El Mar De Los Dioses

La victoria que no salva

La victoria no llegó como un estallido. Llegó como una cesación.

El océano dejó de resistirse de pronto, como un cuerpo que, tras convulsionar durante horas, decide rendirse no por derrota, sino por agotamiento. Las corrientes caóticas comenzaron a alinearse, los remolinos se cerraron sobre sí mismos y las aguas sometidas por Sobek se estremecieron con un pulso nuevo, antiguo, inconfundible.

Poseidón. Sobek lo sintió primero. No como un golpe frontal, sino como una pérdida de anclaje. Algo se desprendió de su dominio, algo que había usado como eje, como palanca invisible. El océano oscuro vaciló. Las criaturas deformes retrocedieron instintivamente, como si una orden silenciosa las hubiera privado de propósito.

—No —gruñó Sobek, emergiendo entre espirales de agua ennegrecida— No sin ella.

Poseidón avanzó sin responder. Esta vez no hubo duelo ceremonial ni choque grandilocuente. No hizo falta. El poder que ardía en su interior ese núcleo vivo, denso, irreversible se desplegó con una precisión aterradora. No arrasó. Desanudó.

Los hechizos que mantenían la prisión de Aurelia comenzaron a descomponerse como símbolos mal escritos bajo una marea paciente. No se rompieron de golpe. Fueron desactivados, uno por uno, despojados de la resonancia que los sostenía.

Sobek rugió y lanzó su cuerpo contra Poseidón, pero el impacto se disipó en un campo de presión absoluta. El mar mismo se interpuso, no como arma, sino como decisión.

—Este vínculo no es tuyo —dijo Poseidón, y su voz no admitió réplica— Nunca lo fue.

Con un gesto mínimo, retiró la última capa de control. La prisión muda colapsó..La liberación no fue suave.. La voluntad regresó a Aurelia como un torrente violento, una avalancha de sensaciones reprimidas que la obligó a gritar sin sonido. Sus músculos se tensaron, su respiración se desordenó, y por un instante sintió que iba a desintegrarse bajo el peso de su propio ser recuperado.

Pero estaba libre. Libre de Sobek. Libre del ancla. Libre solo en apariencia..Antes de que pudiera orientarse, antes de que pudiera decidir siquiera hacia dónde huir, el océano se plegó a su alrededor con una suavidad engañosa. No fue una captura violenta. Fue un envolvimiento perfecto, una corriente diseñada para sostener, inmovilizar y transportar sin daño.

Aurelia alzó la mirada. Poseidón estaba frente a ella. No había furia en su expresión. No había triunfo visible. Solo una calma densa, peligrosa.

—Te llevo conmigo —dijo.

No preguntó. No explicó. Aurelia sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del abismo.

—No —respondió, con la voz recién recuperada— No soy tuya.

Poseidón no se inmutó.

—No lo discutas ahora —dijo— El océano aún sangra.

Y se movió. El viaje fue largo..No en distancia, sino en descenso. Aurelia sintió cómo la presión aumentaba, cómo la luz se deshacía en capas, cómo el mundo conocido quedaba atrás. Atravesaron regiones donde ninguna criatura viva se aventuraba, donde el océano ya no era azul ni negro, sino una oscuridad mineral, casi sólida.

Allí, incrustado en el lecho más profundo, se alzaba el palacio. No era bello en el sentido humano..Era invulnerable.

Estructuras talladas directamente en la roca abisal, columnas vivas formadas por corrientes eternas, muros que no podían ser atravesados sin la voluntad expresa de su soberano. El palacio no estaba construido para ser admirado, sino para perdurar.

Aurelia fue depositada en una cámara amplia, iluminada por una luz suave que no provenía de ninguna fuente visible. El agua era cálida, estable, diseñada para no dañarla.

—¿Qué es este lugar? —preguntó, girándose hacia él.

—Mi residencia más segura —respondió Poseidón— Aquí no llegarán ni Sobek ni el caos.

—¿Y yo? —replicó—. ¿Qué soy aquí?

Poseidón la observó en silencio durante un largo instante.

—Estás a salvo —dijo finalmente.

Aurelia sintió cómo algo en su pecho se quebraba.

—No te pregunté eso.

Poseidón no respondió..Las corrientes se cerraron detrás de él cuando se marchó, sellando la cámara con una suavidad absoluta. No hubo barrotes. No hubo cadenas visibles. Solo una certeza imposible de ignorar no podía salir. Poseidón ascendió solo a la sala central del palacio, donde el océano libre comenzaba a reorganizarse bajo su mando. Sintió el dominio regresar poco a poco, región por región, como un cuerpo que recupera sensibilidad tras una larga parálisis.

La victoria era real. Sobek había sido desplazado. El control se restablecía. El océano volvía a inclinarse. Y, sin embargo…

Algo en él se tensaba de una forma distinta. El poder amplificado seguía allí, otorgándole ventaja, claridad, supremacía. Gracias a él había ganado. Gracias a él recuperaría el océano entero. No había duda de eso. Pero también gracias a él, algo se endurecía.

Las decisiones se volvían más rápidas. Las dudas, irrelevantes. Los matices innecesarios. Poseidón no se sentía corrupto..Se sentía eficiente. Y eso, en el fondo, lo inquietaba apenas lo suficiente como para que no pudiera ignorarlo del todo.

—Es el precio —murmuró— Y es aceptable.

El océano respondió con obediencia plena. Desde su encierro perfecto, Aurelia comprendió lo que nadie más podía ver. Poseidón no la había salvado para devolverle el mundo. La había salvado para integrarla en el suyo.

Pero también comprendió algo más profundo, algo que ningún dios había notado aún: Poseidón estaba cambiando. No perdiendo poder. No perdiendo dominio.

Perdiéndose a sí mismo en la certeza absoluta. Y ese cambio no era visible en sus victorias, ni en el océano que volvía a obedecerle, ni en la caída de su enemigo.

Solo alguien que lo hubiera conocido antes alguien que hubiera sentido su contradicción, su contención, su deseo no resuelto podía percibirlo.

Aurelia cerró los ojos..No para rendirse. Sino porque sabía que, atrapada como estaba, era la única que aún podía nombrar esa pérdida.




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