Amely no supo cuánto tiempo pasó.
Quizá fueron segundos. Quizá una eternidad. Solo sabía que el hombre frente a ella, el esposo de su hermana, el desconocido que había mentido en su propia boda, la miraba como si ella fuera lo único real en un mundo de espejos.
—No sé qué quiere decir —susurró—. No lo conozco.
—Lo sé. —Adriano cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, tenía la mirada húmeda—. Lo supe en cuanto te vi. No me reconociste. Ni siquiera hoy, cuando te mentí en la recepción, y me miraste con cortesía, como se mira a un extraño.
—Es que eres un extraño.
Las palabras salieron más duras de lo que pretendía. Él las recibió sin defenderse, con una sonrisa triste que le partió el pecho.
—Sí. Hoy lo soy.
Amely se agachó, recogió la fotografía del faro y la sostuvo entre las manos temblorosas.
—Alguien dejó esto bajo mi puerta —dijo—. Dice que empieza en Vallmar. Y me advierte que no confíe en mi familia. Ni en ti.
—¿En mí?
—Dice que me aleje de ti hasta que sepa quién soy.
Adriano dio un paso hacia ella, y por instinto Amely retrocedió. Él se detuvo al instante, con las manos abiertas, como quien se acerca a un animal herido.
—No voy a tocarte. Te lo juro. —Tragó saliva—. Pero necesito que me escuches. Solo una vez. Después haz lo que quieras.
Amely dudó. La razón le gritaba que volviera adentro, que se metiera en la cama y fingiera que aquella noche no existía. Pero algo más profundo, más antiguo que la razón, la mantenía clavada en la hierba.
—Habla.
—Hace cinco años estuve en Vallmar, un pueblo con un faro. —La voz de Adriano se volvió baja, casi un murmullo—. Fui por trabajo, a negociar unos terrenos. Entré una tarde de tormenta en una librería de segunda mano para refugiarme de la lluvia. Y había una chica subida a una escalera, colocando un libro de poesía.
Amely sintió que un hilo invisible le tiraba del pecho.
—Me dijo que la tormenta se había quedado con mi dignidad —continuó él, con una risa rota—. Yo no supe qué contestarle. Nadie me había dejado sin palabras antes.
—Para —susurró ella.
—Estuvimos juntos tres meses. Me enseñó a coser un lomo, a reconocer un papel envejecido. Yo le hablaba de edificios que respetaran el paisaje, y ella me escuchaba como si ese sueño fuera importante. —Se pasó una mano por el rostro—. La noche que se fue a la ciudad para una cena familiar me dijo que volvería al día siguiente. Yo tenía una llave en el bolsillo para ella. Nunca volvió.
—Para, por favor.
Amely se llevó las manos a las sienes. El dolor había regresado, punzante, brutal, como si alguien le hundiera una aguja detrás de los ojos. Vio destellos: una escalera de madera, un olor a papel y a lluvia, una risa masculina grave y sorprendida.
*La tormenta se ha quedado con su dignidad también, por lo que veo.*
Era su propia voz. Una voz más joven, más alegre.
—Amely. —Adriano dio un paso, alarmado—. ¿Estás bien?
—Estoy bien. —Respiró hondo, con los ojos cerrados—. Solo… me duele la cabeza. Me pasa a veces cuando intento recordar.
—¿Recordar qué?
Ella lo miró, con las mejillas pálidas y los ojos velados por lágrimas que no entendía.
—Todo. Hace cinco años tuve un accidente. Me dijeron que me caí. Estuve meses en una clínica. Y cuando desperté, no quedaba nada. Ni un solo recuerdo de lo que había vivido antes de esa noche.
El rostro de Adriano se transformó. Pasó del dolor a la incredulidad, de la incredulidad a una ira fría que Amely no le había visto jamás.
—¿Un accidente?
—Eso me dijeron.
—¿Quién?
—Mi madre. Mi hermana. Todos.
Adriano apretó la mandíbula con tanta fuerza que un músculo le saltó bajo la piel. Miró hacia la mansión, iluminada como un barco de lujo, y en sus ojos se encendió una comprensión terrible, que todavía no se atrevía a nombrar.
—Cinco años —murmuró—. Cinco años buscándote, y estabas aquí. A diez kilómetros de mi oficina.
—No sabía que me buscabas.
—Lo sé. —Él dio un paso atrás, y luego otro, como si no confiara en sí mismo—. Y ahora no puedo hacer nada, porque estoy casado con la persona que…
Se interrumpió. Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.
—¿Que qué?
—Nada. —Sacudió la cabeza—. No tengo pruebas de nada. Solo sospechas. Y no voy a acusar a nadie sin certezas, y menos a ti delante de ella.
—¿De ella?
Adriano no respondió. Y en el silencio, Amely creyó oír, entre los setos, el crujido leve de una hoja al pisarse.
Ambos giraron la cabeza.
No había nadie. Solo la noche, el agua quieta del estanque, y la luna proyectando sombras largas sobre el jardín.
—Debería irme —dijo Amely, con la voz temblorosa.
—Sí. Debes irte.
—Adriano…
Él la miró, y por primera vez en toda la noche, la máscara cayó por completo. Lo que ella vio en su rostro era tan desnudo, tan vulnerable, que le dolió mirarlo.
—Vete, Amely. Antes de que me olvide de que estoy casado.
Ella se marchó sin volver la vista atrás. Cruzó el jardín con pasos rápidos, sintiendo en la espalda el peso de esa mirada. Y no vio, tras el seto más alto, un vestido color perla que se apartaba despacio, ni una sonrisa que se afilaba en la penumbra.
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Amanda regresó a la suite antes que su marido.
Se metió en la cama, apagó la lámpara y se hizo la dormida. Cuando Adriano entró, media hora después, ella respiraba con la pesadez perfecta de quien sueña sin culpa. Él se quedó un rato de pie, mirándola en la oscuridad, y luego se acostó en el borde del colchón, lo más lejos posible.
Amanda esperó a que su respiración se volviera profunda.
Entonces abrió los ojos.
Sobre la mesilla, dentro del cajón entreabierto, brillaba un pequeño libro de poemas con las esquinas manchadas de tierra. Lo acarició con un dedo, casi con cariño.
*Vuelve pronto.*
Cinco años. Cinco años guardando aquella reliquia, sin decidirse a quemarla. Le había servido de recordatorio, de seguro, de arma.