El marido de mi hermana.

Capítulo 9: Lo que el mar devolvió

El túnel olía a sal, a hierro oxidado y a siglos de humedad.

Inés abrió paso con la linterna, y detrás de ella Marta y Amely empujaban una vieja silla de ruedas que habían rescatado del sótano, con Lucía envuelta en dos mantas y la cabeza apoyada contra el respaldo. La cama de la habitación catorce se había quedado atrás, junto a la puerta que los guardias golpeaban con un ariete improvisado. Cada embestida llegaba al túnel como el latido de un corazón enorme.

—¡Más rápido! —jadeó Inés—. La madera no aguantará mucho.

—La silla se atasca —respondió Marta, con el rostro cubierto de sudor.

Las ruedas chirriaban sobre el suelo irregular. Sobre sus cabezas goteaba una humedad fría que les caía en la nuca, y el eco multiplicaba sus pasos hasta convertirlos en una multitud fantasma.

Amely caminaba pegada a Lucía, con una mano sobre su hombro. La joven mantenía los ojos entreabiertos y respiraba con un silbido débil. A veces murmuraba palabras sueltas, *rosal*, *rojo*, *invernadero*, y Amely le apretaba el hombro y le decía que ya faltaba poco.

Pero la cabeza de Amely estaba en otro lugar.

Estaba en un fotograma diminuto, oscuro, donde un hombre de cabello revuelto se escondía entre dos barcas mientras una mujer de abrigo rojo sostenía una cámara.

*Nicolás.*

Había confiado en él. Se había dejado llevar en una lancha en plena tormenta, había compartido café con él en la proa, le había dicho que su deuda podía pagarse. Y durante todo ese tiempo, él sabía algo que no le había contado.

—Amely. —Marta le tocó el brazo—. Estás muy callada.

—Estoy pensando.

—¿En el negativo?

—En todo.

—Vas a hablar con él en cuanto lleguemos.

—Sí.

—Y vas a escucharlo antes de juzgarlo.

Amely la miró de reojo.

—¿Por qué lo defiendes?

—No lo defiendo. —Marta sonrió, cansada—. Pero he visto a mucha gente mentir por miedo y a otra mentir por conveniencia. Casi siempre se parecen desde fuera. Por dentro, no tanto.

—¿Y cómo se distingue?

—Esperando a que terminen de hablar.

---

Una reja oxidada cerraba el final del túnel. Inés la empujó con el hombro hasta que cedió con un gemido de bisagras, y un aire frío y salado les golpeó la cara.

Habían salido a una cueva baja, abierta al mar, donde las olas entraban y salían con un rugido manso. Fuera, el cielo empezaba a clarear, y una luz perlada recortaba la silueta del embarcadero hundido. Al fondo, a lo lejos, se adivinaba la mancha oscura de una barca de pesca.

—¡Anselmo! —gritó Marta.

Amely sacó la linterna del bolsillo y la agitó tres veces, corto, corto, corto.

La barca respondió con un destello. Poco a poco se fue acercando, con el motor ronroneando, hasta que la proa tocó las tablas podridas. En cubierta, con el impermeable amarillo pegado al cuerpo, Anselmo tendía una cuerda. Junto a él, con el rostro blanco como el papel, estaba Nicolás.

—¿Las encontraron? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Está...?

—Está viva —respondió Marta—. Ayúdanos a subirla.

Nicolás saltó al embarcadero sin esperar respuesta. Se agachó junto a la silla, y cuando vio el rostro de Lucía, demacrado, con los ojos entreabiertos, se le doblaron las rodillas. Se quedó de rodillas sobre la madera mojada, temblando.

—Lucía —susurró—. Dios mío, Lucía.

La joven giró la cabeza con esfuerzo. Lo miró un largo instante, con una expresión que Amely no supo descifrar.

—Nico... —murmuró—. Pesas... menos.

—¿Qué?

—Antes... eras más gordo.

Una risa quebrada, entre sollozos, escapó del pecho de Nicolás. Escondió la cara en la manta, sobre las manos de ella, y lloró en silencio, con los hombros sacudidos, mientras Marta e Inés los miraban sin saber qué decir.

Amely se quedó a un lado, con el negativo quemándole en el bolsillo.

*No es el momento.*

*Pero lo será.*

---

Subieron a Lucía a la barca entre los tres, la acomodaron en el camarote con dos mantas y un termo de caldo. Inés se quedó con ella. Anselmo soltó amarras y el motor rugió suavemente, alejándolos de la costa justo cuando, arriba, en lo alto del acantilado, se encendieron los focos de Santa Aurelia y una sirena empezó a aullar.

—Nos buscarán por mar —advirtió Anselmo—. Pero tardarán una hora en organizarse.

—¿Adónde vamos?

—A San Telmo. Es el único lugar donde pueden esperarnos sin ser vistos.

Amely asintió. Después se giró hacia Nicolás, que seguía sentado en la proa con la mirada perdida en el mar.

—Tenemos que hablar.

Él alzó la cabeza. Algo en su tono debió de advertirle de lo que venía, porque se puso en pie despacio, sin protestar.

—Dime.

Amely sacó la tira de negativos del bolsillo y la sostuvo contra la luz del amanecer. Los fotogramas se encendieron uno a uno, pequeños, invertidos, como una constelación rota.

—Este es el carrete de mi cámara. Lo revelé en el sótano de la clínica. —Le tendió el último fotograma—. Mira el fondo.

Nicolás tomó el negativo con dedos temblorosos y lo acercó a los ojos. Pasaron varios segundos. El color le abandonó el rostro, y cuando bajó la mano, los labios le temblaban.

—Amely...

—Eres tú. Escondido entre dos barcas, tres semanas antes de mi cumpleaños. Con Amanda.

—No es lo que parece.

—Me dijiste que solo supiste de mí la noche del jardín.

—No te lo dije exactamente así.

—Me lo diste a entender.

Nicolás cerró los ojos. Cuando habló, su voz fue baja, rota.

—Tienes razón. Te lo oculté. Y tengo una explicación, pero no creo que te guste.

—Empieza.

—Amanda me pidió que la llevara a Vallmar. —Tragó saliva—. Tres semanas antes de tu cumpleaños. Me dijo que quería darte una sorpresa. Que tenía algo para ti, un regalo, y que no quería que la familia se enterara. Me pidió que condujera porque su coche estaba en el taller.

—¿Y tú no sospechaste?

—Yo estaba enamorado de ella. —Rió sin humor—. Era capaz de creer que una tormenta era un día soleado si ella lo decía. La llevé. Se bajó en el malecón, me dijo que esperara escondido junto a las barcas, y desapareció por una calle lateral. Volvió cuarenta minutos después, con una cámara en las manos. Estaba sonriendo.




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