El mar no esperó al tercer día. Eso fue lo primero que Poseidón comprendió cuando la grieta del sello comenzó a arder. No brilló. No explotó. Ardió, como una herida abierta que se niega a cerrar.
Las corrientes cambiaron de dirección al mismo tiempo, como si un pensamiento colectivo hubiera atravesado el océano. Criaturas antiguas emergieron desde regiones que ningún dios había reclamado jamás. Las ciudades submarinas cerraron sus portales de coral. Los tritones dejaron de mirar al palacio y comenzaron a mirar al mar, como si buscaran allí una respuesta que Poseidón ya no podía darles. Aurelia lo sintió en la piel.
—No tenemos tres días —susurró.
Poseidón estaba frente a la concha sellada, el tridente apoyado en el suelo, las manos abiertas como si intentara recordar cómo se soltaba algo que siempre había sido suyo.
—Lo sé —respondió.
El objeto pulsaba con una fuerza nueva. No pedía control. Pedía decisión. Poseidón había gobernado mares enteros sin dudar. Pero jamás había tenido que decidir qué perder.
—Si lo transformo —dijo— dejaré de ser lo que Zeus teme y lo que Sobek desea enfrentar.
Aurelia lo miró.
—Y si no lo haces —respondió—, el mar se convertirá en un campo de guerra entre dioses.
Poseidón cerró los ojos. Por primera vez en su eternidad, no deseó poder. Deseó claridad. Entonces, el mar gritó.
No fue un rugido único, sino miles de voces superpuestas: corrientes rompiéndose, criaturas huyendo, estructuras de coral colapsando. La presión aumentó con violencia desde el sur, como una marea que no pedía permiso. Sobek había elegido el momento.
I. El ataqueEl océano se oscureció de golpe.
Desde la frontera del reino, un ejército abisal avanzó como una sombra sólida. No eran simples bestias. Eran formas híbridas, criaturas nacidas de pactos antiguos, alimentadas con sangre ritual y promesas de caos. Cada una llevaba grabados símbolos que no pertenecían a Poseidón ni al Olimpo.
—Viene por todo —dijo Aurelia— No solo por ti.
Poseidón alzó el tridente. Y se detuvo..Ese segundo de duda fue suficiente para que la primera línea defensiva cayera.
Las criaturas atravesaron las barreras naturales del reino como si nunca hubieran existido. Las corrientes protectoras se quebraron. Las ciudades exteriores comenzaron a evacuarse en pánico silencioso..Poseidón sintió el impulso de liberar todo su poder. El mar respondió de inmediato, rogando obedecer. Y aun así no lo hizo.
—¡Defended las rutas civiles! —ordenó— ¡No ataquéis sin mi señal!
Los tritones obedecieron, confundidos. Jamás habían recibido una orden así. Antes, Poseidón destruía primero y reorganizaba después.. Ahora estaba eligiendo no devastar. Sobek apareció entonces, emergiendo desde la masa oscura del ejército, enorme, magnífico, brutal.
—Demasiado tarde —dijo, su voz resonando como un tambor de guerra— Has contenido al dios y liberado al mundo.
Poseidón avanzó para enfrentarlo, y el choque fue inmediato. Pero esta vez fue distinto..Poseidón no atacó para matar. Desvió. Contuvo. Protegió..Cada movimiento suyo estaba limitado por una decisión consciente: no convertirse en Zeus..Y Sobek lo notó.
—Te estás rompiendo —se burló— Y ni siquiera por amor sino por miedo a ser lo que eres.
Poseidón bloqueó una embestida colosal, pero el impacto lo lanzó contra una estructura antigua que se desintegró al instante. Sintió el dolor atravesarlo, real, punzante.
—No —rugió, incorporándose—. Por responsabilidad.
Sobek rió.
—Eso no existe entre dioses.
Y entonces, cuando la batalla alcanzaba su punto más crítico el cielo volvió a abrirse.
II. El regreso del OlimpoEl agua se endureció. El aire descendió como una cuchilla. Zeus apareció en medio del caos, seguido por Atenea y Ares, este último con una sonrisa hambrienta al ver el campo de batalla.
—Interesante elección de momento —dijo Zeus, observando la devastación—. Veo que no has resuelto nada.
Poseidón sintió la presión de esa presencia como un peso aplastándole el pecho.
—Vete —gruñó—. No es tu guerra.
Zeus miró a Sobek con desdén.
—Oh, claro que lo es —respondió—. Ha cruzado dominios que nos pertenecen.
Atenea observó la grieta del sello a lo lejos.
—Y tú estás a punto de cometer una herejía.
Sobek sonrió, complacido.
—Perfecto —dijo—. Que todos miren.
Zeus descendió un poco más, ignorando la batalla.
—No has cumplido el decreto —dijo— Así que lo haré simple.
Su mirada se clavó en Aurelia. Y el mar se congeló.
—Elimínala —ordenó Zeus—. Ahora.
El silencio fue absoluto. Aurelia sintió el vértigo de esa orden como una mano cerrándose en su garganta. No gritó. No huyó. Solo miró a Poseidón.
Poseidón no se movió.
—No —dijo.
Ares rió, divertido.
—¿Ves? —comentó— Está perdido.
Zeus frunció el ceño.
—Entonces entrégamela —continuó— Yo haré lo necesario.
Sobek observó con atención absoluta..Ese era el momento. Poseidón sintió cómo su corazón ese enemigo interno latía con violencia. Si atacaba a Zeus, el Olimpo respondería. Si obedecía, se perdería para siempre. Aurelia dio un paso adelante.
—No decidas por mí —dijo— Ni tú, ni él.
Zeus la miró con frialdad.
—No te corresponde hablar.
Poseidón se interpuso de inmediato.
—Ella habla cuando yo escucho —dijo—. Y yo escucho.
El mar tembló. Zeus alzó el rayo.
—Última oportunidad.
Poseidón miró el sello. Miró a Aurelia. Miró a Sobek. Miró a Zeus..Y entonces comprendió la verdad completa. Sobek no era su peor enemigo. Zeus no era su peor enemigo. Su peor enemigo era seguir siendo un dios que decide por otros. Poseidón clavó el tridente en el suelo.
No para atacar. Para romperlo. El impacto fue ensordecedor. El sello estalló en luz y agua. No en destrucción, sino en dispersión. El poder no se liberó como arma: se fragmentó, fluyendo hacia el mar mismo, hacia las corrientes, hacia las criaturas, hacia el equilibrio natural que nunca debió depender de una sola voluntad.
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Editado: 24.01.2026