El marido de mi hermana.

Capítulo 9/2: El cerco

El motor de la barca no volvió a arrancar.

Anselmo giró la llave siete veces, golpeó el panel con la palma, escupió una maldición antigua que Amely no entendió y abrió la tapa del compartimento. Una nube de humo negro y olor a gasolina quemada le envolvió la cara. Tosió, se apartó y se quedó mirando el aparato con la expresión de quien despide a un viejo amigo.

—Se ha ahogado del todo —dijo—. Necesita media hora para enfriarse. Y no tenemos media hora.

—¿Remos? —preguntó Nicolás.

—Contra una lancha de motor. —El anciano sonrió con tristeza—. Ánimo no nos falta, muchacho, pero eso no mueve una barca.

Detrás de ellos, la lancha federal avanzaba sin prisa, dueña absoluta de la situación. Ya no necesitaba apurarse. Los agentes de los chalecos naranjas se habían colocado en la proa, con las armas bajas pero listas, y el hombre de la gabardina gris seguía medio oculto tras la columna de la cabina, observando a Amely con una paciencia que le revolvió el estómago.

—Se están acercando despacio para que veamos que no hay escapatoria —murmuró Marta.

—Es una forma de intimidar —dijo Nicolás—. Funciona.

Amely se apoyó en la baranda y respiró hondo. Alrededor, el mar se había vuelto de un gris sucio, sin brillo, y el viento empezaba a levantar crestas de espuma cada vez más altas. Al norte, la línea oscura que Anselmo había señalado ya no parecía una cicatriz sobre el horizonte. Parecía una pared.

—¿Cuánto falta para que llegue la tormenta?

—Veinte minutos, quizá menos. —Anselmo se pasó una mano por la barba blanca—. Y será de las malas. Esas no avisan dos veces.

—Entonces nos puede salvar —dijo Amely.

Todos la miraron.

—Si la tormenta rompe antes de que nos aborden, esa lancha tendrá que dar la vuelta. Es más ligera que esta barca. Con olas grandes, no podrán acercarse sin volcar.

—Y nosotros nos hundiremos con el motor muerto —replicó Marta.

—Quizá. Pero tampoco podemos rendirnos sin intentar algo.

Anselmo la observó un largo momento, con aquellos ojos claros que habían visto pasar cuarenta años de temporales. Después, despacio, una sonrisa le arrugó la cara.

—Tienes la cabeza de tu abuela, niña. Odette habría dicho exactamente lo mismo.

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Lo primero que hizo Anselmo fue abrir un baúl de madera que había bajo el banco de popa y sacar una bengala naranja.

—Esto —dijo, sosteniéndola en alto— es mi último recurso. Cuando la dispare, la lancha federal la verá. Pero también la verán otros.

—¿Qué otros? —preguntó Nicolás.

—Los que me deben favores. —El viejo comprobó el seguro con manos expertas—. En cuarenta años, he sacado del agua a medio pueblo. Cuando una barca de Vallmar lanza una bengala naranja, todas las que estén a tiro de radio acuden. Es una ley no escrita del mar.

—¿Y si la Guardia Costera las detiene?

—No pueden detenerlas a todas.

—Pero tardarán horas en llegar.

—No tantas como piensas. Casilda lleva desde ayer pasando la voz por la radio. —Anselmo sonrió con picardía—. Esa mujer es capaz de convocar a una flota entera con un solo mensaje.

Amely sintió que algo se aflojaba en su pecho. Hacía mucho que no experimentaba una emoción tan simple y tan poderosa: la de saber que, en algún lugar de aquel mar helado, había personas dispuestas a poner su barca entre ella y el peligro.

—No sé cómo agradecerles esto.

—Con una taza de café en la casa blanca de ventanas azules —dijo Marta, repitiendo sus propias palabras del andén.

—Con eso y con mucho más.

—Entonces sobrevive —replicó el anciano—. Es la mejor forma de pagar.

Quitó el seguro, levantó el brazo y apretó el gatillo.

La bengala salió disparada con un silbido agudo y estalló sobre sus cabezas en una flor de fuego anaranjado que tiñó la bruma de un resplandor sangriento. Durante unos segundos, el mar entero pareció encenderse. Las olas brillaron como láminas de cobre. Los rostros de los agentes de la lancha se iluminaron, y el hombre de la gabardina gris, por primera vez, dio un paso al frente.

—Ya está —dijo Anselmo, con calma—. Ahora, a esperar.

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En la mansión Amersfoort, el reloj del vestíbulo marcó las siete y veinte de la mañana.

Helena Amersfoort llevaba despierta desde las cinco. Sentada en el borde de su cama, con la bata puesta y el teléfono entre las manos, miraba la pantalla sin atreverse a tocarla. Había recibido el mensaje hacía cuarenta minutos y todavía no había podido moverse.

*"El rosal. Ahora."*

Tres palabras. Ninguna firma. No hacía falta.

Cuando por fin se levantó, tenía las piernas entumecidas. Cruzó el pasillo con pasos rígidos, abrió la puerta del despacho de su marido sin llamar y lo encontró dormido en el sillón de cuero, con una copa vacía en la mano y la corbata deshecha.

—Ricardo.

El hombre abrió los ojos con dificultad.

—¿Qué hora es?

—Las siete y veinte. Levántate.

—Helena, por Dios...

—Levántate. Amanda me ha escrito.

Algo en su voz lo despertó del todo. Ricardo se incorporó, se frotó la cara con las manos y le tendió la mano para que le diera el teléfono. Leyó el mensaje en silencio, y el color le abandonó el rostro.

—Dios mío.

—Ha pasado algo. Algo grave. —Helena se paseaba por la alfombra con los brazos cruzados—. Hace una hora recibí una llamada de Quiroga. Me dijo que Amely y esa enfermera se habían llevado a Lucía Varela de la clínica. Que la niña despertó y habló.

—Eso es imposible.

—Es verdad. Y hay más. —Se detuvo frente a él—. La policía tiene una orden para excavar el invernadero.

—¿Quién la pidió?

—Adriano.

Ricardo se quedó inmóvil.

—Adriano no sabe nada.

—Ya no es así. —La voz de Helena tembló por primera vez en muchos años—. Algo ha cambiado, Ricardo. Y Amanda me ha mandado un mensaje de tres palabras que solo puede significar una cosa.

El padre de familia se levantó despacio, con las manos temblando. Miró por la ventana hacia el jardín, donde la luz grisácea de la mañana bañaba los setos recortados y el viejo invernadero de cristal, con su techo cubierto de hiedra.




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