El Mar De Los Dioses

El silencio de Aurelia

El silencio no fue una decisión repentina. Fue una retirada. Aurelia no despertó una mañana y decidió no hablarle más a Poseidón. No fue un acto de rebeldía ni de orgullo herido. Fue algo más lento, más profundo, más doloroso: la comprensión de que cada palabra ofrecida se convertía en un arma contra ella misma.

El mar seguía rodeándola con una perfección insoportable. El agua era clara, tibia, inmutable. No había grietas visibles en su prisión, ni corrientes traicioneras, ni sombras amenazantes. Todo estaba diseñado para no causarle daño.

Y, sin embargo, nunca había estado tan lejos del océano. Porque el océano ya no era un espacio vivo. Era un sistema.

Aurelia flotaba en el centro de la cámara, con los brazos relajados a los costados, los cabellos dorados extendidos como un velo lento. Sus escamas brillaban con una luz apagada, no por pérdida de belleza, sino por contención. Incluso su cuerpo parecía comprender que cualquier exceso sería inútil. Durante días o semanas, el tiempo ya no tenía sentido allí había hablado.

Había suplicado sin humillarse. Había razonado sin acusar. Había intentado comprender al dios que decía amarla. Y cada intento había sido absorbido por el mismo muro invisible: el dominio..Poseidón no respondía como un ser que escucha. Respondía como un soberano que evalúa..Así que Aurelia dejó de ofrecerle palabras.

Cuando Poseidón regresó a la cámara tras la caída de Thalassar, esperaba encontrar lágrimas, reproches, miedo. Encontró quietud.

Aurelia estaba sentada sobre una formación de coral pulido, con la espalda erguida y la mirada fija en la vastedad líquida que simulaba un horizonte. No se volvió al sentir su presencia. No se tensó. No reaccionó. Eso lo desconcertó más que cualquier resistencia.

—La ciudad era un punto vulnerable —dijo, sin preámbulos—. Sobek dejó residuos de influencia en esa región. Era necesario.

Aurelia no respondió. El silencio no fue hostil. Fue completo. Poseidón dio un paso más, sintiendo una presión extraña en el pecho, como si el poder amplificado no supiera cómo procesar esa ausencia de respuesta.

—He restaurado el equilibrio —continuó— El océano vuelve a obedecer.

Aurelia siguió mirando hacia adelante. Dentro del dios, algo se agitó. El Poseidón verdadero, encerrado, reconoció de inmediato ese silencio. No como desprecio, sino como dolor protegido.

No habla porque cada palabra la hiere, pensó.
Porque ya no cree que la escuches.

La idea atravesó las capas internas como una grieta afilada..El Poseidón dominante endureció su postura.

—Mírame cuando te hablo —ordenó.

Aurelia cerró los ojos..Ese gesto mínimo fue una negación absoluta. No de su autoridad. De su acceso.

El agua de la cámara reaccionó con una vibración leve. No por voluntad de Aurelia, sino por el conflicto interno del dios. El Poseidón dominante sintió el impulso de forzar la situación, de imponer contacto, de quebrar ese silencio con presencia física, con cercanía, con algo que devolviera control..No lo hizo..No por compasión..Por cálculo.

Algo en el vínculo estaba demasiado inestable. Forzarla ahora podía provocar una reacción que no podía anticipar.

—Puedes hablar —dijo, modulando la voz—. No estás castigada.

Aurelia abrió los ojos lentamente y lo miró por primera vez. No había odio en su mirada. Eso fue peor.

—No estoy castigada —repitió—. Estoy anulada.

La palabra quedó suspendida entre ambos como una gota de mercurio.

—No —respondió Poseidón—. Estás protegida.

—No es lo mismo.

El dios sintió una interferencia inmediata. El poder amplificado intentó descartar la frase como irrelevante, pero el verdadero Poseidón se aferró a ella como a una verdad irrefutable.

No es lo mismo.

—No necesitas comprenderlo —dijo el dominante— Solo permanecer.

Aurelia negó despacio.

—No permaneceré como algo que no existe.

Poseidón avanzó un paso más. El agua se tensó alrededor de ella, no como amenaza directa, sino como advertencia de que la distancia estaba siendo reducida.

—Hablas como si fueras libre de decidir —dijo— No lo eres.

El Poseidón verdadero sintió el golpe como si fuera propio.

— No digas eso,— quiso gritar. — No así.

Pero no podía..Aurelia sostuvo la mirada del dios con una serenidad que no había tenido antes.

—Eso es lo único que no puedes quitarme —dijo— Mi decisión de no entregarme.

El silencio regresó. Más denso. Más peligroso. Poseidón se apartó bruscamente, como si el espacio se hubiera vuelto hostil.

—No he venido a discutir —dijo—. He venido a asegurarme de que estás a salvo.

—¿De quién? —preguntó Aurelia—. ¿De Sobek? ¿Del océano? ¿O de ti?

La pregunta no llevaba acusación..Llevaba claridad. El Poseidón dominante se detuvo. Dentro de él, el verdadero Poseidón aprovechó ese instante para avanzar apenas un fragmento más, empujando no con fuerza, sino con significado.

No puedes protegerla destruyendo todo lo que la rodea.

La presión interna se intensificó.

—Basta —ordenó Poseidón, no a Aurelia, sino hacia adentro.

El verdadero Poseidón fue contenido otra vez, pero dejó algo atrás: una imagen persistente de Aurelia cantando en mar abierto, libre, sin testigos. Poseidón cerró los ojos un segundo. Solo uno. Aurelia lo vio.

Y entendió algo con una claridad dolorosa: el dios que tenía delante no estaba entero. Cuando Poseidón se fue, no selló la cámara con la misma perfección de antes. Una corriente mínima quedó sin ajustar. No era una fuga. No era una salida. Pero era un error.

Aurelia lo percibió al instante. No sonrió. No se levantó. Simplemente aceptó que algo estaba cambiando. Se llevó la mano al pecho y cerró los ojos, concentrándose en el vínculo, no para llamar, no para suplicar. Para estar.

— No te perderé — pensó, sin saber a quién llegaba el mensaje. — Pero tampoco me perderé por ti.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.