Aquella mañana abisal si podía llamarse mañana a una luz que nunca ascendía el océano estaba inquieto. No violento. No furioso. Indeciso. Y esa duda era más peligrosa que cualquier ejército.
El dios emergió del palacio con el tridente en la mano, pero algo había cambiado en su postura. Ya no avanzaba como un rey que reclama victoria, sino como un guerrero que mide cada paso, consciente de que una decisión errónea podría destruir más de lo que salvaría.
Las corrientes exteriores estaban llenas de movimiento. Criaturas antiguas, atraídas por el desequilibrio, se aproximaban desde zonas que jamás habían osado cruzar. Dioses menores observaban desde la distancia, esperando. El mar entero parecía contener una pregunta sin respuesta.
Poseidón alzó el tridente y no lo descargó. Ese instante de contención fue suficiente. Desde las profundidades del sur, la ofensiva se desató.
Bestias abisales, más grandes que cualquier leviatán conocido, irrumpieron como cuchillas vivientes. Sus cuerpos estaban cubiertos de marcas rituales, su ferocidad no era instintiva, sino dirigida. No atacaban al azar. Avanzaban hacia los puntos más vulnerables del reino.
—¡Formación! —ordenó Poseidón.
Los tritones guerreros respondieron, pero no con la sincronía perfecta de antes. Algunos dudaron. Otros miraron al océano como si esperaran una confirmación que ya no llegaba automáticamente.
El primer choque fue brutal..Poseidón lanzó una descarga contenida, lo suficiente para frenar a las criaturas sin arrasar el terreno. El impacto las desvió, pero no las destruyó. Se replegaron, heridas… y aprendiendo.
—No —murmuró Poseidón, comprendiendo demasiado tarde—. Te estás adaptando.
Sobek no apareció de inmediato..No lo necesitaba. El dios cocodrilo había cambiado la guerra. Ya no se trataba de fuerza contra fuerza. Se trataba de resistencia. De obligar a Poseidón a elegir entre su poder absoluto y su nueva renuncia. Una bestia logró atravesar la línea defensiva y se lanzó contra una ciudad submarina cercana. Poseidón la vio. Bastaba un gesto para borrarla del mapa junto con la ciudad.
Su mano tembló..El tridente vibró, exigiendo obediencia. Poseidón dudó. Y esa duda costó vidas. El impacto sacudió las estructuras de coral. Los gritos no audibles, pero perceptibles en la vibración del agua atravesaron al dios como un arpón.
Poseidón reaccionó, finalmente, descargando una ola de energía que pulverizó a la criatura… pero el daño ya estaba hecho. El mar recordó.
Recordó que su señor podía vacilar. Y entonces Sobek apareció..No con estruendo.mCon certeza. Emergió entre las corrientes teñidas de sangre ritual, su figura imponente recortada contra la oscuridad cálida. Sus ojos brillaban con una satisfacción peligrosa.
—Eso fue hermoso —dijo—. El primer error siempre es el más costoso.
Poseidón se volvió hacia él, el tridente alzado, la furia ardiendo y algo más. Culpa.
—Esto termina hoy —rugió— No tocarás otro rincón de mi mar.
Sobek ladeó la cabeza, observándolo con atención genuina.
—¿Tu mar? —repitió—. Interesante elección de palabras, considerando que ya no lo controlas por completo.
El choque fue inmediato. Poseidón atacó con precisión quirúrgica, no con devastación. Cada golpe buscaba inmovilizar, no aniquilar. Sobek respondió con brutalidad calculada, obligándolo a retroceder, a ceder terreno, a elegir constantemente entre proteger y destruir.
Cada vez que Poseidón contenía su poder, Sobek avanzaba. Cada vez que Poseidón dudaba, el mar sangraba.
—Mírate —se burló Sobek mientras bloqueaba un ataque— Has cambiado. Y no para mejor.
Poseidón lanzó un golpe directo que hizo crujir las escamas del dios cocodrilo.
—He aprendido —respondió—. Tú solo sabes devorar.
Sobek rió, esquivando con agilidad inesperada.
—No —corrigió—. Yo sé aceptar lo que soy. Tú, en cambio, estás en guerra contigo mismo.
La frase lo alcanzó más profundo que cualquier herida.
Poseidón atacó con furia renovada, olvidando por un instante la contención. El tridente liberó una descarga colosal que hizo temblar el océano entero. Montañas submarinas se fracturaron. Las corrientes se desataron en un caos violento.
Sobek fue arrojado hacia atrás, impactando contra una formación rocosa que se desintegró en mil fragmentos..El silencio cayó, breve y engañoso. Poseidón respiraba con dificultad. Sabía lo que había hecho. Había usado más poder del que prometió no usar. Había cedido a la vieja tentación. Y aun así no había ganado. Sobek emergió de entre los restos, herido, sí, pero sonriendo.
—Ahí está —dijo—. El dios que conocía. ¿Lo sientes? Ese alivio momentáneo… es adicción.
Poseidón apretó los dientes.
—No vuelvas a tocarla —dijo, con voz baja, peligrosa.
Sobek lo miró con atención renovada.
—¿A ella? —preguntó—. No necesito hacerlo.
Y entonces comprendió. No fue una revelación súbita. Fue una caída lenta, devastadora.
Sobek no era su peor enemigo porque quisiera a Aurelia..No era su peor enemigo porque desafiara su trono. Sobek era su peor enemigo porque sabía. Sabía que el corazón de Poseidón era el campo de batalla real. Sabía que mientras él dudara entre amar y dominar, la guerra estaría ganada.
—Tu amor —continuó Sobek, acercándose— es tu grieta. Yo solo la ensancho.
Poseidón sintió el golpe en el pecho, no físico, sino absoluto. La imagen de Aurelia apareció en su mente: su negativa firme, su decisión consciente, su permanencia voluntaria. Ella no era su debilidad. Su incapacidad de renunciar lo era.
—Vete —dijo Poseidón—. Esta batalla no la ganarás hoy.
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Editado: 24.01.2026