Vallmar amaneció bajo una bruma de plata.
El tren dejó a Amely en un andén húmedo, casi desierto, donde el olor a sal la golpeó con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en una columna. No era solo un olor. Era una puerta. Cerró los ojos y, por un instante, sintió el peso de un libro de poemas en la mano, el eco de una campanilla sobre una puerta y una risa masculina, cálida, mezclada con el rumor de las olas.
—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó el jefe de estación, un anciano de gorra azul.
—Sí. Solo estoy... mareada del viaje.
—Es el aire de mar. A los que vuelven después de mucho tiempo les pasa. —Sonrió, amable—. ¿Es usted de aquí?
Amely abrió la boca para decir que no. Y las palabras se le detuvieron.
—No lo sé —respondió con sinceridad—. Creo que lo fui.
El anciano la observó con una curiosidad tranquila, sin preguntar más. Le indicó el camino hacia el malecón y ella empezó a caminar, con la maleta en la mano y la sensación extraña de que sus pies conocían las calles mejor que su cabeza.
Doblaba las esquinas sin pensarlo. Sabía que tras la panadería había una cuesta empedrada. Sabía que la fuente de la plaza tenía un delfín de piedra con la nariz rota. Sabía que, si seguía el sonido de las gaviotas, llegaría al puerto.
Cuando el faro apareció al final del malecón, blanco contra el cielo gris, se detuvo y se llevó la mano a la boca.
Era exactamente como en la fotografía. Como en sus sueños.
Y lloró de pie, en medio de una calle desconocida, sin poder explicar por qué se sentía como si hubiera vuelto a casa.
---
La casa blanca de ventanas azules estaba en lo alto de la colina, al final de un sendero de piedra flanqueado por hortensias marchitas.
Amely subió despacio, con el corazón golpeándole el pecho. Cada paso removía algo. Una mano arrugada acariciándole el pelo. Una voz que decía las mejores historias están en los libros que nadie quiere. Un olor a pan de anís y a lavanda.
Abuela.
La palabra le salió de los labios en un susurro, y con ella llegó una oleada de ternura y de pérdida tan intensa que le doblaron las rodillas.
Llegó al portón y se detuvo.
La casa estaba muy cambiada. Las ventanas azules, descoloridas, tenían los postigos cerrados. Las paredes blancas mostraban manchas de humedad y grietas. En la puerta principal, clavado con cuatro tornillos, había un cartel de metal reluciente que desentonaba con el abandono del lugar:
PROPIEDAD PRIVADA. Inmobiliaria Amersfoort & Asociados. Prohibido el paso.
Amely lo leyó dos veces.
Amersfoort.
Un frío le recorrió la espalda. No era casualidad. Nada de lo que su familia tocaba lo era.
—Ya nadie sube hasta aquí, hija.
Se giró de golpe. Junto a la cerca vecina, apoyada en un bastón de madera, había una anciana de rostro curtido y pañuelo azul en la cabeza. Tenía los ojos muy claros, del color del mar en invierno, y la miraba fijamente, sin parpadear.
—Perdone, no quería...
—Amely.
La palabra cayó en el aire como una piedra en el agua.
—¿Me conoce?
La anciana soltó el bastón. Cayó a la tierra sin ruido. Se llevó las dos manos a la boca, temblando.
—Santísima Virgen —susurró—. Es ella. Es la niña de Odette.
Avanzó tambaleándose, con los brazos abiertos, y Amely, sin pensarlo, se dejó abrazar. Olía a jabón de tocador y a pescado seco, y algo en ese olor le resultó tan familiar que se le humedecieron los ojos.
—Casilda —murmuró Amely, y se quedó helada al oír su propia voz—. Te llamas Casilda.
La anciana se apartó para mirarla, con las mejillas surcadas de lágrimas.
—Mi niña, me sabes el nombre.
—No sé cómo.
—El corazón sabe lo que la cabeza olvida. —Casilda le tomó el rostro entre las manos callosas—. Cinco años, criatura. Cinco años rezándole a la Virgen del Carmen para que volvieras. Odette murió pidiendo verte.
—Lo sé —dijo Amely, con un nudo en la garganta—. Bueno, no lo sabía. Pero lo siento aquí.
Se tocó el pecho con la mano abierta. Casilda asintió despacio, sin necesidad de más explicaciones.
—Ven. No es buena idea quedarse a la vista. Están vigilando la casa.
—¿Quiénes?
—Unos hombres con traje que vienen cada semana a mirar si alguien ha entrado. Pagados por tu familia, dicen. —Escupió al suelo con desprecio—. Vengan con sus trajes y sus coches negros. Aquí los pescadores saben distinguir a un tiburón cuando lo ven.
Amely miró hacia el camino. A lo lejos, en la curva de la carretera, un coche gris estaba aparcado con el motor apagado. Dentro se adivinaba la silueta de un hombre con gabardina, inmóvil como una piedra.
Me ha seguido desde el tren.
Casilda la tomó del brazo y la condujo por una puerta lateral hasta el interior de su propia casa, una cabaña baja, llena de redes, cacharros de cobre y estampas de santos.
---
En la cocina de Casilda, humeaba una olla de caldo de pescado. La anciana sirvió dos cuencos, se sentó frente a Amely y la observó comer con una ternura silenciosa.
—Tienes los mismos ojos que ella —dijo al fin—. Los de Odette. Ese modo de fruncir la nariz cuando algo te duele.
—Cuéntame de mi abuela.
—Era la mejor mujer de Vallmar. Y la más terca. —Casilda sonrió, con los ojos en el pasado—. Crió a tu madre y a tu tío como pudo, y cuando ellos se marcharon a la ciudad y se hicieron ricos y orgullosos, ella se quedó aquí, con su huerto y su casa. Nunca aceptó un céntimo de tu padre.
—Mi padre es Ricardo Amersfoort.
—Tu padre es un hombre que se casó con la hija de Odette por el dinero de la familia, y que después compró todo lo que la familia tocaba. Menos esta casa. Esta se la quedó ella hasta el final. —Casilda apretó los labios—. Después de que ella murió, la casa pasó a tu madre, y tu madre la puso en manos de esa inmobiliaria. La cerraron. Nadie ha entrado desde hace cuatro años.