El Mar De Los Dioses

El reino del devorador

El mar aprendió demasiado tarde lo que significaba no tener amo.

La libertad no llegó como una caricia, sino como un vacío. Allí donde antes había una voluntad que contenía, que ordenaba incluso en su brutalidad, ahora había silencio y en ese silencio, algo antiguo alzó la cabeza. Sobek no necesitó proclamarse soberano. El océano lo sintió.

Las aguas cálidas del sur hirvieron primero. Las corrientes cambiaron de sabor, volviéndose densas, metálicas, cargadas de un pulso depredador. Las criaturas que no habían huido tras la dispersión del poder de Poseidón comenzaron a desaparecer. No morían. Eran absorbidas, integradas a algo mayor, algo que crecía y se extendía como una infección consciente.

Las primeras ciudades en caer no fueron las grandes, sino las vulnerables: enclaves de coral, refugios de sirenas, santuarios antiguos que nunca habían sido fortificados porque jamás lo habían necesitado. El mar los había protegido. Ahora, el mar observaba.

Columnas enteras se hundieron en cuestión de minutos. Las bóvedas de nácar se resquebrajaron bajo una presión imposible. El agua se tornó roja, no por sangre inmediata, sino por la memoria de masacres antiguas reactivadas. Sobek avanzaba..No como conquistador impulsivo..Como dueño natural del caos.

—El océano no necesita equilibrio —susurró a las corrientes— Necesita miedo.

I. La caída de Aurelia

Aurelia sintió el cambio antes de que el ataque llegara.

Estaba junto a Poseidón, aún sosteniéndolo mientras su cuerpo recuperaba una estabilidad que ya no era divina, sino algo nuevo, más frágil y más real. Él respiraba con dificultad. Cada inhalación era una batalla silenciosa contra la pérdida de lo que había sido.

—Algo viene —dijo ella, y su voz no tembló—. Algo que no quiere gobernar… quiere devorar.

Poseidón abrió los ojos. Los ojos ya no eran los del soberano absoluto. Habían perdido el fulgor de la orden incuestionable, pero no la profundidad. No la tormenta contenida.

—Sobek —murmuró—. Se adelantó.

Intentó incorporarse, pero el mar no respondió como antes. Su cuerpo protestó. La caída había sido real. No humillante, limitante.

—No estás listo —dijo Aurelia—. Y él lo sabe.

El ataque no llegó con estruendo. Llegó con inevitabilidad. El agua se oscureció de golpe, no por sombra, sino por saturación. La presión aumentó alrededor de Aurelia como si el océano entero hubiera decidido aplastarla contra sí mismo. Sintió cómo algo se cerraba en torno a su cuerpo, no como cadenas visibles, sino como una orden impuesta directamente sobre su voluntad.

—Poseidón —susurró.

El nombre fue un grito mudo. Sobek apareció frente a ella sin transición, como si siempre hubiera estado allí y recién ahora decidiera ser visto. Su cuerpo colosal ocupaba todo el horizonte inmediato. Sus ojos, antiguos y carentes de cualquier ilusión, se posaron en ella con una satisfacción absoluta.

—Ahí estás —dijo— El error que se convirtió en premio.

Poseidón rugió, intentando alzarse, convocar lo que quedaba de su poder. El mar respondió tarde. Demasiado tarde..Sobek extendió una garra, y el agua obedeció a él.

Aurelia fue arrancada del lugar como una perla violentamente extraída de su concha. El mundo giró. Sintió la presión desgarrarle los sentidos, no el cuerpo, sino algo más íntimo: la voluntad.

—¡No! —gritó Poseidón, su voz rasgando el agua como un trueno roto.

Sobek ni siquiera lo miró.

—Tranquilo, dios caído —dijo con desprecio— No vengo por tu guerra. Vengo por mi trofeo.

El agua se cerró. Aurelia desapareció.

II. El reino sin canto

Despertó en un lugar donde el mar no cantaba. Ese fue el primer horror. No había corrientes suaves, ni murmullos de criaturas, ni el pulso vivo que siempre había sentido incluso en el cautiverio de Poseidón. Aquí el agua era pesada, espesa, muda. Cada movimiento costaba el doble, no por la presión, sino por una fuerza invisible que anulaba el impulso mismo de nadar.

Estaba suspendida dentro de una estructura viva, una prisión hecha de piedra negra y símbolos grabados con sangre ritual. No eran cadenas físicas las que la sujetaban, sino algo peor: sellos incrustados en el espacio mismo a su alrededor.

Intentó moverse. Su cuerpo respondió su voluntad no. Un grito silencioso se acumuló en su pecho.

—Aquí no cantas —dijo la voz de Sobek, resonando desde todas partes—. Aquí no eliges.

Aurelia apretó los dientes. El pánico amenazó con romperla, pero algo dentro de ella se negó. No porque fuera fuerte, sino porque recordaba. Recordaba un mar que escuchaba. Recordaba un dios que había renunciado.

—No soy tuya —susurró, aunque nadie pudiera oírla.

Sobek apareció frente a ella, esta vez más cercano, más definido. Sus ojos brillaban con una certeza inamovible.

—Nunca lo fuiste —respondió—. Por eso eres perfecta.

Aurelia lo miró con odio abierto.

—No me quieres —escupió—. No sabes lo que es eso.

Sobek inclinó la cabeza, casi curioso.

—Correcto —admitió—. No me interesa tu corazón. Ni tu alma. Eso es para dioses débiles y poetas muertos.

Extendió una garra y tocó el campo que la rodeaba. Aurelia sintió un latigazo interno, como si algo dentro de ella hubiera sido forzado a arrodillarse.

—Eres un símbolo —continuó—. El trofeo que demuestra que el océano ya no pertenece al Olimpo ni a un sentimental caído.

Aurelia cerró los ojos con fuerza..Y entonces, en el fondo de su ser, algo gritó. No con voz..Con alma.

Poseidón.

No sabía si él podía oírla. No sabía si aún tenía el derecho de responder. Pero lo llamó igual, una y otra vez, como quien lanza una plegaria que no espera respuesta.

Ayúdame.

III. El dios caído

Poseidón no gritó cuando la perdió..No porque no quisiera, sino porque el sonido no habría cambiado nada.




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