El océano aguardaba, contenido en una quietud imposible, como si incluso las mareas hubieran comprendido que aquello que estaba a punto de ocurrir no era una simple resolución, sino una definición eterna. Poseidón permanecía en el centro del círculo primigenio, rodeado por aguas antiguas que habían existido antes de los nombres, antes del Olimpo, antes incluso de la noción de amor.
El poder amplificado latía en su interior, expectante. No lo empujaba. No lo forzaba. Sabía que había ganado. Poseidón abrió los ojos. En ellos ya no quedaba fragmentación. La duda se había retirado como una marea vencida.
—No puedo renunciar al océano —dijo finalmente, con una voz que no tembló—. No puedo dejar de ser lo que soy.
El mar respondió. No con júbilo. Con alineación. Las corrientes se ordenaron. Las capas profundas se reacomodaron en torno a su núcleo. El océano volvió a tener un centro inequívoco, una voluntad única que no admitía disputa. Poseidón sintió el cierre como se siente un hueso soldarse mal: firme, funcional irreversible.
Si dejaba de ser el dios del océano, desaparecería. Ya había visto ese abismo al enfrentarse a Sobek. Ya había sentido lo cerca que estuvo de diluirse, de perder nombre, forma, memoria. No volvería a hacerlo. Ni por amor. Ni por nadie.
Aurelia lo miró sin moverse. Había sabido, desde el primer instante, que esa elección era posible. Pero saberlo no la preparó para la frialdad con que ocurrió. Poseidón se volvió hacia ella. La dureza de su mirada no era rabia. Era cierre.
—Tú jamás me aceptaste —dijo— Nunca lo hiciste del todo. Te ofrecí lo único que podía ofrecer como dios… y lo rechazaste.
Cada palabra fue un golpe limpio, preciso.
—Por eso empezó todo esto —continuó— Por tu negativa. Por tu insistencia en conservar una voluntad que no podía coexistir con la mía.
Aurelia sintió cómo esas frases la atravesaban como cuchillas de agua helada. No gritó. No retrocedió. Pero algo en su interior se quebró con un sonido silencioso, definitivo.
—No quise destruirte —respondió ella, con la voz baja—. Quise que me vieras.
Poseidón no respondió a eso. Porque ya no podía. El amor ese residuo peligroso, esa fisura se evaporó de su alma como vapor arrancado por presión extrema. No quedó odio. No quedó tristeza. Solo función.
—Los dioses no somos rechazados sin consecuencias —sentenció—. Ni por humanos. Ni por criaturas del mar. Ni por sirenas que creen estar por encima del orden.
El poder se desplegó. No como explosión. Como decreto. El castigo no sería la muerte. La muerte era breve. Demasiado humana.nPoseidón eligió algo peor. Levantó la mano y el océano respondió con una obediencia absoluta, antigua, despiadada. El agua rodeó a Aurelia, no para aplastarla, sino para reconfigurarla.
Sus escamas doradas perdieron el brillo, volviéndose opacas como metal viejo. La ligereza de su cuerpo fue arrancada, sustituida por un peso imposible. Su canto ese don que había sido identidad, libertad, lenguaje fue sellado en su garganta como una herida que nunca cicatriza. Pero el castigo final fue el más cruel. Poseidón no la destruyó. No la desterró a la nada. La ancló.
Transformó su esencia en parte del propio océano, condenándola a existir como guardiana inmóvil de una fosa abisal, consciente, eterna, incapaz de morir, incapaz de moverse, incapaz de ser escuchada..Un castigo reservado a quienes desafiaban a los dioses: existir sin voluntad. Aurelia cayó. No hacia el fondo, sino hacia un lugar donde el tiempo no avanzaba. Donde el océano pasaba a través de ella sin tocarla. Donde vería eras enteras cambiar sin poder cerrar los ojos.
Antes de que el sello se completara, alzó la mirada hacia Poseidón una última vez. No con odio. Con una tristeza tan pura que habría quebrado a cualquier ser que aún pudiera sentir.
—Entonces —susurró— has elegido perderte.
Poseidón no respondió. El océano se cerró. El Olimpo sintió el estremecimiento.
Zeus cerró los ojos, comprendiendo que su hermano había tomado el camino más antiguo y más solitario de todos: el del dios que gobierna sin amor..Poseidón ascendió hacia la vastedad de su reino, ya sin fisuras internas, ya sin voces que lo cuestionaran. El océano volvió a obedecerlo por completo.
Pero en lo más profundo, donde Aurelia permanecía anclada a la eternidad, algo distinto comenzó a gestarse. No una rebelión. No una venganza. Sino una memoria viva.
Y mientras Poseidón reclamaba su lugar definitivo como única deidad de los mares, una verdad silenciosa quedó flotando en la oscuridad abisal, esperando el momento exacto para emerger: los dioses pueden castigar el cuerpo y la voluntad pero jamás controlan del todo aquello que han amado.
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Editado: 24.01.2026