No hubo relámpagos submarinos ni colisiones de corrientes. No hubo ruptura del palacio ni temblores visibles en la superficie del mundo. El enfrentamiento más peligroso de Poseidón no necesitaba espectáculo, porque no buscaba dominar el océano, sino definir quién tenía derecho a existir dentro de él.
El Poseidón dominante avanzó primero. No como una figura separada, sino como una presión total, envolvente, ocupando cada pensamiento útil, cada impulso funcional. Era el Poseidón que había aprendido a sobrevivir en la guerra, el que había absorbido el poder amplificador sin cuestionarlo, el que había entendido que la compasión era un lujo peligroso.
—Yo soy lo que queda cuando se elimina el error —sentenció hacia dentro—. Tú eres una variable innecesaria.
El espacio interno se contrajo. El verdadero Poseidón sintió la presión como un océano invertido cayendo sobre él, pero no retrocedió. Ya no luchaba como antes. Ya no intentaba empujar los muros ni desgarrar el control. Permanecía. Y esa permanencia era intolerable.
—Te escondes en recuerdos —continuó el dominante— En cantos, en miradas, en esa criatura que te observa sin temerte. Eso nos debilitó. Eso permitió que Sobek avanzara.
El verdadero Poseidón respondió sin elevar la voz, sin necesidad de imponerse:
— No fue el amor lo que nos debilitó. Fue el miedo a perderlo.
La frase no golpeó. Se infiltró..El dominante reaccionó endureciendo las capas internas, reforzando la estructura de control como un arquitecto que añade muros a una ciudad sitiada.
—El océano obedece ahora —replicó—. Las criaturas no improvisan. El caos se repliega. ¿Qué más necesitas para aceptar que tengo razón?
El verdadero Poseidón sintió el peso de esa verdad parcial. Sí, el océano obedecía. Sí, el mundo se estabilizaba. Pero algo faltaba.
— El mar ya no me reconoce—, pensó.— Me teme.
Ese pensamiento fue suficiente para alterar el equilibrio. La lucha tomó forma. No como golpes, sino como imposiciones simultáneas. El Poseidón dominante intentó ocupar el centro de la conciencia, forzando decisiones rápidas, automáticas, sin margen de reflexión. Cada orden emitida hacia el océano era también un intento de silenciar al otro.
El verdadero Poseidón respondió con algo inesperado demora. Cada vez que el dominante intentaba corregir una corriente, el verdadero Poseidón introducía una fracción mínima de tiempo. No suficiente para provocar caos. Suficiente para permitir que el océano decidiera por sí mismo.
El resultado no fue rebelión. Fue variación. Una marea llegó antes. Otra se retrasó. Un banco de peces cambió de rumbo sin castigo inmediato. El dominante sintió esas desviaciones como agujas.
—Estás saboteando el sistema —acusó.
— No,— respondió el otro. — Estoy recordándole que está vivo.
La presión interna aumentó. El cuerpo de Poseidón tembló en la vastedad del palacio, suspendido entre corrientes que ya no respondían con la perfección de antes. El océano sentía la lucha, aunque no pudiera nombrarla. El Poseidón dominante atacó donde sabía que dolía.
—Aurelia —pronunció.
El nombre no fue una invocación. Fue una amenaza interna.
—Ella no te pertenece —continuó—. Es una anomalía emocional. Un punto de fuga. Un riesgo constante.
El verdadero Poseidón sintió el impacto como una herida abierta.
— No es una anomalía, — respondió.— Es un límite.
—Los límites se rompen —sentenció el dominante—. O se eliminan.
La imagen de Aurelia encerrada, silenciosa, existiendo sin ceder, atravesó el espacio interno con una claridad devastadora.
— Ella no se rompe—, pensó el verdadero Poseidón.— Y por eso te enfrenta.
El dominante reaccionó con furia fría.
—Si no puedo silenciarte, te aislaré por completo.
La presión aumentó hasta volverse casi insoportable. El Poseidón verdadero sintió cómo el espacio interno se cerraba, cómo las capas del poder amplificado intentaban encapsularlo de nuevo, sellar la grieta que Zeus había sostenido. Por un instante, el mundo pareció inclinarse.
El océano contuvo el aliento. Fue entonces cuando ocurrió algo que ninguno de los dos había previsto. El verdadero Poseidón cedió. No se defendió. No resistió. Dejó que la presión lo empujara hacia el fondo de sí mismo. El dominante sintió la retirada como una victoria inmediata.
—Finalmente comprendes —pensó—. No hay lugar para ti aquí.
Pero en el momento exacto en que el verdadero Poseidón tocó el fondo de su encierro, hizo algo que el sistema no podía anticipar se ancló. No a una emoción. No a un recuerdo. A una verdad estructural.
El océano no me obedece porque lo fuerzo.
Me obedece porque me reconoce.
Ese reconocimiento no podía ser eliminado sin deshacer la esencia misma del dios. El dominante sintió la contradicción como un error lógico.
—Eso es irrelevante —intentó imponer—. El reconocimiento se reemplaza por control.
— No,— respondió el otro. — El control se desgasta. El reconocimiento no.
La presión dejó de aumentar. No porque el dominante perdiera fuerza. Sino porque había encontrado un límite que no podía cruzar sin destruirse. En la cámara de Aurelia, el agua vibró.
Ella abrió los ojos de golpe, sintiendo el choque interno como un temblor que no provenía de ninguna corriente conocida. No vio imágenes, pero supo con certeza que algo crucial estaba ocurriendo.
—Estás luchando… —susurró.
No llamó a ninguno de los dos. No tomó partido. Simplemente existió, con una voluntad intacta que no pedía nada. Y esa existencia fue el punto de equilibrio inesperado. Dentro de Poseidón, la lucha se estabilizó en un estado peligroso: ninguno podía eliminar al otro.
El dominante conservaba el control operativo. El verdadero Poseidón conservaba el sentido. La coexistencia no era paz. Era tensión sostenida. Poseidón abrió los ojos en el palacio.
#6212 en Novela romántica
#2074 en Fantasía
#romanceprohibido #dramaromántico, #amormarino, #sirenasytritones
Editado: 24.01.2026