El marido de mi hermana.

Capítulo 2: La noche que se llevó su nombre.

La mansión Amersfoort tenía luces encendidas en todas las ventanas cuando el coche llegó a la entrada. Amely conocía esa imagen de memoria: la casa brillando como un barco de lujo, majestuosa e intimidante, con las sombras escondiéndose en los rincones.

Nadie salió a recibirla.

Un mayordomo abrió la puerta, tomó su maleta sin mirarla y le indicó que la cena comenzaba en veinte minutos. En el vestíbulo, bajo la lámpara de cristal, Amely se detuvo un segundo a respirar. Todavía llevaba en el bolso el libro de poemas de Adriano, y tocarlo por encima de la tela le devolvía el calor de Vallmar.

*Una cena, una noche, y mañana estás de vuelta.*

Subió a su antigua habitación. Seguía igual, ordenada, fría, sin una sola huella de que alguien la hubiera echado de menos. Se cambió por un vestido verde oscuro, sencillo, el único que había traído, y se miró en el espejo. Se veía distinta. Tenía las mejillas más vivas y los ojos brillantes. Sonrió sin darse cuenta.

Era la sonrisa de alguien enamorado.

Y en esa casa, el amor era un lujo que siempre terminaba cobrándose.

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El comedor principal estaba lleno. Amely reconoció a socios de su padre, a un par de políticos, a tías que fingían cariño y a primos que nunca le hablaban. En la cabecera, su padre, Ricardo Amersfoort, conversaba con un invitado mientras giraba distraído una copa de vino. A su lado, su madre, Helena, sonreía con esa perfección quirúrgica que Amely había aprendido a temer.

Y en el centro de todo, como una reina en su trono, estaba Amanda.

Llevaba un vestido rojo que imponía silencio a su alrededor. Tenía veintidós años y ya dominaba la habitación con la naturalidad de quien nunca dudó de que era el centro del mundo. Cuando vio entrar a su hermana, abrió los brazos.

-¡Amely! -Su voz sonó dulce, demasiado dulce-. Por fin. Estaba a punto de mandar a buscarte.

La abrazó con fuerza. Olía a jazmín y a algo más, un perfume caro que le raspó la garganta. Al oído, en un susurro que nadie más escuchó, le dijo:

-Estás muy contenta, ¿verdad?

Amely se apartó con una sonrisa incómoda.

-Es mi cumpleaños. Supongo que sí.

-Claro. Tu cumpleaños. -Amanda le acarició el brazo-. Siéntate a mi lado. Hoy quiero tenerte cerca.

Debió sospechar. Cualquiera que hubiera conocido a Amanda Amersfoort habría sospechado. Pero Amely, con el corazón todavía en un malecón lejano, se limitó a obedecer.

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La cena fue larga. Hubo brindis por negocios, por alianzas, por un futuro que no incluía a Amely en ninguna de sus frases. Ella comía en silencio, respondía con cortesía y contaba los minutos.

Fue Amanda quien rompió su calma.

-Dicen que en Vallmar el aire hace bien -comentó, con la copa entre los dedos-. Has estado muchos meses allí, hermanita.

-La abuela me necesitaba.

-Y tú a ella, imagino. -Amanda sonrió-. ¿Solo a ella?

Amely sintió un frío pequeño en la nuca.

-No sé a qué te refieres.

-A nada. -Amanda se inclinó hacia ella, bajando la voz-. Me contaron que andabas paseando por el malecón con un hombre. Alto. Ropa de ciudad. Muy atento.

El tenedor de Amely quedó suspendido en el aire.

-¿Quién te lo contó?

-Los pueblos son chicos. -Amanda se encogió de hombros con una elegancia afilada-. No te enfades. Solo me alegra que tengas a alguien. Sería una pena que sufrieras por un hombre que no te conviene.

-Nadie está sufriendo por nadie.

-Mejor así.

Amanda volvió la cara hacia sus invitados y soltó una risa cristalina, como si la conversación jamás hubiera existido. Pero Amely, bajo la mesa, apretaba las manos con tanta fuerza que las uñas le dejaron marcas.

*Sabe algo.*

*¿Y por qué le importa?*

No tuvo tiempo de responderse. Su madre se levantó para pedir un brindis, y todos alzaron las copas. Al beber, Amely notó que Amanda no la miraba. Miraba a su madre. Y su madre, con una serenidad inquietante, asintió apenas, como quien confirma una orden que ya se había dado.

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Pasada la medianoche, la cena se disolvió en conversaciones dispersas por los salones. Amely aprovechó para escaparse a la terraza, buscando aire. Desde allí se veían los jardines, la fuente de piedra, los caminos bordeados de setos y, al fondo, el viejo estanque donde de niñas Amanda le había hecho prometer, entre risas, que jamás contaría un secreto.

Recordó esa promesa con un escalofrío.

Fue entonces cuando escuchó voces.

Venían del jardín, cerca del estanque. Una era femenina, tensa, controlada. La otra era masculina y joven, cargada de una rabia contenida.

-Me prometiste que se acabaría -decía el hombre-. Me lo juraste, Amanda.

-Baja la voz.

-¿Para qué? ¿Para que tu familia no se entere de lo que hiciste?

Amely dio un paso atrás, pegándose a la sombra de una columna. Desde su posición vio a su hermana, de espaldas, con su vestido rojo convertido en una mancha oscura bajo la luna. Frente a ella había un chico de no más de veinticinco años, alterado, con el cabello revuelto y los ojos enrojecidos.

-No hice nada -respondió Amanda, con una frialdad que le heló la sangre-. Fue un accidente. Y tú lo sabes.

-Ella sigue en el hospital. ¡Sigue sin despertar! -El chico se pasó las manos por la cara-. No puedo cargar con esto. Voy a decirlo todo.

Hubo un silencio.

Amely contuvo el aliento. *¿De quién hablan? ¿Qué hospital? ¿Qué accidente?*

-No -dijo Amanda, y su voz se volvió suave, casi tierna, lo cual resultó infinitamente más aterrador-. No vas a decir nada. Porque si lo haces, Nicolás, me aseguraré de que todos sepan lo que realmente pasó esa noche. Y tú serás el único culpable.

-Eres un monstruo.

-Soy una Amersfoort. -Amanda dio un paso hacia él-. Y los Amersfoort no perdemos.

Sin darse cuenta, Amely se movió. Un solo paso. La grava crujió bajo su zapato.

Ambos giraron hacia ella.

Amanda la vio primero. El rostro de su hermana, que Amely conocía de memoria, cambió en menos de un segundo. Del miedo pasó al cálculo, del cálculo a algo que Amely no supo nombrar.




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