El Mar De Los Dioses

La marea que reclama

El poder no llegó como una bendición. Llegó como una inundación.

Cuando Poseidón retiró la mano del Núcleo de Marea Doble, el mundo no tembló: se rindió. La energía no se expandió en un estallido visible, sino que se plegó hacia dentro de él, comprimiéndose, reconociendo un recipiente antiguo, legítimo, peligroso. No preguntó quién era ahora. Solo recordó quién había sido siempre. Zeus dio un paso atrás. Atenea tensó la lanza. No por amenaza inmediata, sino por intuición.

—Ha aceptado —murmuró ella— Por completo.

Poseidón alzó la mirada. Sus ojos ya no eran solo celestes. En lo profundo, una oscuridad marina volvía a girar lentamente, como una fosa que despierta. El aire alrededor de su cuerpo vibraba con autoridad recuperada. No pedía permiso. Exigía coherencia.

—Debemos volver —dijo Poseidón.

No fue una sugerencia. Fue una orden..Zeus sostuvo su mirada durante un segundo largo, cargado de significados antiguos.

—Te advertí —dijo— El poder no distingue intención.

Poseidón no respondió..Ya no necesitaba hacerlo.

I. El regreso del soberano

El océano sintió su llegada antes de verlo.

Las aguas que aún no estaban sometidas por Sobek se agitaron con violencia contenida. Corrientes liberadas del hechizo oscuro comenzaron a reorganizarse, no con duda… sino con alivio. El pulso de Poseidón regresó como un trueno submarino, atravesando capas enteras del mar..Pero no todo respondió..Solo la mitad. La otra mitad permaneció muda, sometida, retorcida bajo la voluntad absoluta de Sobek.

Poseidón emergió en el límite exacto entre ambos dominios: aguas claras a un lado, aguas densas, rojizas, al otro. Allí, su cuerpo volvió a transformarse. Las piernas humanas se disolvieron en escamas celestes. La cola de pez reapareció, magnífica, colosal, cargada de siglos de dominio. El dios del océano había vuelto.

—Mi mar —dijo.

Y la mitad libre se inclinó. Criaturas ancestrales despertaron, leviatanes que habían permanecido dormidos desde eras olvidadas. Las ciudades que aún resistían elevaron barreras naturales. Las corrientes se alinearon en formaciones perfectas. El océano recordaba cómo obedecer.

Zeus observó desde el umbral del cielo, con el rayo apagado en la mano.

—Es suficiente —dijo— Con esto podrás enfrentarlo.

Poseidón no miró atrás.

—No —respondió— Con esto recuperaré lo que es mío.

Atenea frunció el ceño.

—Poseidón — comenzó.

Él alzó una mano.

—Ya elegí —dijo— Y el precio es aceptable.

II. La sombra que regresa

La transformación no fue solo externa.

En el interior de Poseidón, algo antiguo se reacomodó. La duda, la contención, la culpa se desplazaron hacia el fondo, no eliminadas, pero silenciadas. El poder amplificado no destruyó su capacidad de amar: la sepultó bajo una verdad más funcional.

Amar debilitaba. Dominar preservaba. La voz de Zeus resonó en su memoria:

Debes actuar como el dios que eres.

Y Poseidón obedeció. No al Olimpo. A sí mismo.

—Sobek —murmuró, y su nombre atravesó el océano como un arpón— He vuelto.

La respuesta llegó como risa lejana.

III. Aurelia, el trofeo

Aurelia sintió el cambio como un latigazo. No fue alivio inmediato. Fue peso. El mar, incluso dentro de la prisión muda, había cambiado de pulso. Algo vasto, dominante, familiar y terrible se extendía de nuevo por las corrientes. El hilo que la unía a Poseidón se tensó pero no como antes.

Antes había sido un llamado mutuo. Ahora era una reclamación. Sobek apareció frente a ella, complacido.

—¿Lo sientes? —dijo—. Ha aceptado el precio.

Aurelia luchó por moverse. Los sellos seguían intactos. Su voluntad seguía anulada. Pero su alma su alma entendía.

—No —susurró—. No así.

Sobek inclinó la cabeza.

—Siempre así —corrigió— Los dioses regresan a lo que son cuando el mundo arde lo suficiente.

Aurelia cerró los ojos. En su interior, el grito volvió a formarse pero esta vez se quebró antes de completarse.

Poseidón…

La respuesta no fue consuelo. Fue presencia. Una presión distante, segura, inevitable.

IV. El decreto del océano

Poseidón avanzó sobre las aguas sometidas sin vacilar. Donde Sobek había impuesto miedo, él impuso orden brutal. Torbellinos colosales barrieron ejércitos abisales. Leviatanes chocaron contra criaturas deformes, despedazándolas sin piedad. Ciudades enteras fueron levantadas y reubicadas por la fuerza de las corrientes.

—Retírate —ordenó Poseidón— O serás borrado.

Sobek emergió frente a él, enorme, glorioso en su locura.

—Ah —rió— El rey ha regresado.

Poseidón no respondió con palabras. Respondió con poder. El choque de voluntades sacudió el océano entero. Pero algo era distinto: Sobek resistía. No por fuerza equivalente, sino porque poseía lo que Poseidón no controlaba.

Aurelia.

—La quieres —se burló Sobek— Incluso ahora.

Poseidón sintió la verdad y la rechazó.

—No —dijo— La reclamo.

Las aguas libres rugieron en aprobación.

—Es mi joya más preciada —continuó— Y volverá a mí.

No habló de amor.
No habló de elección.
Habló de posesión legítima.

Zeus, observando desde lo alto, cerró los ojos un instante.

—Ha vuelto del todo —murmuró.

Atenea no respondió. Veía algo más peligroso que un tirano: un dios convencido de que su oscuridad era necesaria.

V. Consecuencias

Aurelia sintió el cambio definitivo.

El hilo entre ambos seguía ahí… pero ya no era refugio. Era una cadena invisible. Poseidón la buscaba, no para liberarla, sino para recuperarla. Y en lo más profundo de su ser, Aurelia comprendió la tragedia completa:

El dios había regresado. El océano se había salvado a medias. Pero el amor había sido el precio. Sobek sonrió desde la sombra, satisfecho.




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