No como se espera una orden, sino como se espera una decisión que puede quebrar un mundo. Poseidón permaneció suspendido en el centro de su reino, inmóvil, con las corrientes girando a su alrededor en patrones incompletos. El dominio seguía intacto, pero ya no era automático. Cada movimiento exigía intención. Cada corrección, una elección. El Poseidón dominante sintió el peligro de inmediato.
—No vaciles —ordenó hacia dentro— La vacilación es la grieta por donde entra el caos.
El verdadero Poseidón no respondió. Por primera vez, no respondió. No porque no pudiera, sino porque comprendió que toda palabra sería utilizada en su contra. Permaneció en silencio, pero no como ausencia: como una presencia compacta, densa, imposible de ignorar. Ese silencio era una amenaza nueva.
La primera señal llegó desde una región que Poseidón daba por asegurada. Una falla. No una rebelión, no una desobediencia abierta. Una anomalía.
En el límite de las corrientes del norte, un enclave antiguo una ciudad sumergida de sirenas que había jurado obediencia inmediata dejó de responder al patrón. Las mareas se desviaron levemente para protegerla de una presión que habría aplastado sus cúpulas de coral. Poseidón lo sintió.
—¿Quién dio esa orden? —preguntó.
El océano no respondió. Porque nadie la había dado. El Poseidón dominante reaccionó con furia fría.
—Corrige —ordenó.
La corrección avanzó y se detuvo. No por falta de poder. Por resistencia pasiva. La corriente se negó a comprimirse del todo, como si algo la sostuviera desde dentro. No era un acto consciente. Era reconocimiento antiguo, un reflejo del tiempo en que el mar elegía proteger sin ser obligado. El verdadero Poseidón sintió la vibración y comprendió el giro con una claridad peligrosa:
— El océano empieza a recordarme.
No a él como tirano. A él como presencia. El Poseidón dominante sintió el mismo fenómeno y lo interpretó como traición.
—Esto es inaceptable —sentenció—. El sistema se está contaminando
Poseidón descendió hacia la ciudad sumergida sin anunciarse. No llegó como un dios iracundo, sino como una certeza que aplasta. El agua se abrió ante él con reverencia forzada. Las sirenas se arrodillaron de inmediato, sus cantos silenciados por el miedo.
—¿Quién alteró la corriente? —preguntó.
Nadie respondió. No por desafío. Por terror. Una sirena anciana, con escamas opacas y ojos que habían visto eras, avanzó un paso.
—No fue una orden, señor —dijo— El mar eligió.
La frase cayó como una blasfemia. El Poseidón dominante alzó la mano.
—El mar no elige —respondió—. Yo elijo por él.
Dentro de sí, el verdadero Poseidón sintió el impacto como una fisura que se abría demasiado rápido.
— No así, — pensó.— Si cruzas esto, no habrá regreso.
El dominante no escuchó. La presión descendió sobre la ciudad como una cúpula invisible, comprimiendo el agua, doblando el coral, arrancando el canto de las gargantas. No era destrucción total. Era un castigo medido. Un ejemplo.
—Recordad —dijo Poseidón, con voz que no admitía réplica— la obediencia no es negociable.
La anciana cerró los ojos.
—Entonces ya no somos mar —susurró— Somos jaula.
Esa palabra atravesó el vínculo como una lanza. Aurelia sintió el castigo antes de que el agua se calmara. La presión le atravesó el pecho como un eco distante, y por primera vez desde su silencio, el dolor superó a la contención. Se incorporó bruscamente, con los ojos brillando de una determinación nueva.
—Basta —dijo.
No en voz alta. No hacia el Poseidón dominante. Hacia el otro. El verdadero Poseidón sintió el llamado como una mano que lo tomaba desde el fondo del abismo interno.
— Si no actúas ahora, — pensó Aurelia con una claridad feroz — te perderás para siempre.
El Poseidón verdadero comprendió el giro final. No podía seguir resistiendo en silencio.
No podía esperar a que el sistema colapsara solo. Y no podía vencer al dominante con fuerza. Había una única vía restante. Una que implicaba un riesgo absoluto.
Dentro del dios, el verdadero Poseidón hizo lo impensable. Soltó el ancla. No la de Aurelia. No la del océano. La suya. Dejó de aferrarse a la idea de coexistir. Dejó de intentar preservar el equilibrio interno. Y, por primera vez, se ofreció al océano. No como soberano. No como controlador. Como presencia desnuda, abierta, vulnerable.
El efecto fue inmediato y devastador. El océano respondió con una marea antigua, profunda, que no obedecía a órdenes ni a patrones. Las corrientes se superpusieron, no en caos, sino en reconocimiento. El Poseidón dominante sintió el golpe como una traición interna.
—¿Qué estás haciendo? —rugió.
— Recordándoles quiénes somos — respondió el otro.
El poder amplificado intentó reaccionar, pero encontró resistencia en cada capa del océano que había conocido a Poseidón antes del miedo. El dominio comenzó a fracturarse. No perdiendo fuerza.nPerdiendo monopolio. En la superficie, el mar cambió de color. No por tormenta. Por decisión.
Las criaturas marinas alzaron el rostro. Las corrientes se desviaron para proteger, no para castigar. El canto, tímido al principio, volvió como un murmullo subterráneo. Zeus sintió el estremecimiento desde el Olimpo.
—No… —murmuró—. Está rompiendo el cerrojo desde dentro.
Atenea abrió los ojos, sorprendida por primera vez.
—Eso puede destruirlo o devolverlo.
En el palacio, Poseidón cayó de rodillas. No derrotado. Dividido. El Poseidón dominante luchó por reafirmarse, pero el verdadero Poseidón ya no estaba encapsulado. Había disuelto las paredes internas al precio más alto: renunciar a la seguridad de seguir existiendo como fragmento. Aurelia sintió la sacudida y gritó su nombre, no como súplica, sino como anclaje.
—¡Poseidón!
El nombre atravesó el océano como un rayo sin fuego. El dios alzó el rostro. Por un instante breve, peligrosísimo, ambos Poseidones miraron a través de los mismos ojos. Y comprendieron algo que cambiaría todo, el océano no elegiría a uno de ellos. Elegiría al que sobreviviera a la pérdida del control.
#6212 en Novela romántica
#2074 en Fantasía
#romanceprohibido #dramaromántico, #amormarino, #sirenasytritones
Editado: 24.01.2026