Poseidón, señor del océano, no ordenó.
No reclamó. No tomó. Pidió. Y el mar lo sintió. No como mandato, sino como vacío.
Aurelia no se movió de inmediato..La mano de Poseidón permanecía suspendida entre ambos, rodeada por corrientes temblorosas que ya no obedecían con precisión mecánica. El agua vibraba como si dudara, como si estuviera recordando demasiadas cosas al mismo tiempo..Ella vio el cambio en sus ojos..No era súplica..No era ternura. Era algo más peligroso..Necesidad.
—Si doy un paso —dijo Aurelia, con la voz firme pese al temblor en el pecho—, no será para salvarte de ti mismo.
Poseidón tragó saliva. Ese gesto tan humano no pertenecía al Poseidón dominante.
—Lo sé —respondió—. Será para que yo no destruya todo lo que aún reconoce mi nombre.
Dentro de él, las dos mareas chocaron con violencia renovada. El Poseidón dominante rugió, no hacia afuera, sino hacia dentro, intentando recomponer la estructura que se estaba desarmando.
—¡Esto es una falla crítica! —acusó—. Estás cediendo autoridad. Estás permitiendo que el océano decida.
— Siempre lo ha hecho, — respondió el verdadero Poseidón.— Solo fingimos que no.
La presión interna se multiplicó. El palacio comenzó a resquebrajarse. No en piedra ni en coral. En concepto.
Las columnas de agua sólida se volvieron líquidas. Los muros dejaron de ser muros y se transformaron en corrientes. El centro de control ya no era un punto fijo. Era un espacio abierto. El océano reaccionó..No como un ejército..Como un organismo que despierta tras una anestesia demasiado larga.
Las criaturas marinas alzaron la mirada. Los leviatanes inmovilizados sintieron una vibración distinta en sus prisiones. Las sirenas, aún temerosas, percibieron el retorno de una frecuencia antigua: no la del miedo, sino la del reconocimiento.
No todos celebraron..Algunos huyeron. Porque el regreso de un mar vivo no es amable. Es impredecible..Zeus se levantó del trono con un movimiento brusco.
—Esto es peor de lo que pensábamos —dijo— Si pierde el monopolio del control…
—No lo pierde —interrumpió Atenea, con el rostro tenso—. Lo comparte.
Zeus la miró.
—Los dioses no comparten.
—Tal vez por eso el mundo siempre paga el precio —respondió ella.
Dentro de Poseidón, la lucha se volvió brutal. Ya no era contención ni demora. Era absorción mutua. El Poseidón dominante intentó imponerse como estructura: reglas, límites, órdenes. El verdadero Poseidón avanzó como marea: memoria, vínculo, reconocimiento. Ninguno cedía..Ninguno podía desaparecer. El dolor fue inmediato. No físico. Identitario.
Poseidón gritó, y su grito sacudió el océano desde el fondo hasta la superficie. Las olas se alzaron en costas lejanas. Las tormentas nacieron sin nubes. Los barcos se inclinaron como si el mundo hubiera perdido su eje.
Aurelia cayó de rodillas, sintiendo la onda atravesarle las escamas.
—¡Detente! —gritó—. ¡Te estás rompiendo!
Poseidón la miró. Por un segundo, no supo quién la miraba.
—No puedo —dijo—. Si me detengo uno de los dos desaparece.
Aurelia comprendió entonces el verdadero giro. No se trataba de cuál Poseidón sobreviviría..Sino de qué tipo de dios podría existir sin destruir el océano.El Poseidón dominante lanzó su última ofensiva. No contra el otro Poseidón..Contra Aurelia.
—Ella es el eje del error —sentenció— Mientras exista como límite, como espejo, como negación… el control jamás será absoluto.
La presión se dirigió hacia la cámara. El agua alrededor de Aurelia se endureció, cerrándose como una prisión dentro de la prisión. No la aplastaba. La aislaba por completo.
—¡No! —gritó el verdadero Poseidón.
El grito no fue suficiente. El dominante avanzó con una frialdad perfecta.
—Si debo sacrificar una variable para salvar el sistema… lo haré.
Aurelia sintió el encierro total. No había agua que respondiera a su voluntad. No había vínculo que pudiera tocar. Por primera vez desde su captura, sintió miedo real.
—Poseidón —susurró— No al dios. A ti.
El nombre resonó en el punto exacto donde ambos Poseidones se superponían. El verdadero Poseidón comprendió el precio. Si seguía existiendo como fragmento, Aurelia sería anulada. Si desaparecía el océano quedaría en manos del dominio absoluto. Había una tercera opción. Una que nadie había considerado.
Poseidón tomó una decisión imposible. Se dejó atravesar. No al dominante. No al poder amplificado. Al océano. Permitió que la marea viva esa que recordaba su nombre antes del miedo inundara por completo su centro. No como refuerzo, sino como criterio.
El efecto fue devastador. El poder amplificado gritó. El Poseidón dominante perdió cohesión. Las estructuras internas se disolvieron. Poseidón dejó de ser dos. Y dejó de ser uno. Por un instante eterno, fue algo distinto. El agua explotó en todas direcciones. La prisión de Aurelia se rompió. Ella cayó hacia adelante y Poseidón la sostuvo. No con fuerza. Con presencia. El océano rugió. No en obediencia.
En reconocimiento total. Cuando el mar se calmó, nada era igual. Poseidón permanecía de pie, sosteniendo a Aurelia, pero su aura ya no era la del soberano absoluto ni la del dios que duda. Era algo nuevo. Inestable. Peligroso. Hermoso. Aurelia alzó la vista lentamente.
—¿Quién eres ahora? —preguntó.
Poseidón no respondió de inmediato.
Porque, por primera vez en toda su existencia, no lo sabía. El océano aguardó. El Olimpo tembló. Y en lo profundo del mar, una risa antigua no de Sobek, sino de algo aún más viejo se filtró entre las corrientes. Una voz que no celebraba la victoria. Sino el caos que nace cuando incluso los dioses pierden su forma. Y la pregunta quedó suspendida como un anzuelo imposible de ignorar:
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Editado: 24.01.2026