El Mar De Los Dioses

El fin del núcleo

Poseidón no pidió permiso. Nunca lo había hecho cuando algo debía terminar.

El camino hacia aquel sitio prohibido se abrió ante él como una herida antigua que jamás cicatrizó. No hubo relámpagos anunciándolo ni dioses observando desde la distancia. Esta vez no hubo testigos. No Zeus. No Atenea. No coro olímpico. Solo el dios del océano regresando al origen de su fractura. El lugar seguía existiendo fuera del tiempo.

Un espacio encajado entre capas del mundo, donde la tierra y el mar se superponían sin tocarse del todo. Rocas suspendidas en el aire, columnas de agua inmóviles como cristal oscuro, símbolos arcanos grabados en la nada misma. Allí, en el centro, latía aún el núcleo: esa anomalía viva que había amplificado su poder y deformado su ser.

Poseidón avanzó con paso firme. No llevaba su tridente. No lo necesitaba.

Cada paso hacía vibrar el espacio. El mar, a kilómetros de distancia, lo sentía y se plegaba a su avance como si reconociera una ceremonia final. Las corrientes no rugían. Acompañaban.

El núcleo apareció ante él como una esfera palpitante, formada de luz comprimida y sombras en tensión. No era maligno en sí mismo. Nunca lo había sido. Era exigente. Amplificaba aquello que encontraba dentro.

Y en Poseidón había encontrado orgullo, herida, amor no correspondido y una voluntad divina incapaz de aceptar límites.

—Tú no me creaste —dijo Poseidón, con voz grave—. Solo me mostraste lo que podía llegar a ser.

El núcleo respondió con un latido más intenso. No intentó defenderse. Porque sabía que su tiempo había terminado. Poseidón extendió la mano.

El agua brotó de la nada, envolviéndole el brazo, no como arma sino como extensión natural de su voluntad. No había furia en su gesto. Tampoco odio. Había determinación limpia.

—No te destruiré por venganza —continuó— Te destruyo porque ya no te necesito.

El contacto fue inmediato. El núcleo reaccionó con violencia, intentando anclarse a su esencia, despertar al Poseidón oscuro que había gobernado durante tanto tiempo. Sombras se alzaron como figuras incompletas, reflejos de decisiones pasadas, de castigos, de ciudades sumergidas, de ninfas temblando.

Pero no encontraron asidero. Poseidón no retrocedió. El Poseidón frío, duro, dominador ya no estaba. No porque hubiera sido reprimido. Sino porque había sido comprendido.

—No eres yo —sentenció— Fuiste una respuesta extrema a un dolor que ya no gobierna mi nombre.

El océano respondió. No con obediencia ciega. Con resonancia. Las aguas del mundo entero vibraron al unísono. Desde las fosas más profundas hasta las costas más lejanas, el mar recordó quién era su dios. No el tirano. No el fragmentado. El soberano íntegro. Poseidón cerró el puño. Y el núcleo colapsó. No explotó. Se deshizo.

Como una estrella que se apaga sin ruido, su luz se fragmentó en partículas que se disolvieron en la nada. Las sombras se evaporaron. El espacio tembló, intentando reacomodarse ahora que aquella anomalía había dejado de existir.

Poseidón permaneció inmóvil en medio del vacío. Sintió el cambio recorrerlo como una marea lenta. El peso se fue. La rigidez se quebró. La crueldad dejó de ser impulso automático. Su esencia divina permanecía intacta: el dios único del océano, el soberano de los mares, el nombre que el mundo temía y respetaba. Pero ya no era frío. Ni duro. Había recuperado algo más antiguo que la ternura: claridad.

Respiró.

El mar respiró con él. Cuando regresó a su reino, el océano lo recibió sin miedo. Las corrientes ya no se cerraban como cuchillas. Se abrían como caminos. Las criaturas marinas volvieron a moverse con libertad, sin perder el respeto. El dominio seguía siendo absoluto… pero ya no era asfixiante.

Poseidón se detuvo un instante, sintiendo el vacío donde alguna vez estuvo el amor. No volvió. Ni volvería. Aurelia no reapareció en su mente como lamento ni como añoranza. Su nombre permanecía sellado, enterrado junto al castigo eterno que él mismo había dictado.

Ella había osado despreciar el amor de un dios. Y los dioses no perdonan ese acto. El castigo seguía en pie. Intacto. Eterno. Poseidón no se arrepintió.

Miró el océano extendiéndose hasta donde la existencia alcanzaba y comprendió, con una serenidad implacable, la verdad final que ningún poeta se atrevería a escribir: el amor puede quebrar a un dios pero el poder define quién sobrevive a la fractura. Y Poseidón había sobrevivido.

Solo.
Íntegro.
Eterno.




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