El Mar De Los Dioses

La marea que retrocede y la trampa que espera

El mar no volvió a ser el mismo después de la grieta.

No hubo un cataclismo inmediato ni un caos visible que pudiera señalarse con el dedo y decir aquí empezó la ruina. Fue algo más sutil y, por eso mismo, más peligroso: una desobediencia leve, un murmullo que ya no respondía con la precisión absoluta de antes. Poseidón lo sintió desde el primer instante. Cada corriente que tardaba un segundo más en obedecer. Cada criatura que desviaba su curso sin pedir permiso. Cada latido del océano que parecía pensar antes de someterse.

Era una sensación insoportable para un dios que había nacido para mandar. Y aun así no cerró la grieta..No porque no pudiera. Sino porque no se atrevía.

I. El retroceso del dios

Poseidón permaneció largo rato solo en la sala del Trono de Sal después de que Aurelia se marchara. El palacio se había aquietado, pero ese silencio no era paz; era expectación. Como si las paredes mismas aguardaran la próxima orden… o la próxima renuncia.

El tridente descansaba a su lado, apoyado contra una columna de coral. Nunca antes lo había dejado fuera de su alcance. Era más que un arma: era su voz, su firma, su autoridad tallada en metal divino. Ahora lo miraba como se mira a un recuerdo incómodo.

—¿Qué me has hecho? —murmuró, sin saber si hablaba al mar, a Aurelia o a sí mismo.

Cerró los ojos y dejó que el agua recorriera sus heridas, intentando cerrarlas. Algunas sanaron. Otras no. Esas permanecieron abiertas, ardiendo con un dolor que no era físico. Dolor de renuncia. En su mente, la imagen de Aurelia se imponía una y otra vez: su quietud indomable, su negativa firme, la forma en que había tocado el sello no con odio, sino con decisión.

No me quedo por tu poder.

Esa frase lo perseguía como un eco. Poseidón golpeó el suelo con el puño. El impacto levantó una onda expansiva que recorrió el palacio, haciendo vibrar las lámparas de medusas.

—¡No sabes lo que soy! —rugió al vacío— ¡No sabes lo que arriesgo!

Pero la verdad era otra, y lo sabía. Ella sí lo sabía. Y aun así, no se arrodilló. Ese era el verdadero peligro.

No Sobek.
No la guerra.
Sino la posibilidad de que, al final, Aurelia no lo eligiera.

Poseidón apretó los dientes. Por primera vez en su eternidad, sintió celos. No de un rival visible, no de un amante pasado, sino de una idea: la libertad. Esa cosa intangible que Aurelia amaba más que a cualquier dios.

El deseo de imponer volvió a alzarse, feroz, instintivo. Bastaría un gesto para cerrar la grieta, reforzar las corrientes, recordarle al mar quién mandaba. Bastaría una orden para hacer que Aurelia olvidara la posibilidad de irse.

El poder estaba ahí.
Disponible.
Tentador.

Poseidón dio un paso hacia el tridente. Y se detuvo. Recordó sus ojos cuando dijo no. No con miedo..No con desafío. Con verdad.

Si cruzaba esa línea, ya no habría vuelta atrás. El amor frustrado se convertiría en algo peor: posesión sin retorno. Poseidón retrocedió. Fue un movimiento mínimo, casi imperceptible. Pero el palacio lo sintió. El mar lo sintió. El dios del océano acababa de darse la espalda a sí mismo.

II. Aurelia y la conciencia del peligro

Aurelia nadaba lentamente por los corredores exteriores del palacio, lejos del centro, lejos del Trono. Necesitaba espacio. Necesitaba pensar.

La grieta había cambiado algo dentro de ella también. No se sentía libre aún no, pero sí más presente. Como si una parte de su voz interior, sofocada durante tanto tiempo, hubiera recuperado volumen.

El mar la escuchaba. Eso era nuevo. Cada movimiento de su cola dorada provocaba respuestas sutiles en el agua: remolinos suaves, cambios de temperatura, vibraciones leves. No era poder en el sentido divino. Era resonancia.

—Así que esto es elegir —susurró.

La idea la aterraba. Elegir implicaba responsabilidad. Consecuencias. Dolor.

Aurelia sabía que Sobek no había desaparecido. Lo sentía como una presión constante en los límites del reino, como un animal agazapado esperando el momento exacto para saltar. Y sabía algo peor: Sobek no mentía del todo.

Poseidón, al renunciar, se estaba debilitando. No solo frente a otros dioses, sino frente a sí mismo. El equilibrio del mar pendía de una decisión que ninguno de los dos sabía sostener todavía.

Aurelia se detuvo frente a una apertura natural del palacio, una especie de balcón desde el cual podía verse la vastedad del océano. A lo lejos, sombras se movían de forma antinatural, como si algo reuniera fuerzas.

—Vendrá por mí —murmuró— No por deseo sino por estrategia.

Y entonces lo sintió. Una presencia distinta. No violenta. No abrupta. Calculadora.

III. La trampa de Sobek

El agua se enturbió suavemente, como si una tinta invisible se expandiera. Aurelia se giró con rapidez, pero no vio a nadie.

—Sé que estás ahí —dijo, firme—. Muéstrate o vete.

La risa de Sobek no resonó esta vez. No quiso anunciarse como enemigo.

—No vine a pelear —dijo su voz, grave, envolvente— Vine a hablar… contigo.

El agua se condensó frente a ella, tomando forma. Sobek emergió despacio, reduciendo su tamaño colosal hasta una figura apenas mayor que Poseidón, más manejable, más cercana. Su cuerpo seguía siendo monstruoso, pero su postura era casi respetuosa. Aurelia no retrocedió.

—No tienes nada que decirme —respondió—. Y si lo tienes, no lo quiero.

Sobek inclinó la cabeza, estudiándola como un estratega observa un mapa.

—Te equivocas —replicó—. Eres la única a la que debo explicarle mis intenciones.

—No me interesan tus intenciones.

—Deberían —dijo él— Porque estás a punto de convertirte en el centro de una guerra que no pediste.

Aurelia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Habla —dijo al fin—. Pero no intentes manipularme. No funcionará.




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