antes de que olvide lo que prometí.
—Ah, sí… —murmuró Sobek—. Prometiste no imponer. Qué encantador te vuelve eso.
Sus ojos regresaron a Aurelia.
—Rompe el sello —dijo—. No para huir. No todavía. Rompe solo una parte. Lo suficiente para que el mar recuerde que no nació bajo una sola voluntad. Yo contendré a los míos. Tú decidirás después.
Aurelia sintió el vértigo de la propuesta. No era una salvación inmediata. Era algo más peligroso: tiempo.
—Miente —escupió Poseidón—. Siempre miente.
Sobek lo miró con una sonrisa ladeada.
—Yo no miento sobre el caos —respondió—. Lo administro.
El silencio volvió a tensarse. Aurelia miró la concha. Luego, a Poseidón.
—¿Es verdad? —preguntó—. ¿Este sello te ata a ti tanto como ata al mar?
Poseidón no respondió de inmediato. Esa demora fue respuesta suficiente.
—Es parte de mi autoridad —admitió al fin—. Separada para que no me destruya a mí mismo con ella.
Aurelia sintió una punzada de comprensión. No había pensado en eso. En que incluso un dios necesitara limitarse para no volverse monstruo.
—Entonces no es solo mi jaula —susurró—. Es la tuya.
Poseidón avanzó un paso. No para detenerla. Para estar cerca.
—Si lo tocas —dijo—, cambiará todo.
Aurelia levantó la mano. La mantuvo suspendida a centímetros de la concha.
—Todo ya cambió —respondió.
La tocó. No la rompió. No la abrió por completo. Solo permitió que una grieta diminuta se formara. El efecto fue inmediato. El palacio no se derrumbó. El mar no explotó. Pero algo profundo se liberó, como un suspiro largamente contenido. Las corrientes cambiaron de ritmo. Las criaturas del reino exterior se detuvieron, confusas, como si una voz olvidada hubiera vuelto a hablarles.
Poseidón sintió el impacto en el pecho. Cayó de rodillas, no por debilidad física, sino por una certeza devastadora: ya no controlaba todo. Aurelia retrocedió un paso, sorprendida por la intensidad de la reacción.
—Poseidón…
Él alzó la mirada. Sus ojos celestes estaban más claros, casi humanos.
—Eso —respiró hondo— eso fue elegir.
Sobek observó la escena con una satisfacción peligrosa.
—Hermoso —dijo—. El amor duele más cuando es voluntario.
El dios cocodrilo se desvaneció lentamente, su presencia retirándose como una marea oscura que prometía volver.
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Editado: 18.01.2026