El Mar De Los Dioses

El dios que volvió a caminar

El mar no respondió.

No con rebeldía abierta, no con furia inmediata, sino con algo peor: indiferencia. Poseidón avanzó entre corrientes que ya no reconocían su pulso, atravesó rutas que antes se abrían a su paso y ahora se cerraban como párpados cansados. El océano , su océano, se había convertido en un territorio ajeno, hostil, gobernado por un miedo que no le pertenecía. Sobek había aprendido rápido.

Cada ciudad hundida era un mensaje.
Cada santuario devorado, una burla.
Cada corriente envenenada, una advertencia.

Poseidón se detuvo en el límite donde el agua comenzaba a perder densidad, allí donde el cielo reclamaba su dominio. Miró atrás una última vez. No buscando obediencia. Buscando permiso. El mar no se lo dio.

—Entonces no volveré como tu amo —murmuró— Volveré como lo que siempre fui.

Ascendió. El agua cedió, y con ella, su forma. Las escamas celestes se apagaron como constelaciones al amanecer. La cola de pez se disolvió en luz salina y, donde había abismo, aparecieron piernas. No fue una transformación violenta; fue un recuerdo recuperado. El cuerpo del dios volvió a caminar porque el cielo lo reconocía aún como suyo. Cuando Poseidón pisó el mármol suspendido del Olimpo, el aire vibró.

El Palacio de Cristal y Oro se alzó ante él: columnas traslúcidas como hielo eterno, bóvedas que reflejaban siglos de poder, suelos de oro líquido endurecido por la voluntad divina. Allí donde los dioses decidían el destino de mares y hombres sin escuchar el temblor de la tierra..Las puertas no se cerraron..Se abrieron.

Porque incluso el Olimpo sabía cuando algo irremediable entraba..Zeus estaba en el centro del salón, de pie, el rayo en la mano. A su lado, Atenea, armada de claridad fría, y Hermes, tenso, con los pies apenas tocando el suelo como si quisiera huir antes de que comenzara la tormenta.

—Has vuelto —dijo Zeus, sin sorpresa— Pensé que preferirías ahogarte con tu error.

Poseidón avanzó un paso. El mármol crujió.

—Vengo a reclamar lo que me obligaron a perder.

Atenea entornó los ojos.

—Renunciaste —dijo— Nadie te forzó.

Poseidón la miró entonces. Y en su mirada no hubo súplica, ni rabia ciega. Hubo acusación desnuda.

—Me pusieron un ultimátum —respondió— Me exigieron destruir aquello que no podían controlar. Me empujaron a elegir entre ser monstruo o ser nada.

Hermes dio un paso atrás. Sabía leer los silencios. Y ese silencio olía a sangre divina.

—El mar está cayendo —continuó Poseidón— Ciudades hundidas. Santuarios devorados. Un dios lunático reclamando soberanía absoluta sobre lo que ustedes llaman equilibrio.

Zeus alzó el rayo.

—Y vienes a culparnos —dijo— cuando fuiste tú quien rompió el sello.

Poseidón sonrió. No con burla. Con tristeza peligrosa.

—Lo rompí para no convertirme en ustedes.

El primer golpe cayó sin aviso. Zeus lanzó el rayo como una sentencia. Poseidón no lo esquivó: lo atrapó. La descarga recorrió su cuerpo, quemando el aire, abriendo grietas en el suelo. El palacio tembló. Columnas de cristal estallaron en lluvia cortante.

Atenea reaccionó al instante, avanzando con precisión letal. Su lanza de luz buscó el corazón de Poseidón con la exactitud de quien no duda. Poseidón giró, desvió, respondió con un golpe seco que lanzó a la diosa contra una pared de oro. No la mató. No la inutilizó. La detuvo.

—¡Basta! —rugió Hermes, pero nadie escuchó.

Zeus atacó de nuevo. El salón se convirtió en un torbellino de poder: relámpagos, ondas de choque, fragmentos de palacio cayendo como estrellas rotas. Poseidón avanzó entre el caos con una furia contenida, cada golpe medido, cada defensa un acto de voluntad.

—¡Siempre fuiste el más impulsivo! —gritó Zeus— ¡El más peligroso cuando te crees justo!

Poseidón respondió con un impacto que hizo arrodillarse al rey del Olimpo.

—Y tú siempre fuiste el más cobarde —dijo— Te escondes detrás de decretos porque temes mirar lo que destruyes.

Ares irrumpió desde una galería, sediento de guerra. Poseidón lo detuvo con un gesto, arrojándolo contra una columna que se derrumbó. El dios de la guerra quedó enterrado bajo cristal y oro, vivo, humillado. Atenea se incorporó, sangrando luz.

—Mátanos —escupió—. Demuestra que no eres diferente.

Poseidón alzó la mano. La energía se concentró, terrible, definitiva. Por un instante, el deseo lo atravesó como una marea negra: matarla, silenciar para siempre a Hermes, quebrar a Zeus hasta dejarlo inútil, un rey sin rayo ni voz. El palacio contuvo el aliento. Poseidón cerró los ojos. Respiró. Y soltó la energía. No para destruir. Para contenerse.

—Eso —dijo, con la voz quebrada por la elección— es lo que ustedes jamás entenderán.

Zeus cayó de rodillas. El rayo se apagó en su mano.

—Sigues siendo quien siempre fuiste —admitió, con una risa amarga— El dios del océano incluso sin el océano.

Poseidón se acercó. No como vencedor que humilla. Como juez que exige.

—Si desean que su preciado mundo siga en pie —dijo— y no bajo las aguas que ahora controla un dios lunático, me ayudarán a recuperar el control del océano. Control que, gracias a ustedes, perdí.

El silencio fue absoluto. Hermes fue el primero en hablar.

—El mundo ya siente las mareas —dijo— Costas enteras tiemblan. Los humanos rezan.

Atenea bajó la lanza.

—Sobek no distingue dominios —admitió— Si no se le detiene, todo caerá.

Zeus alzó la mirada. En sus ojos no había arrepentimiento. Había cálculo.

—Te ayudaré —dijo al fin— Por la tierra. Por los humanos.

Poseidón sostuvo su mirada.

—No por mí.

Zeus sonrió, ladeado.

—No confundas esto con aprobación, hermano. Sigues equivocándote en algo esencial.

Se incorporó, recuperando su estatura de rey.

—Debes actuar como el dios que eres —continuó— No pedir permiso. No esperar correspondencia. La compasión es un lujo que el poder no puede darse.




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