El marido de mi hermana.

Capítulo 3: La llave en el bolsillo.

Presente

Cuando el último invitado abandonó los jardines, la mansión Amersfoort quedó envuelta en un silencio de cristales rotos.

Los camareros recogían copas abandonadas, los músicos guardaban sus instrumentos y las flores blancas, tan perfectas horas antes, empezaban a doblar la cabeza bajo la luz de las lámparas. Amely se quedó en la terraza con los zapatos en la mano, buscando algo que no sabía nombrar.

Tenía la cabeza llena de ruido.

Eres idéntica a como eras. Después de todo lo que hicieron para borrarte.

Las palabras de la mujer de negro le daban vueltas como un insecto atrapado. ¿Borrarla de dónde? ¿Quién? ¿Y por qué un desconocido con los ojos más tristes que había visto en su vida había palidecido al verla?

Buscó a la mujer entre los últimos rezagados, en los pasillos, en la entrada. Preguntó a un camarero, a una doncella, incluso al jefe de seguridad. Nadie había visto a una mujer de negro, de unos cincuenta años, con el cabello recogido.

—Esta noche hubo cuatrocientos invitados, señorita —le dijo el jefe de seguridad con paciencia—. Y todos figuraban en la lista. Ninguna coincide con esa descripción.

Entonces no era una invitada.

Amely apretó los dedos alrededor de sus zapatos. Si no estaba en la lista, había entrado por otra parte. Y alguien que se toma tanto trabajo para colarse en una boda no lo hace por casualidad.

---

En la suite principal, al otro lado de la mansión, Adriano Ferrer estaba parado frente a una ventana, con la corbata desanudada y la copa de whisky intacta en la mano.

Su esposa se había quedado dormida hacía una hora. O eso fingía. Amanda respiraba con una calma demasiado estudiada, tumbada de costado sobre las sábanas de seda, con el vestido de novia tirado sobre un sillón como una piel abandonada.

Adriano no podía dormir. No podía ni siquiera cerrar los ojos sin ver aquel rostro.

Amely.

Cinco años. Cinco años de buscar, de dudar, de convencerse de que lo mejor era aceptar que la había perdido. Cinco años de preguntarse si aquella muchacha de vestido verde había sido real o solo un sueño largo y hermoso que su mente había fabricado en un pueblo lejano.

Y esa noche, en el altar, había aparecido de pie, en segunda fila, con un vestido azul y las manos entrelazadas, mirándolo como si él fuera un fantasma.

Era ella. Los mismos ojos. El mismo gesto de acomodarse el cabello detrás de la oreja. La misma manera de bajar la vista cuando se sentía incómoda.

Y era la hermana de Amanda.

Adriano cerró los ojos con fuerza.

*Nunca preguntaste su apellido.*

Se lo había repetido durante años como una condena. Si lo hubiera sabido, habría encontrado a los Amersfoort. La habría encontrado a ella. Habría golpeado la puerta de esa mansión, habría exigido verla.

Y jamás, jamás, habría terminado casado con su hermana.

—¿No puedes dormir?

La voz de Amanda lo sacó de golpe de sus pensamientos. Se había incorporado sobre un codo, con el cabello revuelto y los ojos completamente despiertos.

—Es solo el cansancio —respondió él, sin girarse—. Fue un día largo.

—Fue un día perfecto. —Amanda se levantó y caminó descalza hasta abrazarlo por la espalda—. Todos hablaban de nosotros. De lo hermosa que fue la ceremonia, de lo bien que combinamos, de lo felices que parecemos.

—Sí.

—¿Tú no lo estás?

Adriano tardó un segundo demasiado en contestar. Un segundo que, en un matrimonio, vale más que mil palabras.

—Claro que sí —dijo al fin.

Amanda apoyó la mejilla contra su espalda. Adriano no pudo verle la cara, y quizá fue mejor así. Porque en ese instante los ojos de su esposa, fijos en la oscuridad de la ventana, no tenían nada de ternura. Tenían la frialdad de un tasador.

—Vi cómo mirabas a mi hermana —dijo ella, suave.

El corazón de Adriano dio un golpe seco.

—¿Cómo la miraba?

—Con lástima, supongo. —Amanda rio bajito, y esa risa le pareció a Adriano un cuchillo envuelto en terciopelo—. Todo el mundo la mira así. Pobre Amely, la hermana que sobra. Siempre tan callada, tan gris. Te lo advierto desde ahora, mi amor: no dejes que su tristeza te contagie. Tiene ese don. Se te mete en la piel.

—No pretendía mirarla de ninguna forma.

—Lo sé. —Amanda le dio un beso en el hombro—. Por eso confío en ti.

Se separó de él y volvió a la cama. Adriano se quedó inmóvil, con la copa vacía de significado entre los dedos.

Sabía reconocer una advertencia cuando la escuchaba. Y esa noche, por primera vez, entendió que se había casado con una mujer a la que no conocía en absoluto.

Metió la mano en el bolsillo interior del saco que colgaba junto a la ventana. Sus dedos rozaron un objeto pequeño, de metal frío, gastado de tanto tocarlo.

Una llave.

La misma que llevaba cinco años guardando.

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Amely durmió mal. O más bien no durmió.

Cuando el amanecer tiñó de gris los cristales de su antigua habitación, ya llevaba horas despierta, sentada en el borde de la cama, con la mirada perdida en el techo. Cada vez que cerraba los ojos regresaba la misma imagen: una mano tendida hacia ella, un olor a sal, una luz que giraba en la oscuridad.

Una luz que giraba.

Lo había soñado otras veces. Siempre lo mismo: una luz blanca cruzando el agua, una risa masculina, el sonido de las olas. Cuando despertaba, no quedaba nada más que una nostalgia inexplicable, tan grande como un océano.

Se levantó, se lavó la cara y bajó a la cocina en busca de un café. No quería cruzarse con nadie. Con nadie, en especial, que tuviera un traje negro y unos ojos oscuros.

En la cocina encontró a la señora Elvira, la vieja cocinera de la familia, que llevaba treinta años en la casa y que tarareaba siempre la misma canción mientras removía sus ollas.

—Niña Amely —sonrió—. Madrugadora como siempre.

—No pude dormir.




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