El marido de mi hermana.

Capítulo 7: El pescador que guardaba libros.

La tormenta no cedió hasta pasada la medianoche.

Durante horas, la barca de pesca cabeceó sobre las olas como un animal terco, con el motor tosiendo y el farol de proa balanceándose en la oscuridad. Amely se quedó sentada en el suelo de la cabina, envuelta en una manta de lana, con la espalda contra una pared que olía a alquitrán y a sal, y la caja de latón todavía atada a la cintura.

El anciano del impermeable amarillo manejaba el timón sin decir palabra. Nicolás, a su lado, achicaba agua con un cubo, pálido y callado. Nadie preguntó nada hasta que la lluvia se volvió fina y el viento empezó a bajar.

—Ya pasó lo peor —dijo el viejo, con aquella voz ronca que a Amely le resultaba tan extrañamente familiar—. Bebe esto, niña.

Le tendió un termo de metal abollado. Dentro había caldo caliente, con un fuerte sabor a ajo y laurel. Amely lo tomó con las dos manos y bebió despacio, sintiendo cómo el calor le devolvía los dedos a la vida.

—¿Quién es usted? —preguntó al fin.

El hombre se bajó la capucha. Bajo la luz del farol, su cabello blanco brillaba como espuma. Tenía la piel curtida por el sol y unas manos enormes, de nudillos hinchados, que sostenían el timón con una delicadeza sorprendente.

—Me llamo Anselmo Barreiro. Durante cuarenta años fui el dueño de la librería del malecón.

Amely abrió los ojos de par en par.

—Don Anselmo.

—Así me llamabas tú. —Una sonrisa le arrugó la cara—. Cuando entraste por primera vez en mi tienda, con dieciocho años y una maleta más grande que tú, me dijiste: *"Don Anselmo, necesito trabajo y no sé hacer nada, pero sé arreglar libros rotos."* Me reí tanto que casi me caigo de la silla. Y luego me trajiste una enciclopedia de 1890 con el lomo suelto y me la dejaste como nueva en una tarde.

—Yo no recuerdo nada de eso.

—Lo sé, hija. Casilda me lo dijo. —Anselmo giró el timón con suavidad—. Ella ha estado hablando por radio con todos los barcos del puerto desde que llegaste. Cuando vio al hombre del coche gris seguirte por la colina, me avisó. Yo ya llevaba tres noches rondando la costa, por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Por si la niña de Odette decidía volver.

Amely tragó saliva. Sintió una oleada de gratitud tan grande que no supo qué hacer con ella, y se limitó a apretar el termo entre las manos.

—¿Por qué vendió la librería?

El rostro del anciano se endureció.

—No la vendí. Me obligaron.

Nicolás levantó la cabeza.

—¿Quién?

—Una inmobiliaria con nombre de apellido ilustre. —Anselmo escupió por la borda—. Un mes después de que desaparecieras, un hombre de traje se presentó en mi tienda con una oferta que no podía rechazar. El triple de lo que valía el local. Dijo que era una compra para un cliente anónimo. Yo me negué. Dos semanas después, el dueño del edificio me notificó el desalojo. Luego me cortaron la luz. Luego rompieron mis cristales una noche.

—Los Amersfoort —murmuró Amely.

—Compraron todo lo que tenía que ver contigo. La librería. La casa de tu abuela. Hasta el kiosco de enfrente donde tomabas café. —Soltó una risa corta, sin humor—. No querían que nadie guardara un solo recuerdo de la muchacha que había vivido en Vallmar.

Amely bajó la mirada. Tenía los dedos blancos de apretar el termo.

—Pero usted lo guardó.

—Yo guardé más de lo que se imaginan.

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Pasada la una de la madrugada, la barca dobló un promontorio de roca negra y entró en una pequeña ensenada.

Amely se asomó por la borda. A la luz de la luna, que había salido por fin entre las nubes, se distinguía un islote diminuto, apenas un montón de piedra y hierba rala, con una casita de madera encaramada en la cima y un muelle de tablas podridas.

—San Telmo —explicó Anselmo, amarrando el cabo—. Era de mi padre. Nadie viene por aquí desde que cerraron el faro viejo. Es el mejor escondite de toda la costa.

—¿Vive aquí?

—Desde que perdí la tienda. —Le tendió la mano para ayudarla a bajar—. Un viejo con sus libros y sus gaviotas. No pido más.

La casita tenía una sola habitación, con una estufa de hierro, un camastro, una mesa llena de cartas náuticas y paredes cubiertas de estantes. Estantes con libros. Cientos de libros, apilados sin orden, con lomos cuarteados y páginas amarillas, rescatados de cajas, de naufragios, de bibliotecas olvidadas.

Amely se quedó en el umbral, con la boca entreabierta.

—Los salvé antes de que se los llevaran —dijo Anselmo, encendiendo una lámpara de aceite—. No pude salvar la tienda, pero sí lo mejor de ella. Los que tú arreglaste están en aquella estantería.

Ella caminó despacio hacia el rincón que señalaba. Pasó los dedos por los lomos, uno por uno. Eran libros viejos, con costuras limpias, tapas reforzadas, papel recompuesto con una paciencia infinita. Y en la primera página de cada uno, con una letra menuda y elegante, había una pequeña inscripción a lápiz.

Restaurado por A.A.

Amely sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Tomó uno al azar, un tratado de botánica, y lo abrió. El olor del papel antiguo le golpeó el pecho con una fuerza inesperada.

Por un instante vio una mesa de trabajo, una lupa, un pincel mojado en cola de conejo, y una voz masculina que decía riendo: "Algún día vas a restaurar el mundo entero, Amely."

El libro le resbaló de las manos.

—Cuidado —dijo Nicolás, recogiéndolo antes de que tocara el suelo.

—Lo recordé —susurró ella—. Recordé su voz.

—¿La de quién?

—La de Adriano.

Anselmo y Nicolás se miraron en silencio.

—Es lo que tiene la memoria —dijo el viejo con suavidad—. Puede perderse en la cabeza y seguir viva en las manos.

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Anselmo sirvió té en tres tazas desportilladas y se sentó frente a la estufa, con una manta sobre las rodillas. Afuera, el mar rumoreaba contra las rocas. Dentro, el fuego crepitaba con un calor manso que apaciguó un poco el temblor de Amely.




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