El Mar De Los Dioses

El dios que recuerda

El recuerdo no llegó como una visión clara.

Llegó como una falla..En medio de la exactitud perfecta del dominio, mientras Poseidón reorganizaba corrientes y cerraba fisuras que solo él podía percibir, algo se desvió del patrón. No fue una rebelión del océano ni una interferencia externa. Fue un retorno involuntario.

Un olor.

Sal y algas jóvenes, mezcladas con la frescura de una corriente superficial que no obedecía a mapas ni a cálculos. Un aroma antiguo, casi olvidado, que no tenía utilidad alguna. Poseidón se quedó inmóvil. El Poseidón dominante identificó el estímulo de inmediato.

—Residuo sensorial —pensó—. Innecesario.

Se dispuso a suprimirlo. No lo logró..Porque el recuerdo no era una imagen aislada, sino una secuencia.

Antes del poder amplificado.. Antes de Sobek. Antes del palacio convertido en centro de control..El océano no era un sistema. Era un diálogo.

Poseidón recordó sin querer la época en que descendía sin escolta, cuando las criaturas marinas no se apartaban por miedo sino por reconocimiento. Recordó las corrientes indóciles, las tormentas que no se dejaban prever, los errores pequeños que hacían del mar algo vivo. Recordó incluso el desorden..Y en ese desorden, recordó por qué había amado al océano.

No como territorio. Como presencia. El Poseidón verdadero emergió en ese recuerdo no como una figura completa, sino como una sensación de amplitud, un espacio interno que no exigía corrección constante.

— No necesitabas controlarlo todo, — pensó— Solo estar.

El Poseidón dominante reaccionó con una oleada de presión.

—Ese estado permitió la entrada de Sobek —replicó— Permitió el caos. Permitió la pérdida.

— Permitió la vida,— respondió el otro, sin palabras.

La tensión interna aumentó..No era una lucha frontal. Era una superposición incómoda: dos formas de existir ocupando el mismo espacio sin poder expulsarse del todo.

El recuerdo avanzó. Poseidón se vio a sí mismo recorriendo arrecifes jóvenes, escuchando cantos imperfectos, aceptando la imprevisibilidad como parte del equilibrio. Vio ciudades costeras protegidas no por murallas de agua, sino por acuerdos tácitos, por respeto mutuo, por límites flexibles.

Vio sirenas cantando sin miedo a ser silenciadas. Y entonces, inevitablemente, el recuerdo se detuvo en Aurelia. No como prisionera. No como objeto de disputa.

Como presencia libre, nadando en mar abierto, con la risa filtrándose entre burbujas, sin saber que estaba siendo observada por un dios que aún no comprendía el peligro de desear sin poseer..El Poseidón verdadero se aferró a esa imagen con una fuerza silenciosa.

— Ahí estaba,— pensó. — Ahí era cuando aún podía elegir.

El dominante sintió la interferencia y endureció el control.

—Eso es nostalgia —sentenció— Y la nostalgia es una distorsión.

Pero algo había cambiado..El recuerdo no se desvanecía. Se expandía. En el palacio, el océano respondió al conflicto interno con una alteración mínima pero significativa: una corriente secundaria se desvió sin orden directa. No causó daño. No rompió nada. Simplemente… ocurrió.

Poseidón lo sintió de inmediato.

—Corrige —ordenó.

La corrección tardó. Solo un instante más de lo habitual. Ese retraso fue suficiente para que el Poseidón verdadero comprendiera algo crucial el control absoluto ya no era inmediato. No porque el poder se debilitara. Sino porque estaba siendo cuestionado desde dentro por algo que no podía eliminar sin destruirse.

— No tengo que salir,— pensó. — Solo tengo que permanecer.

El Poseidón dominante percibió esa conclusión y reaccionó con irritación contenida.

—Te estás convirtiendo en un riesgo interno —pensó hacia dentro—. No permitiré que comprometas el sistema.

— No soy el riesgo,— respondió el otro. — Soy lo que impide que el sistema se vuelva vacío.

El choque no produjo explosión..Produjo fatiga. Por primera vez, Poseidón sintió cansancio. No físico. Existencial.

Aurelia percibió el cambio sin que nadie se lo anunciara..No fue una apertura del vínculo ni una palabra clara. Fue un matiz distinto en el agua, una vibración que ya no era completamente ajena. El océano seguía siendo una prisión, pero ya no era un bloque sólido. Había capas.

Aurelia flotó despacio, dejando que su cuerpo siguiera una corriente mínima que antes habría sido corregida de inmediato. Esta vez, la corriente permaneció.

—Recuerdas —susurró, no como pregunta.

El Poseidón verdadero sintió esa palabra como un ancla cálida.

— Sí — pensó.— Y eso me duele.

Aurelia cerró los ojos.

—Recordar no te debilita —dijo—. Te devuelve.

No hubo respuesta directa. Pero el vínculo no se cerró.

En el Olimpo, Atenea observaba las señales con atención quirúrgica.

—No está rompiéndose —dijo— Está recordándose.

Zeus apoyó los antebrazos sobre el trono de cristal.

—Eso es más peligroso que una rebelión —murmuró—. Porque ahora sabe que no es uno solo.

—Y cuando un dios se reconoce dividido —respondió Atenea—, o se reconstruye… o se fractura.

Zeus guardó silencio.

—¿Crees que ella…? —empezó.

—Sí —interrumpió Atenea—. Aurelia no es la causa. Es el punto de referencia.

Zeus cerró los ojos un instante.

—Entonces esto aún no ha terminado.

—No —confirmó ella—. Recién empieza.

En el palacio, Poseidón se apartó de las corrientes y se dejó suspender en la vastedad líquida, sin emitir órdenes durante un lapso peligroso. El océano no colapsó. No se rebeló..Siguió existiendo. Esa simple constatación fue un golpe silencioso.

El Poseidón dominante intentó reafirmar su presencia, pero el verdadero Poseidón ya no empujaba contra los muros. Se había convertido en memoria activa, en comparación constante, en pregunta sin voz.

¿Cuándo dejé de escuchar?




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