El marido de mi hermana.

Capítulo 8: La habitación catorce

A las cuatro menos cinco, el cielo sobre los acantilados era del color de una moneda vieja.

Amely y Marta llegaron arrastrándose al muro trasero de Santa Aurelia, con las rodillas raspadas, las manos llenas de tierra y la respiración hecha jirones. Frente a ellas se alzaba una pared de piedra gris, coronada de hiedra, con una puerta metálica pintada de verde apenas visible entre los arbustos.

—La cocina —susurró Marta—. Cuando Inés abra, tenemos diez minutos.

—¿Y si no abre?

—Abrirá.

—¿Cómo estás tan segura?

Marta la miró en la penumbra, con los ojos brillantes.

—Porque su hermano fue paciente de esta clínica. Y salió de aquí peor de lo que entró.

La puerta se movió.

Primero fue un chasquido seco, después un chirrido bajo, y por la rendija asomó una luz amarilla y una cabeza de pelo corto y canoso. Era una mujer de unos cuarenta años, con uniforme blanco, ojeras profundas y una linterna pequeña en la mano.

—Rápido —musitó—. Antes de que cambie la ronda.

Entraron.

La cocina olía a lejía, a sopa recalentada y a algo dulce y mortecino, el olor de los sitios donde la gente espera sin esperanza. Inés cerró la puerta con cuidado y se volvió hacia Amely, mirándola de arriba abajo con una intensidad que la incomodó.

—Eres tú —dijo en voz baja—. Eres la que estuvo en la habitación doce.

—¿Disculpa?

—Hace cinco años. Yo era auxiliar de planta, recién contratada. Te vi llegar en camilla, con la cabeza vendada. Nadie podía acercarse a ti. —Inés tragó saliva—. Siempre me pregunté qué había pasado con esa muchacha.

—Aquí estoy —respondió Amely, y la voz le salió más ronca de lo que esperaba.

Inés asintió, como quien confirma un recuerdo guardado en una gaveta cerrada.

—Seguidme. La cámara del pasillo principal se apaga a las cuatro y cuarto durante la revisión del generador. Es el único rato en que nadie nos ve.

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Los pasillos de Santa Aurelia eran largos, blancos, silenciosos. La luz de emergencia teñía las paredes de un verde enfermizo, y cada pocos metros había una puerta numerada con una placa de bronce. Se oían respiraciones, un pitido lejano de monitor, el murmullo de una televisión olvidada en algún cuarto.

Subieron por la escalera de servicio hasta la segunda planta. Inés se detuvo al llegar al rellano y espió por la rendija de la puerta de seguridad.

—Despejado. —Pasó una tarjeta magnética por el lector—. Doctor Quiroga duerme en el ala oeste. Los guardias están en la entrada. Tenemos el pasillo para nosotras.

Cruzaron el umbral.

Amely sintió que el suelo bajo sus pies cambiaba de textura, como si pisara por primera vez un lugar que ya conocía. Las paredes eran idénticas a las de cualquier hospital, pero algo en el olor, en la luz, en el eco de sus propios pasos, le provocó un mareo súbito.

Estuve aquí.

Cada puerta le devolvía un fragmento. Una camilla con una rueda rota. Un cuadro de una marina colgado torcido. Una mano que le acariciaba la frente mientras una voz de mujer murmuraba ya pasó, ya pasó.

Se detuvo ante una puerta marcada con el número doce.

—Esa fue la tuya —dijo Inés, sin mirarla.

Amely apoyó la mano en el marco de madera. Cerró los ojos.

Ocho meses sin visitas.

Tu madre venía cada quince días y no entraba a verte.

—Sigamos —dijo con la voz tensa.

Al final del pasillo, una puerta idéntica a las demás tenía una placa más desgastada. 14. Por la rendija inferior se filtraba una línea de luz tenue.

Marta puso la mano en el picaporte. Se volvió hacia Amely con una pregunta muda en los ojos.

—Abre —susurró ella.

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La habitación estaba casi a oscuras.

Una lámpara de noche de luz anaranjada iluminaba una cama de barandillas metálicas, un monitor que pitaba con pausas largas y una silla de plástico en la que alguien había dejado un abrigo de lana y un rosario. Sobre la cama, bajo una sábana blanca, yacía una muchacha de rostro ceniciento.

Era muy joven. O lo había sido. Tendría veinticinco años y parecía de cuarenta y de quince a la vez, con las mejillas hundidas, los labios resecos y una trenza oscura y delgada sobre la almohada. Una sonda le entraba por la nariz. Tenía las manos descarnadas sobre el pecho, como las de una santa de cera.

Amely se quedó clavada junto a la puerta.

—Lucía —murmuró.

No sabía por qué había pronunciado ese nombre con tanta ternura. No la conocía. O quizá sí.

Dio un paso, luego otro, hasta quedar junto a la cama. Con dedos temblorosos tocó la mano de la joven. Estaba tibia.

—Lucía, soy Amely. —Se le quebró la voz—. No me conoces, o quizá sí. Hemos venido a sacarte de aquí.

El monitor siguió pitando a su ritmo lento.

—¿Cuántos años lleva así? —preguntó Marta en voz baja, junto a ella.

—Seis —respondió Inés desde la puerta—. Y en todo este tiempo, solo su madre ha venido. Todas las tardes. Se queda hasta que el guardia la echa.

—¿Dónde está ahora?

—Se fue a dormir a casa de una vecina. Le dije que esta noche no hacía falta que se quedara. —Inés bajó la mirada—. Quería que no estuviera presente si algo salía mal.

Amely cerró los dedos sobre la mano de Lucía.

—Escúchame —dijo, inclinándose hacia ella—. Sé que me oyes. Sé que estás ahí dentro. Nicolás Ibarra está fuera, esperándote. Dice que lo siente. Dice que debió hablar hace seis años. Y yo...

Se detuvo. Le ardían los ojos.

—Yo también debí recordar antes.

Un silencio largo cayó sobre la habitación.

Entonces el monitor, que llevaba seis años latiendo con regularidad, aceleró su ritmo.

Pip. Pip. Pip-pip. Pip-pip.

—Se está alterando —dijo Marta, acercándose al aparato—. Su pulso sube.

—Lucía. —Amely apretó la mano con más fuerza—. Lucía, si me oyes, aprieta.

Los dedos delgados se movieron.

Primero un temblor, apenas visible. Después una presión débil, lenta, que le cerró la mano alrededor de la de Amely con una fuerza que parecía imposible en ese cuerpo.




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