El Mar De Los Dioses

El umbral donde los dioses sangran

La tierra fue la primera en rechazar su presencia.

No con violencia inmediata, sino con una resistencia antigua, casi resentida. Poseidón lo sintió apenas sus pies tocaron suelo firme: una vibración seca, ajena, radicalmente distinta al pulso del océano. Allí no había corrientes que obedecer ni mareas que se adaptaran. La tierra no se inclinaba ante él. Lo soportaba.

—Siempre olvido cuánto me desagrada este lugar —murmuró Poseidón.

Zeus avanzó a su lado con paso firme, envuelto en una luz contenida que chisporroteaba bajo su piel como un rayo impaciente. Atenea cerraba la formación, silenciosa, con la lanza apoyada sobre el hombro y la mirada atenta, analítica, calculando cada irregularidad del terreno.

No habían llegado a un lugar marcado en mapas. No existía. El sitio al que se dirigían era una cicatriz en el mundo: una región donde la realidad se había doblado tantas veces que terminó rompiéndose. Allí, según los registros más antiguos del Olimpo, dormía un poder olvidado, uno que no pertenecía al cielo ni al mar sino al equilibrio roto entre ambos.

—Aquí fue —dijo Atenea, deteniéndose frente a una extensión de sombra que parecía tragarse la luz— donde los dioses aprendimos por qué no debemos jugar con lo que no comprendemos.

Ante ellos, el aire se deformaba. No había un portal visible como una puerta o un arco. Había fracturas: cortes irregulares en el espacio, capas superpuestas de realidades distintas que se rozaban y se repelían. A veces, un fragmento de bosque aparecía suspendido en el vacío; otras, un cielo nocturno se filtraba bajo el sol del mediodía.

—Portales dimensionales inestables —continuó Atenea — Solo los dioses pueden atravesarlos sin ser despedazados.

Poseidón observó el lugar con atención. Algo en ese caos le resultaba familiar.

—Esto —dijo— se parece al mar cuando pierde forma.

Zeus sonrió de lado.

—Por eso estamos aquí. El poder que buscamos no obedece. Amplifica. Y ahora mismo, eso es exactamente lo que necesitas.

Poseidón no respondió. Pensaba en Aurelia. En el océano partido. En Sobek creciendo como una infección glorificada por el miedo. No necesitaba poder por ambición. Lo necesitaba para regresar.

Atenea avanzó primero.bCruzó la fractura sin vacilar, y su cuerpo fue absorbido por la sombra como si nunca hubiera estado allí. Zeus y Poseidón intercambiaron una mirada breve, cargada de tensión no resuelta, y la siguieron. El mundo se plegó.

No hubo sensación de caída ni de desplazamiento lineal. Fue como ser desarmados y reconstruidos al mismo tiempo. Poseidón sintió cómo su esencia vibraba, cómo su forma luchaba por mantenerse coherente en un lugar donde las leyes no eran estables. Cuando el espacio volvió a afirmarse, estaban en otro sitio.

Un valle oscuro, cubierto por ruinas ciclópeas que no correspondían a ninguna civilización conocida. Las estructuras parecían haber sido talladas por manos colosales o por fuerzas que no tenían manos en absoluto. El cielo no era cielo: una bóveda de nubes negras giratorias, atravesadas por destellos rojos que no eran relámpagos, sino pulsos.

—Bienvenidos —dijo Zeus, con una sonrisa tensa— al corazón de lo que fue descartado.

El suelo tembló. No por su llegada, sino por algo que los había sentido.

Desde las sombras surgieron criaturas deformes, guardianes nacidos de fragmentos de realidades fallidas. No eran demonios ni bestias naturales: eran errores, cuerpos incompletos, miembros duplicados, rostros sin rasgos definidos, ojos brillando con una inteligencia fragmentada.

—No dialogan —advirtió Atenea— Atacan.

La primera embestida fue brutal. Una criatura se lanzó desde una columna derruida con un chillido agudo que perforó el aire. Zeus reaccionó al instante, descargando un rayo controlado que la partió en dos solo para que ambas mitades siguieran avanzando, retorciéndose.

—Molesto —gruñó.

Poseidón avanzó sin esperar orden. No tenía tridente, pero su poder seguía intacto, comprimido, peligroso. Golpeó el suelo con el puño y una onda sísmica recorrió el valle, desestabilizando a las criaturas, rompiendo su coordinación.

—¡Ahora! —ordenó Atenea.

Ella se movió como una extensión del combate mismo: precisa, letal, sin desperdiciar energía. Su lanza atravesó núcleos brillantes ocultos en los cuerpos de las entidades, apagándolos uno a uno. Zeus cubría el flanco izquierdo, lanzando descargas que no destruían el entorno aprendía, a regañadientes, mientras Poseidón avanzaba por el centro, abriendo camino.

—Nunca pensé que volvería a luchar así —dijo Zeus entre impactos— Sin aplastar todo.

Poseidón respondió sin mirarlo:

—Nunca pensaste que habría consecuencias.

El valle rugió. Desde el fondo de las ruinas, algo más grande despertó. Una masa colosal se alzó, formada por capas de piedra, sombra y energía condensada. No tenía rostro, pero su presencia aplastaba el aire. Cada paso hacía temblar la realidad.

—El custodio —susurró Atenea— Si lo derrotamos, el acceso se abrirá.

—¿Derrotar? —repitió Zeus— ¿No era convencer?

Atenea lo miró con frialdad.

—Nada aquí escucha razones.

El custodio atacó. Un brazo gigantesco descendió como una montaña en caída libre. Poseidón saltó, rodando sobre el impacto, y sintió cómo el suelo se fragmentaba bajo sus pies. Zeus se elevó, descargando una cadena de rayos que recorrieron el cuerpo del monstruo, iluminando grietas internas.

—¡Poseidón! —gritó— ¡Ahí!

Poseidón comprendió al instante. Corrió hacia la grieta expuesta, concentrando su poder en un punto único. No liberó todo. Canalizó. Golpeó el núcleo con una precisión feroz, y el impacto resonó como un trueno submarino en tierra seca..El custodio se estremeció.

Atenea aprovechó el momento. Saltó desde una columna derruida, clavando su lanza directamente en el centro expuesto. La luz explotó. El silencio cayó de golpe. El valle dejó de temblar.




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