El Mar De Los Dioses

El rayo que no golpea

La batalla no tuvo escenario. No ocurrió en el océano, ni en el palacio, ni en las profundidades donde el mundo se quiebra por presión. Ocurrió dentro. Y por eso fue más peligrosa que cualquier guerra anterior.

Poseidón se detuvo en medio de la sala central del palacio, rodeado por corrientes inmóviles que aguardaban órdenes que no llegaban. El océano seguía obedeciendo, pero algo había cambiado: la autoridad ya no fluía con naturalidad. Se sentía forzada, como una marea empujada contra su propia pendiente.

El Poseidón dominante avanzó un paso dentro de sí. No como una sombra, sino como una presencia total, ocupando cada espacio disponible, imponiendo coherencia, aplastando matices.

—No existes —sentenció hacia adentro— Fuiste necesario mientras dudaba. Ya no.

El verdadero Poseidón respondió. No con furia. Con resistencia. No era una voz clara, sino una presión contraria, una memoria que se negaba a ser reescrita: el instante en que Aurelia lo había mirado sin miedo, la contención deliberada de su fuerza para no quebrar, la comprensión de que gobernar no exigía anular.

— No soy tu debilidad, pensó.— Soy lo que te impide convertirte en vacío.

El choque fue inmediato..No hubo explosión. Hubo compresión. El poder amplificado reaccionó como una entidad defensiva: endureciendo los límites, sellando accesos, reduciendo al mínimo cualquier interferencia emocional. El Poseidón dominante se expandió, reclamando cada fibra del cuerpo, cada pensamiento útil.

El verdadero Poseidón fue empujado hacia el fondo de sí mismo, contra los muros invisibles que ya conocía. Pero esta vez no cedió. Se ancló. Se aferró al único punto que el poder no podía borrar sin destruir la estructura completa: el vínculo con Aurelia, no como posesión, sino como reconocimiento mutuo.

— Ella me ve, — pensó. — Y mientras me vea, existo.

El cuerpo de Poseidón se tensó. Las corrientes del palacio se crisparon. Columnas de agua viva se fracturaron en filamentos erráticos. Por primera vez desde la victoria, el océano titubeó. Y en lo alto del mundo….El rayo cayó de sus manos antes de que pudiera detenerlo. No como descarga..Como advertencia.

Zeus se llevó la mano al pecho con brusquedad, el gesto impropio de un rey de dioses acostumbrado a soportar el peso del cosmos sin inmutarse. Un dolor profundo, ajeno, lo atravesó como una fisura súbita en el cielo despejado.

—Poseidón —murmuró.

No era un llamado. Era un reconocimiento. El vínculo fraternal ese que nunca había necesitado palabras se activó con violencia. Zeus sintió la resistencia, la presión interna, la lucha silenciosa que su hermano estaba librando contra algo que no provenía del exterior.

—No es Sobek —dijo en voz alta, ya comprendiendo—. Es él mismo.

Atenea apareció a su lado sin necesidad de ser convocada.

—El Núcleo —dijo—. Lo advertí. No consume. Reordena.

Zeus cerró los ojos un instante.

—Lo está asfixiando desde dentro.

—Y si intervienes sin cuidado —añadió Atenea— lo romperás por completo.

Zeus apretó los dientes.

—Es mi hermano.

—Y es un dios —respondió ella— Si lo ayudas como rey, lo perderás. Si lo ayudas como hermano… debes hacerlo sin imponer.

Zeus entendió. Y eso fue lo más difícil. Zeus descendió hasta el umbral del océano sin cruzarlo del todo. No invadió. No reclamó. Se mantuvo en el límite exacto donde el cielo toca el mar sin dominarlo. Allí, extendió su poder no como rayo, sino como resonancia.

No atacó al Poseidón dominante..No intentó arrancar el Núcleo. No dio órdenes..Hizo algo que ningún dios del Olimpo hacía jamás. Sostuvo..Envió una frecuencia estable, profunda, fraterna, dirigida no al soberano eficiente, sino al dios encapsulado.

— Resiste —, pensó Zeus. — No para vencer. Para permanecer.

Dentro de Poseidón, el impacto fue inmediato. No como alivio, sino como espacio..La presión interna no desapareció, pero dejó de aumentar. El Poseidón dominante sintió la interferencia y reaccionó con furia silenciosa.

—Aléjate —ordenó hacia arriba—. No interfieras.

Zeus no respondió con palabras. Respondió con presencia constante, sin juicio, sin exigencia. Un rayo sostenido que no golpeaba, pero tampoco se retiraba. El verdadero Poseidón aprovechó el margen.

No empujó..No atacó. Se expandió apenas, lo suficiente para recordar quién era antes de que todo se volviera eficacia y dominio.

No quiero gobernar solo, pensó..Quiero entender.

La palabra entender atravesó las capas internas como una cuchilla suave. El Poseidón dominante vaciló. No por debilidad. Por contradicción.

—Eso es irrelevante —dijo—. El océano obedece. El mundo se estabiliza.

¿A qué costo? respondió el otro, sin voz, sin grito.

El cuerpo de Poseidón tembló. Aurelia lo sintió desde su encierro como una vibración profunda, distinta a cualquier marea. No era guerra externa. Era fractura interna.

—No lo rompas —susurró, sin saber a quién llegaría—. Déjalo respirar.

Zeus percibió ese susurro como un eco lejano.

—Ella —dijo, comprendiendo— Ella es el punto de equilibrio.

Atenea asintió.

—Y por eso es peligrosa para ambos Poseidón.

La batalla no terminó. No hubo vencedor..El Poseidón dominante no fue destronado. El verdadero Poseidón no fue liberado por completo. Pero algo esencial cambió: el encierro dejó de ser hermético.

El poder ya no era una prisión perfecta..Era una fortaleza con grietas. Poseidón cayó de rodillas en la sala central, no derrotado, sino exhausto por una lucha que nadie más podía ver. El océano se estabilizó de nuevo, obediente, expectante. Zeus retiró su presencia con cautela extrema.

—No he terminado contigo —murmuró— Pero tampoco te impondré mi mano.

Antes de desaparecer, lanzó una última advertencia que no fue orden:




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