El Mar De Los Dioses

El mar que obedece demasiado

En la costa, los humanos habían aprendido a leer el océano como se lee el rostro de un padre: por sus humores, por sus gestos invisibles, por la forma en que el viento cambiaba de dirección sin avisar. Decían que el mar tenía días buenos y días malos, que era generoso o cruel según la luna, que a veces se enamoraba de las barcas y a veces las devoraba con hambre antigua.

Mentían sin saberlo. El mar nunca había tenido humores. Solo había tenido un dueño. Y ahora, ese dueño había vuelto a reclamarlo con una autoridad tan perfecta que el océano ya no se parecía a sí mismo.

Los pescadores de la ciudad costera de Néréa notaron el cambio la misma mañana en que el sol amaneció pálido, como si tuviera miedo de reflejarse en el agua. El puerto estaba lleno, las redes preparadas, las embarcaciones alineadas como dientes en la boca de una bestia domesticada. Todo era normal, excepto por un detalle mínimo:

La marea no respiraba. Subía y bajaba, sí, pero sin pausa, sin suspiros, sin ese temblor impredecible que hacía creer a los mortales que el océano tenía voluntad propia. La superficie se mantenía demasiado lisa, demasiado obediente, como un espejo que ya no se permitiera distorsionar nada.

—Es raro —murmuró un anciano, con los dedos húmedos por la sal— El mar está callado.

No era un silencio de calma. Era un silencio de disciplina. A lo lejos, en el borde del horizonte, las nubes se apilaron sin moverse, inmóviles como soldados esperando una orden. No llovía. No tronaba. Pero el aire olía a tormenta contenida.

Como si el cielo supiera que el océano ya no le pertenecía. En lo profundo, donde ninguna luz llegaba, el palacio de Poseidón latía con su propio pulso. Y ese pulso ahora se extendía hacia arriba como una orden constante. Las sirenas fueron las primeras en sentirlo de verdad.

No las sirenas de los relatos humanos esas figuras dulces, perfumadas, siempre dispuestas al canto y al engaño sino las verdaderas: antiguas, marinas, fieras, nacidas del mismo misterio que el agua. Ellas vivían en comunidades dispersas, en cavernas de coral y ciudades sumergidas que jamás verían los mortales. Durante siglos habían cantado para comunicarse, para celebrar, para advertirse unas a otras de tormentas o de monstruos. Pero ahora…

Ahora el canto les ardía en la garganta. Una sirena joven, de escamas azules y ojos de color espuma, emergió cerca del arrecife donde solían reunirse. Abrió la boca para entonar el saludo ritual, el que las unía desde generaciones. La nota no salió.

No porque no pudiera. Sino porque el agua alrededor de su pecho se apretó como una mano invisible. No la ahogaba. Solo la contenía. La sirena retrocedió, espantada, y sus hermanas la miraron con una mezcla de confusión y temor.

—¿Qué sucede? —preguntó una de las mayores.

La joven sacudió la cabeza, intentando liberar la voz.

—No… no sé. Es como si el mar… me escuchara demasiado.

La mayor alzó la mirada hacia la oscuridad, hacia el abismo, como si allí pudiera ver el rostro del soberano.

—No es el mar —dijo, con un hilo de voz—. Es él.

La palabra él se tragó el aire. Porque era un nombre que no se pronunciaba sin consecuencias.nPoseidón.

El dios del océano había vuelto a extender su dominio como una red infinita. Había recuperado el control de su reino, sí. Había desplazado a Sobek lo suficiente para recuperar regiones enteras. Pero el modo en que lo hacía dejaba algo en evidencia: el océano ya no era un lugar donde las criaturas existían.

Era un lugar donde las criaturas obedecían. En la frontera entre lo recuperado y lo sometido, un ejército de tritones custodiaba las corrientes como si fueran puertas.

No eran guardianes ceremoniales. Eran guerreros nacidos para la guerra, con cuerpos tallados por la presión y la disciplina. Portaban lanzas de coral endurecido, cuchillas de hueso de monstruo, armaduras hechas con escamas de bestias extintas. Pero sus ojos eran lo que más inquietaba. No tenían rabia. No tenían orgullo.

Tenían ese brillo vacío del soldado que ya no se pertenece. Un tritón joven se atrevió a levantar la voz cuando un remolino inesperado arrastró a un grupo de sirenas hacia una zona peligrosa.

—¡Señor! —gritó, al capitán—. ¡El remolino no estaba en el patrón!

El capitán no se giró de inmediato. Esperó, como si escuchara una orden que nadie más podía oír. Después habló con la voz baja, sin emoción.

—El patrón cambió.

—Pero hay civiles —insistió el joven, y la palabra salió con un temblor casi imperceptible.

El capitán se volvió entonces. Lo miró como se mira a un pez que insiste en nadar contra corriente.

—En el océano no hay civiles —dijo— Solo hay vida bajo mandato.

El joven tragó saliva.

—¿Y si mueren?

El capitán no dudó.

—Entonces el mar habrá decidido que su forma no era necesaria.

Esa respuesta no provenía del capitán. Provenía del dios que lo había llenado por dentro. El tritón bajó la mirada, y el remolino se tragó el canto apagado de las sirenas. No hubo rescate. No hubo duelo. Solo el agua siguiendo su orden, perfecta y cruel. En Néréa, el puerto se llenó de rezos.

No porque los mortales entendieran. Sino porque el instinto humano reconoce cuando algo inmenso se aproxima, incluso si no sabe nombrarlo. Los sacerdotes del mar hombres y mujeres que llevaban conchas en las sienes y sal en los labios encendieron incienso y arrojaron al agua ofrendas inútiles: oro, vino, flores.

Poseidón no las quería. El mar las devolvió a la orilla con precisión humillante, como si rechazara la idea misma de negociación.

—Nunca había pasado —susurró una sacerdotisa, con el rostro pálido—. El mar siempre aceptaba algo.

Un niño señaló el horizonte.

—Miren…

Allí, lejos, una línea negra se alzaba. No era una ola. Era una muralla. Una pared de agua demasiado alta, demasiado recta, demasiado exacta para ser natural. Avanzaba sin prisa, pero con una certeza que hacía imposible dudar de su destino. No venía furiosa. No venía caótica.




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