El océano no se aquietó como tras una orden cumplida, sino como lo hace una criatura que acaba de reconocer a alguien nuevo y decide observarlo antes de acercarse. Las corrientes dejaron de alinearse en patrones rígidos y comenzaron a moverse con una lógica orgánica, antigua, peligrosa. Poseidón sintió ese cambio como se siente un cuerpo al despertar en una piel distinta. No había dolor. No había alivio. Había incertidumbre.
Aurelia seguía entre sus brazos, y eso, por sí solo, era ya una anomalía. El agua no intentaba separarlos. Tampoco los rodeaba como jaula. Simplemente los sostenía.
—No me sueltes —dijo ella, sin dramatismo, sin súplica.
Poseidón la miró. Y por primera vez desde que el conflicto interno había comenzado, no hubo dos miradas superpuestas en sus ojos. Hubo una sola. Pero no era la de antes.
—No sé qué soy —admitió— Y eso me vuelve peligroso.
Aurelia no apartó la mano de su pecho.
—Siempre lo fuiste —respondió—. La diferencia es que ahora lo sabes.
El primer giro no vino del océano. Vino del poder amplificado. No había desaparecido. Había sido desplazado. Como una entidad que, al perder el control total, replegaba su conciencia hacia un lugar más profundo, más oscuro, más paciente. Poseidón lo sintió moverse dentro de él, no como una voz, sino como una promesa latente.
—No ha terminado —murmuró.
Aurelia lo escuchó.
—Nada que nace de la dominación se va sin exigir algo a cambio —dijo—.¿Qué te pide?
Poseidón cerró los ojos. El precio se desplegó ante él con una claridad brutal: el poder amplificado no reclamaba el océano reclamaba decisión final. Un acto absoluto que definiera su naturaleza sin ambigüedades. Gobernar sin fisuras. O renunciar a gobernar para siempre. No había tercera vía. Y el océano, sensible a esa tensión, comenzó a reaccionar.
Las mareas se elevaron en costas lejanas.
No como castigo, sino como advertencia. Las ciudades que habían sobrevivido a Thalassar sintieron el temblor bajo sus cimientos. Los sacerdotes del mar alzaron la vista al cielo, comprendiendo que el equilibrio no se había restaurado: se había pospuesto. En las profundidades, criaturas antiguas emergieron de cavernas selladas durante eras. No atacaban. Observaban.
Esperaban.bZeus sintió el cambio como un tirón en el pecho.
—Algo está creciendo —dijo, con el ceño fruncido.
Atenea no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en el horizonte, donde el cielo parecía curvarse sobre el mar.
—No está creciendo —corrigió—. Está definiéndose.
—¿Como qué?
Atenea tardó en responder.
—Como un dios que ya no puede esconderse detrás de su forma.
Poseidón descendió con Aurelia hacia una región del palacio que nunca había abierto a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Allí, el agua no obedecía. No porque se rebelara, sino porque nunca había sido incluida en el sistema de control. Era mar primordial, oscuro, espeso, cargado de memorias que precedían a los dioses olímpicos.
—Aquí empezó todo —dijo Poseidón—. Antes de los nombres. Antes de las jerarquías.
Aurelia sintió el peso de ese lugar como un canto grave en los huesos.
—Y aquí —continuó él— el poder amplificado quiere que elija.
El agua se cerró a su alrededor formando un círculo natural, como si el océano mismo hubiera convocado un tribunal sin palabras.
—¿Entre qué? —preguntó Aurelia.
Poseidón la miró con una honestidad peligrosa.
—Entre ser un dios que ama sin gobernar…
o un dios que gobierna sin amar.
El silencio fue absoluto. Aurelia entendió entonces el giro más cruel de todos: el poder no había dividido a Poseidón por accidente. Lo había llevado hasta este punto para forzarlo a definirse de una vez.
—Y yo —dijo ella— ¿qué soy en esa elección?
Poseidón no respondió de inmediato. Porque la respuesta no lo favorecía.
—Eres el límite que ninguno de los dos acepta —dijo al fin—. Y por eso… eres el riesgo mayor.
El poder amplificado despertó. No como explosión, sino como voz interna unificada, profunda, irresistible.
—Decide —exigió—. O te fragmentarás hasta desaparecer.
El océano rugió en sincronía. Las corrientes se cerraron. El círculo se estrechó. Aurelia sintió cómo el agua comenzaba a separarla de Poseidón, no por fuerza, sino por criterio cósmico. El mundo exigía coherencia. Los dioses no podían permanecer indefinidos.
—Poseidón —dijo ella, mirándolo sin miedo— No elijas por mí.
Él la sostuvo con más fuerza.
—Nunca lo haré.
Y en ese instante, Poseidón comprendió el último giro. No tenía que elegir entre gobernar o amar.
Tenía que elegir qué estaba dispuesto a perder. El océano contuvo el aliento. El poder amplificado aguardó. Los dioses del Olimpo sintieron el tirón final del destino.
Poseidón cerró los ojos y dio el primer paso hacia una decisión que cambiaría no solo su reino, sino la definición misma de lo que significa ser un dios. La oscuridad se cerró. Y el capítulo terminó con una pregunta que ningún lector podría ignorar:
¿qué sacrifica un dios cuando comprende que el amor no puede sobrevivir intacto al poder y aun así decide amar?
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Editado: 24.01.2026