El océano ya no dudaba..Obedecía.
Las mareas se alzaban cuando Poseidón lo decidía, y descendían cuando su voluntad así lo marcaba. No había error, no había resistencia, no había fisuras. El mar se había convertido en un reino perfecto… y profundamente hostil.
Poseidón avanzaba entre las corrientes como una sombra coronada. Su cuerpo, desde la cintura hacia abajo, se fundía con la cola de escamas celestes que relucían como acero bajo la luz abisal. Ya no había suavidad en su presencia. El agua se apartaba con temor, no con reconocimiento.
Había elegido. Y el océano lo sabía. La ciudad de Mírethis no había cometido ninguna falta. No había rezado a dioses enemigos. No había invocado nombres prohibidos. No había desafiado al mar. Simplemente existía en un lugar que Poseidón ya no consideraba tolerable.
Desde lo profundo, el dios observó sus murallas blancas, sus puertos repletos, sus templos mirando al horizonte con arrogancia humana. Sintió el leve hormigueo del poder bajo su piel, ese pulso constante que nunca dormía.
—Demasiado cerca —sentenció.
El decreto descendió sin estruendo. Las placas del fondo marino se desplazaron como si fueran arena. El agua avanzó en columnas silenciosas, rodeando la ciudad con una precisión quirúrgica. No hubo tormenta. No hubo aviso. El mar simplemente reclamó.
Los habitantes gritaron cuando el suelo se abrió. Los templos se inclinaron. Las torres colapsaron una a una, tragadas por una marea que no rugía: ejecutaba. Poseidón observó sin emoción. No disfrutó del castigo. No lo lamentó. Era una corrección necesaria.
Cuando la ciudad desapareció bajo el agua, el océano volvió a la calma con una docilidad aterradora. Ningún resto flotó. Ningún nombre sobrevivió. Poseidón siguió adelante.
Cuando ascendió al Olimpo, el mar quedó atrás como una extensión obediente.
Las escamas se disolvieron en su piel al cruzar el umbral divino. Sus piernas reaparecieron firmes, perfectas, talladas como mármol viviente. Vestía túnicas oscuras, sobrias, sin adornos innecesarios. Su belleza ya no buscaba ser admirada.
Era intimidante. Los dioses callaron al verlo llegar. No porque ignoraran lo que había hecho, sino porque sabían que Poseidón ya no necesitaba justificarse. Había recuperado su lugar como única deidad de los mares. No compartía dominio. No pedía consejo.
Zeus lo observó con una mezcla de reconocimiento y cautela.
—Los océanos están… tranquilos —dijo.
—Están bajo control —respondió Poseidón.
No hubo más palabras. Atenea sostuvo su mirada un segundo más de lo prudente.
—El equilibrio se mantiene —admitió— Pero a un costo elevado.
Poseidón no reaccionó.
—Los dioses no existen para ser amados —dijo— Existen para sostener el mundo. Aunque el mundo los odie.
Nadie lo contradijo. Porque esa era la verdad más antigua del Olimpo. El amor no había desaparecido. Había sido encapsulado.
Poseidón lo sentía como una presión muda en lo más profundo de su ser. No tenía forma. No tenía nombre. Ya no llevaba el rostro de Aurelia. Era solo una pulsión incompleta, una necesidad sin objeto.
Y como toda pulsión reprimida buscaba salida. Las ninfas marinas comenzaron a desaparecer. No como víctimas de violencia abierta, sino como presas silenciosas de un dios que ya no sabía amar, pero tampoco podía dejar de desear.
Las atrapaba en corrientes cerradas, las aislaba del mundo, las llevaba a cámaras profundas donde el océano no escuchaba. No las tomaba con ternura. No las destruía con crueldad absoluta.
Las usaba. Intentaba, en cada encuentro, sofocar aquello que había sellado dentro de sí. Pero ninguna llenaba el vacío. Ninguna resistía su mirada sin quebrarse. Y eso lo enfurecía.
—No sois más que ecos —murmuró una vez, soltando a una ninfa temblorosa— Ninguna de vosotras sabe decir que no.
La ninfa huyó, llorando, sabiendo que había sobrevivido a algo peor que la muerte: la indiferencia de un dios.
Con el paso del tiempo, el nombre de Poseidón volvió a ser pronunciado como se pronuncian las maldiciones. Las costas temblaban cuando se lo invocaba. Los marineros arrojaban ofrendas con manos temblorosas..Las ciudades crecían sabiendo que podían ser borradas sin previo aviso.
Y el océano… el océano era perfecto.
Demasiado perfecto. Poseidón gobernaba sin fisuras, sin voces internas, sin recuerdos que lo detuvieran. El amor seguía ahí, sellado como una reliquia peligrosa, pero su dominio no lo necesitaba.
Creía.
Hasta que una noche, en el Olimpo, mientras observaba el horizonte desde una terraza de mármol, algo ocurrió. No una rebelión. No una amenaza externa. Un silencio distinto. El mar dejó de responder durante un solo latido. Solo uno. Poseidón frunció el ceño.
Y por primera vez desde el castigo eterno, una verdad incómoda atravesó su mente como un presagio los dioses pueden encerrar el amor pero cuando lo hacen, algo del mundo comienza a resquebrajarse sin avisar. El océano volvió a obedecer.
Pero la duda, como una grieta invisible, acababa de abrirse. Y esta vez, no había sirena que pudiera sellarla.
#6212 en Novela romántica
#2074 en Fantasía
#romanceprohibido #dramaromántico, #amormarino, #sirenasytritones
Editado: 24.01.2026