El marido de mi hermana.

Capítulo 6: Lo que dijo Nicolás.

Amely no soltó la caja de latón.

La apretaba contra el pecho como un escudo, con los nudillos blancos, mientras el joven del balcón la observaba sin atreverse a dar un paso. A su espalda, el faro giraba sobre el mar y su luz recorría el departamento a intervalos, dibujando y borrando la sombra de aquel desconocido que, sin embargo, ella había visto antes.

—¿Cómo entraste? —preguntó al fin.

—Por la escalera de incendios. —Nicolás señaló el balcón con un gesto vago—. La cerradura de la puerta es nueva, pero la ventana del baño nunca cierra bien. Llevo tres noches durmiendo aquí.

—¿Por qué aquí?

—Porque Marta me dijo que vendrías. Y que, si venías, vendrías a este lugar.

—Marta.

—Nos conocimos hace dos años. —Nicolás se pasó una mano por la cara, agotado—. Me encontró en un bar de carretera, borracho, hablando solo. Reconoció mi apellido por un viejo informe de la clínica. Desde entonces hablamos de vez en cuando. Los dos cargamos con lo mismo, aunque de maneras distintas.

Amely dio un paso atrás. Tenía la espalda pegada a la puerta, la mano libre sobre el pomo.

—Voy a irme ahora mismo.

—Puedes hacerlo. No voy a detenerte. —Nicolás levantó las manos, en un gesto de rendición—. Pero te pido que antes me escuches. Solo diez minutos. Después, si quieres, llamas a la policía y me entregas. Me lo merezco.

Algo en su voz, un cansancio sin defensa, la hizo dudar. Era la voz de alguien que ha ensayado mil veces ese momento frente a un espejo y que por fin lo tiene delante.

—Siéntate —dijo ella—. Allí. Lejos de mí.

Nicolás obedeció. Se dejó caer en el sofá azul, con los codos sobre las rodillas. Amely se quedó de pie junto a la mesa, con la taza de café humeante a su lado, y por primera vez reparó en que había dos tazas.

Una era la de él.

La otra estaba servida para alguien que todavía no había llegado.

Me esperaba.

—Empieza por el principio —ordenó.

Nicolás respiró hondo.

—El principio es una fiesta —dijo—. Hace seis años, en una casa de la playa, en una celebración de verano. Yo tenía diecinueve y era el hijo del jardinero de los Amersfoort. Me colé porque quería ver cómo vivía la gente que mi padre cuidaba el césped. Y conocí a Amanda.

—¿A Amanda?

—Ella tenía dieciocho. Me miró como si yo fuera la única persona real de aquella fiesta. —Rió sin alegría—. Yo era un chico tonto. Me enamoré de ella en una semana.

Amely sintió una punzada fría.

—¿Fuiste su novio?

—Su secreto. Nunca me presentó a nadie. Nos veíamos de noche, en el invernadero de tu casa, en la parte trasera de las caballerizas. Yo creía que era porque su familia no me aceptaría. Después entendí que era porque yo no valía lo suficiente para ser visto. —Se encogió de hombros—. Pero Amanda me decía que me quería, y yo le creía.

—¿Qué pasó?

—Pasó Lucía.

El nombre flotó entre los dos.

—Lucía Varela. Era la mejor amiga de tu hermana desde el colegio. Una chica dulce, de buen corazón, con una beca para estudiar medicina. —Nicolás miró sus manos—. Lucía descubrió lo nuestro. Y se lo tomó a mal. Le dijo a Amanda que me estaba usando, que lo dejara antes de hacerme daño. Discutieron fuerte.

—¿Y?

—Una noche de lluvia, en la carretera de la costa, Amanda conducía el coche de tu padre. Lucía iba a su lado. Yo iba detrás, en otro auto, siguiéndolas porque Amanda me había llamado llorando y no sabía qué hacía. —Se le quebró la voz—. Vi cómo el coche de adelante se desviaba. Vi las luces. Y después el golpe.

Amely se agarró al respaldo de una silla.

—Se salieron de la carretera.

—Se estrellaron contra un muro de piedra. Amanda salió con un rasguño en la frente. Lucía no. —Nicolás tragó saliva—. Quedó atrapada en el asiento, inconsciente, con la sangre cubriéndole la cara. Yo corrí. Intenté sacarla. Amanda se quedó parada en medio de la carretera, mirando, sin moverse, sin llorar.

—¿Sin llorar?

—Con una calma que me aterró. Me dijo: "Ayúdame. No puedo tener esto en mi expediente."

Amely cerró los ojos un momento. Se le había hecho un nudo en el estómago.

—¿Y qué hiciste?

—Llamé a una ambulancia. Fue lo único bueno que hice esa noche. —La voz de Nicolás se volvió amarga—. Pero cuando llegaron los médicos, Amanda ya había movido las piezas. Dijo que yo había conducido el coche. Que había salido a buscar a Lucía borracho y que las había embestido. Todo el mundo la creyó. Nadie desconfía de una Amersfoort con lágrimas en los ojos.

—Pero tú sabías la verdad.

—La sabía. Y me amenazó con hundirme. Mi padre perdería el trabajo, mi madre se quedaría sin casa, y yo acabaría en prisión. Mi apellido contra el suyo. No había pelea posible. —Apretó los puños—. Me ofreció dinero y silencio. Acepté el silencio. El dinero no.

—¿Y Lucía?

Nicolás levantó la mirada, con los ojos enrojecidos.

—Sigue en la clínica Santa Aurelia, habitación catorce. En coma desde hace seis años. Es una paciente fantasma, pagada por una cuenta de la familia. Nadie la visita salvo su madre, que ya apenas tiene fuerzas.

Amely sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Habitación catorce.

La anotación de su abuela, en la última página del cuaderno. Preguntar por la otra muchacha.

—Entonces la noche de mi cumpleaños —dijo con esfuerzo—, tú y Amanda discutían en el jardín de la mansión...

—Yo había ido a decirle que iba a confesar. Llevaba meses sin dormir, y esa tarde me enteré de que Lucía había empeorado. Pensé que no podía seguir callando. —Nicolás cerró los ojos—. No sabía que tú estabas en la terraza. No sabía que habías oído algo.

—Oí la discusión. Y después me golpearon en la cabeza.

Un silencio largo cayó sobre el departamento.

—Lo sé. Yo estaba allí.

Amely se quedó rígida.

—¿Qué dijiste?

—Me fui, como ella me ordenó. Pero no pude irme del todo. Me quedé escondido tras los setos, con el estómago revuelto. Y vi lo que pasó.




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