El Mar De Los Dioses

La espera del depredador

El océano estaba quieto. No porque estuviera en paz, sino porque obedecía.

Las corrientes se desplazaban con una exactitud antinatural, como si cada partícula de agua hubiera recibido una orden precisa y temiera desviarse de ella. No había mareas erráticas, ni rugidos espontáneos, ni criaturas desobedientes. El mar respiraba al ritmo de un solo pulso. El de Poseidón. Él no se movía.

Suspendido en la profundidad absoluta, allí donde la presión aplasta incluso a los recuerdos, Poseidón observaba el estado de su dominio con una atención fría, calculadora. El poder amplificado ardía en su interior, no como una llama, sino como una masa compacta, densa, implacable. No necesitaba liberarlo. No necesitaba probarlo.

Estaba ahí. Y eso bastaba. La mitad libre del océano lo reconocía sin fisuras. La otra mitad sometida, contaminada resistía como una extremidad entumecida, aún conectada, aún sensible, pero incapaz de obedecer por completo. Poseidón no sentía frustración. Sentía anticipación.

—No huirás —pensó—. El mar no tiene salidas.

El vínculo con Aurelia seguía presente, tirante, constante, como un hilo incrustado en su conciencia. No lo tensaba. No lo aflojaba. Simplemente sabía dónde estaba. La sentía como se siente una grieta en el casco de una nave: silenciosa, peligrosa, imposible de ignorar.

Antes, ese vínculo había sido deseo.
Luego, necesidad. Ahora era propiedad latente.

Poseidón no se engañaba. Sabía que rescatarla en ese instante sería fácil. Sabía que Sobek no podría detenerlo si decidía avanzar con todo su poder. El océano libre se alzaría, las sombras serían aplastadas, la prisión desaparecería como arena entre corrientes violentas.

Pero no lo hacía..Porque rescatarla ahora significaría tomarla de inmediato. Y él no quería que Aurelia lo mirara con miedo todavía.

—Aprenderás a quedarte —murmuró— Incluso antes de regresar.

El amor, en él, no era blando ni suplicante. Era territorial, envolvente, como una fosa que no permite retorno una vez cruzado su umbral. No buscaba su rendición inmediata. Buscaba algo más profundo:

que Aurelia dejara de concebir la huida como posibilidad. La prisión no se había debilitado. Pero Aurelia sí sentía el cambio. El mar ya no vibraba con el caos de Sobek ni con la urgencia de Poseidón. Vibraba con algo mucho peor: expectativa. Cada partícula de agua a su alrededor parecía observarla, medirla, anticipar su reacción.

Ella permanecía inmóvil. No porque estuviera resignada, sino porque había descubierto que el movimiento la delataba. Cada pensamiento dirigido a Poseidón fortalecía el hilo. Cada emoción intensa lo hacía vibrar con más claridad.

Así que aprendió a contenerse. A no llamarlo..A no odiarlo. A no esperarlo. Ese silencio interno era su único refugio.

—Te estás rompiendo —dijo Sobek, apareciendo ante ella con una calma inquietante—. Los mortales se quiebran cuando esperan demasiado.

Aurelia levantó la mirada lentamente. Sus ojos dorados no mostraban súplica.

—No espero —respondió—. Me sostengo.

Sobek la observó con interés genuino.

—Eso es peor —admitió—. Porque él lo sentirá.

Aurelia apretó los dientes.

Lo sabía..Poseidón sentía su quietud como una ausencia activa. No como rechazo, sino como distancia no autorizada. Y esa distancia lo tensaba más que cualquier desafío directo.

—Te espera —continuó Sobek— Y cuando un dios espera, no es por paciencia es por certeza.

Aurelia cerró los ojos..Dentro de ella, el vínculo palpitó una vez. No como llamado. Como aviso. En el límite entre dominios, el océano se mantenía estable solo por voluntad forzada. No había avances visibles, pero cada segundo sin guerra era una acumulación silenciosa de presión..Zeus observaba desde el cielo con el ceño fruncido.

—No ataca —dijo—. Eso me inquieta más que una ofensiva directa.

Atenea no apartó la mirada del mar dividido.

—Porque ya ganó algo —respondió—. El control del tiempo.

—¿Y ella?

Atenea tardó en responder.

—Ella es el único factor que no puede aplastar sin consecuencias.

—Eso no suele detenerlo.

—No —admitió—. Pero lo ralentiza.

Poseidón descendió aún más..Allí donde el océano no tolera dudas. Donde la presión no permite pensamientos superfluos. Allí donde solo sobrevive lo que pertenece..Pensó en Aurelia. No como amante. No como cautiva. La pensó como parte del mar que aún no ha sido integrada.

—No necesitas decidir —pensó— La decisión ya fue tomada cuando naciste en mis aguas.

El amor se replegó dentro de él, denso, oscuro, absolutamente seguro de sí mismo. No ardía. Pesaba. Poseidón comprendió algo con una claridad perturbadora: La espera lo fortalecía.

Cada segundo que Aurelia permanecía lejos, cada instante de silencio, cada intento de no sentirlo reforzaba la inevitabilidad del desenlace. No necesitaba apresurarse. El océano no corre. Él tampoco.

—Cuando regreses —murmuró— no lo llamarás encierro.

El mar respondió con una vibración profunda, ominosa.

Y en la prisión, Aurelia sintió ese eco recorrerle la columna como una advertencia muda. No estaba a salvo. No estaba libre. Pero tampoco había sido tomada aún. Y esa espera esa pausa cargada de intención era más aterradora que cualquier cadena.




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