Había sido fundada siglos atrás sobre pilotes de piedra blanca, levantada donde el mar besaba la tierra con una mansedumbre engañosa. Sus habitantes decían que era una ciudad bendecida: las mareas jamás habían destruido sus muelles, los peces acudían en abundancia, las tormentas se desviaban como si una voluntad invisible las empujara lejos. Durante generaciones, Thalassar había vivido creyéndose elegida. Esa mañana, el mar no la odiaba. Tampoco la amaba.
La calculaba. El primer indicio no fue una ola, sino la quietud. Los pájaros marinos dejaron de sobrevolar el puerto. Las gaviotas, siempre insolentes, abandonaron los tejados sin graznar, como si alguien les hubiera retirado el permiso de existir allí. El aire se volvió pesado, húmedo, cargado de una electricidad que no provenía del cielo. El agua del canal principal empezó a subir.
No de golpe. No con violencia. Subía despacio, con una precisión inquietante, cubriendo los escalones de piedra uno a uno, como si contara. Un pescador soltó su red al notar que el agua le llegaba a los tobillos.
—La marea —dijo— Está entrando antes de tiempo.
Un niño se rió, chapoteando.
—Siempre entra —respondió—. Es el mar.
Pero el mar no respondió a su risa. Respondió a otra cosa. En lo profundo del océano, Poseidón observaba.
No con ojos, sino con una conciencia expandida que recorría cada corriente, cada desnivel del fondo, cada vibración del mundo líquido. Thalassar aparecía ante él como una estructura frágil, mal ubicada, vulnerable.
Un punto débil. Y los puntos débiles, en tiempos de guerra divina, no se toleraban.
—Zona inestable —pensó, sin emoción— Riesgo de infiltración. Riesgo de culto residual. Riesgo de caos.
La decisión no nació del odio ni del desprecio. Nació de la eficiencia. Los sacerdotes del mar lo sintieron antes que nadie. En el templo circular, donde las paredes estaban cubiertas de mosaicos de conchas y escenas antiguas, el agua de la fuente central comenzó a girar lentamente en sentido contrario a la aguja del sol.
—Eso no —murmuró la sacerdotisa mayor, con la piel cubierta de sal— Eso no ocurre jamás.
El círculo se cerró. No como ritual. Como advertencia.
—Poseidón —dijo uno de los acólitos, con voz temblorosa— ¿Nos castiga?
La sacerdotisa negó.
—No —respondió, y su tono fue peor que cualquier grito— Nos está reordenando.
El suelo vibró apenas. Un temblor sutil, suficiente para hacer tintinear las campanas del templo. El agua siguió subiendo.
Los canales se desbordaron hacia las calles. Los comerciantes levantaron sus mercancías con nerviosismo. Las madres tomaron a sus hijos en brazos. Las barcas intentaron desatarse y las cuerdas se tensaron con una fuerza imposible, clavando las embarcaciones a los muelles como si alguien hubiera decidido que no debían irse.
—¡A las colinas! —gritó alguien— ¡Corran!
Pero no había tiempo. El mar no avanzaba como una bestia desatada. Avanzaba como un arquitecto. Desde la superficie, parecía una inundación.
Desde el interior del océano, era una operación quirúrgica. Las corrientes rodearon Thalassar, envolviendo sus cimientos, debilitando las piedras exactas, disolviendo la base de los pilotes con una paciencia cruel. No arrancaban. No rompían de inmediato. Erosionaban.
Cada casa fue medida.
Cada calle, calculada.
Cada torre, evaluada.
El templo resistió unos minutos más, sostenido por antiguas bendiciones que aún latían débilmente en sus muros. La sacerdotisa cayó de rodillas ante la fuente, con las manos sumergidas.
—Si hemos errado, castígame a mí —suplicó— No a ellos.
El agua de la fuente se elevó y la empujó suavemente hacia atrás.bNo había castigo. No había negociación. La voluntad del dios no distinguía individuos. Solo estructuras. En lo profundo del palacio, Aurelia sintió el movimiento como un dolor ajeno que se filtraba por sus escamas.
No lo vio, pero lo supo. Una ciudad estaba siendo entregada al océano. No por furia. No por venganza. Por orden. Aurelia se llevó la mano al pecho.
—No —susurró— Esto no…
Buscó el vínculo con desesperación, atravesando capas de dominio, de control, de silencio impuesto. Lo encontró, tenso, frío, expandido como una red demasiado grande.
—Poseidón —llamó— Detente.
La respuesta no fue una voz. Fue un muro. El Poseidón dominante no ignoró su llamado. Lo descartó.
No porque no le importara. Sino porque el sistema que habitaba no permitía interferencias emocionales. Dentro de él, algo se agitó. El verdadero Poseidón sintió el impacto como un golpe seco.
— Esto no es necesario,— pensó —. No así.
Intentó empujar. No con fuerza. Con memoria. Con la imagen del mar como hogar, no como frontera. La presión interna se intensificó. El dominante reaccionó endureciendo el control.
—Silencio —ordenó hacia dentro—. El océano no puede dudar.
El verdadero Poseidón fue comprimido otra vez, pero dejó una grieta mínima. Suficiente para sentir culpa. No como emoción clara. Como interferencia.
En Thalassar, el momento final llegó sin estruendo. El suelo cedió. No con un colapso caótico, sino con un descenso lento, inevitable. Las casas se inclinaron. Las calles se volvieron ríos. Los gritos se mezclaron con el rugido contenido del agua. El mar subió hasta los balcones, hasta las ventanas, hasta los techos.
Algunos lograron escapar en botes improvisados. Otros se aferraron a columnas, a estatuas, a recuerdos. La torre del faro fue la última en caer.
Durante un instante, permaneció erguida, orgullosa, como negándose a aceptar el veredicto. Luego, una corriente precisa la rodeó y la arrancó de su base, inclinándola con una dignidad trágica antes de hundirla en el abrazo definitivo del océano.
Thalassar desapareció. No como una ciudad destruida. Como una ciudad retirada del mundo. Cuando el mar se calmó, no quedaron restos flotando. No había escombros. No había cadáveres visibles. No había caos.bSolo agua. Una superficie lisa, perfecta, obediente. Desde la costa, los sobrevivientes miraban el horizonte con ojos vacíos.
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Editado: 24.01.2026