El primer intento de liberación no fue un acto de fuerza. Fue un recuerdo.
En lo más profundo de su ser, allí donde el poder amplificado había sellado al Poseidón verdadero como a un vestigio incómodo, algo se agitó. No era rabia ni desafío. Era una imagen mínima, persistente, que se negaba a disolverse: Aurelia flotando entre corrientes suaves, antes de la guerra, antes de Sobek, antes del encierro. No temblaba entonces. No estaba rodeada de muros invisibles. Cantaba sin saber para quién, y el mar todo el mar la escuchaba.
Ese recuerdo golpeó el interior del dios como una gota insistente cayendo sobre piedra.
Una vez.
Otra.
Otra más.
El Poseidón dominante continuaba gobernando. Emitía órdenes. Reorganizaba fronteras. Sentía el océano volver a su cauce con una obediencia casi perfecta. Pero cada vez que el recuerdo emergía, algo en su interior se tensaba, como si una marea subterránea empujara contra un dique invisible.
—No es relevante —dijo en voz alta, sin destinatario.
El palacio respondió con silencio. Pero en el interior, el Poseidón verdadero no se calló.
Escúchame.
La palabra no atravesó la barrera. Se dispersó. Se deformó. Aun así, dejó una vibración residual que incomodó al dominante como una corriente fría atravesando aguas templadas.
Aurelia sintió el cambio antes de comprenderlo. No fue una voz clara ni una visión definida. Fue una alteración en la presión del agua, una mínima discordancia en la perfección opresiva de su encierro. El palacio seguía intacto. Los muros seguían sellados. Pero algo titubeó.
Aurelia cerró los ojos. No llamó al Poseidón que la había encerrado. No habló al soberano frío que imponía sin preguntar. Buscó más hondo.
—Sé que estás ahí —susurró, sin elevar la voz— No al que gobierna. A ti.
El agua vibró. Aurelia no sabía cómo sabía, pero lo supo con certeza: había alguien escuchando desde detrás de los muros, desde un lugar aún más profundo que el océano.
—No te pido que me liberes —continuó—. Te pido que no desaparezcas.
Ese ruego no llevaba exigencia. No llevaba miedo. Llevaba reconocimiento. Y eso fue lo que abrió la primera grieta real. El Poseidón dominante se llevó una mano al pecho. No por dolor físico. Por interferencia.
La palabra de Aurelia no había atravesado la barrera como sonido, sino como resonancia directa. No lo acusaba. No lo desafiaba. Nombraba algo que el poder consideraba irrelevante pero que no podía borrar.
—Basta —ordenó, esta vez con dureza.
La orden no fue al océano. Fue hacia adentro. Pero la respuesta no fue silencio. Fue presión inversa. El Poseidón verdadero, encapsulado, comprendió algo esencial: no podía romper el encierro con fuerza. El poder que lo aprisionaba era fuerza. Intentar imponerse sería reforzar al otro. Necesitaba otra vía. Necesitaba a Aurelia.
— No te vayas — pensó, concentrando todo lo que aún era él en esa idea — No dejes de mirarme.
La barrera cedió apenas un fragmento. Suficiente. Poseidón descendió a la cámara de Aurelia sin haberlo planeado conscientemente. El dominante se dijo que era para verificar su estado, para reafirmar el control. Pero algo más lo empujaba, una corriente que no respondía a órdenes. Aurelia lo esperaba.
No con desafío.
No con súplica.
Con una quietud alerta que lo desarmó más que cualquier resistencia.
—Has vuelto —dijo ella.
—Nunca me fui —respondió él automáticamente.
Aurelia negó despacio.
—Sí —dijo—. Te fuiste. Y algo más ocupa tu lugar.
El Poseidón dominante abrió la boca para responder… y no encontró palabras inmediatas. La interferencia regresó, más intensa. Dentro de él, el verdadero Poseidón empujó con desesperación silenciosa.
Dímelo. Dile que estoy aquí.
Por un segundo eterno, los ojos de Poseidón cambiaron. No de color. De profundidad. Aurelia lo vio. Vio la sombra detrás del dominio, el movimiento atrapado bajo capas de hielo.
—Aurelia —pronunció él, y esa sola sílaba no perteneció al dominante.
Ella contuvo el aliento.
—Te escucho —dijo, con suavidad feroz— Aunque él no quiera.
El Poseidón verdadero aprovechó el instante. No habló con palabras. Se filtró. A través del vínculo. A través del recuerdo. A través del hecho simple e irrefutable de que Aurelia no lo miraba como a un dios, sino como a un ser dividido.
El palacio tembló. No violentamente.
Internamente. El Poseidón dominante retrocedió un paso, desconcertado, como si el cuerpo que habitaba ya no respondiera con la precisión habitual.
—Aléjate de eso —ordenó, sin saber si se dirigía a ella o a sí mismo.
Aurelia no se movió.
—No estoy hablando contigo —respondió—. Estoy hablando con el que se quedó atrás.
Dentro del dios, la lucha alcanzó un nuevo estado. No era combate. Era superposición.
El Poseidón dominante intentó imponer coherencia, control, eficiencia. El verdadero Poseidón no se opuso con fuerza, sino con sentido: recuerdos, matices, la certeza de que gobernar no era lo mismo que comprender. Cada pensamiento dirigido a Aurelia abría una fisura. Cada orden absoluta la cerraba. El equilibrio era inestable. Peligroso.
—No puedo —pensó el verdadero Poseidón—. No solo.
Aurelia lo sintió como una presión cálida en el pecho.
—No estás solo —susurró—. Pero no te entregaré mi voluntad para salvarte.
Esa frase, lejos de herirlo, lo ancló. No quería poseerla. No quería usarla. Solo quería existir de nuevo. El Poseidón dominante alzó la mano, dispuesto a sellar la cámara, a cortar la interacción. Pero el gesto se detuvo a medio camino.
El cuerpo no obedeció. Por primera vez desde la absorción del poder, Poseidón sintió algo parecido al miedo. No a perder el océano. No a Sobek. A perderse del todo.
—No he terminado contigo —dijo finalmente, con una voz que ya no era completamente una sola.
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Editado: 24.01.2026