Las barcas de Vallmar fueron llegando una a una, como si el mar las hubiera ido soltando de entre la bruma.
Primero apareció la de Casilda, un bote panzudo de casco verde con una bandera de santos clavada en la proa, y detrás una docena más: pesqueros de redes húmedas, lanchas de remos, un viejo velero sin mástil que alguien llevaba a remolque. En cubierta, hombres de rostro curtido y mujeres envueltas en chaquetas de lana miraban a los agentes federales sin pronunciar palabra. No llevaban armas. Llevaban garfios, remos y esa quietud pesada de la gente que ha pasado la vida peleando con el mar y no se asusta de nadie que vaya de uniforme.
—¡Suelten a la niña de Odette! —repitió Casilda, con el megáfono de hojalata temblándole en las manos—. ¡Aquí nadie se lleva a nadie sin pasar antes por nosotros!
El agente que había saltado a la barca de Anselmo miró a sus compañeros con el arma a medio levantar. Alrededor de la barca, las embarcaciones cerraban un círculo irregular, pegadas casco con casco, sin dejar un solo hueco por el que pudiera colarse una lancha federal.
—Esto es un asunto oficial —dijo el agente, con la voz menos firme de lo que pretendía—. Obstruyen una orden judicial.
—¿Qué orden? —gritó una voz desde un pesquero—. ¡Enséñala!
—Está en trámite.
—¡Pues cuando la tengas, vuelves!
Un murmullo de risas ásperas recorrió las barcas. En la lancha federal, el hombre de la gabardina había dejado de sonreír. Bajó el teléfono despacio, escudriñó el círculo de pescadores y calculó, con la frialdad de quien cobra por no equivocarse, que aquello ya no era una detención. Era un motín.
—Retirada —ordenó en voz baja.
—Pero señor...
—Retirada. Ahora.
El agente de la barca de Anselmo retrocedió con las manos en alto, saltó de vuelta a la lancha y los ganchos de abordaje cayeron al agua uno tras otro. El motor federal rugió. La embarcación viró en redondo, levantando una cortina de espuma, y se alejó hacia el sur con las luces azules todavía encendidas.
Amely se dejó caer de rodillas sobre la cubierta. Le temblaban las piernas. Nicolás se arrodilló a su lado y le puso una mano en el hombro, sin decir nada.
—Se han ido —murmuró ella.
—Por ahora.
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Pocos minutos después, una silueta gris y alargada emergió de la lluvia por el este.
Era un guardacostas de verdad, con el casco pintado de blanco y rojo y el escudo oficial en la proa. Su altavoz sonó con una autoridad que nada tenía que ver con la de la lancha anterior.
—*Atención, embarcaciones civiles. Aquí la Guardia Costera. Mantengan la posición. Repetimos: mantengan la posición y no intervengan.*
—Ahora sí que se han liado —masculló Anselmo.
Un oficial de barba cana y gorra empapada se asomó a la baranda del guardacostas con un papel en la mano.
—*Busco a la señorita Amely Amersfoort. Tengo instrucciones de escoltarla a tierra bajo protección del juez de guardia. Hay una orden firmada hace veinte minutos por la magistrada Ibáñez.*
Marta soltó una risa nerviosa, entre aliviada e incrédula.
—Julián. Lo ha conseguido.
—¿Es de fiar? —preguntó Amely, con el corazón en la garganta.
—Eso lo sabremos cuando suba.
Subió. Fue un trayecto corto, con una escalera de cuerda y las manos de dos marineros jóvenes que la ayudaron a pasar la borda. El oficial la recibió con un saludo seco y una mirada que no escondía cierta compasión.
—Capitán Ruiz. —Le tendió la orden—. Señorita, lamento el trato que ha recibido. La lancha que la perseguía no estaba autorizada. Su matrícula pertenece a una empresa de seguridad privada con licencia caducada.
—¿Quién la contrató?
—Eso se investigará.
—Fue mi hermana.
El capitán la miró con una expresión neutra, profesional.
—Eso también se investigará.
Amely bajó la vista a la orden. Al pie, junto a la firma de la magistrada, había una línea escrita a mano con tinta azul: *Solicitado por Adriano Ferrer. Prioridad máxima.*
Le dolió la garganta al leerlo.
—¿Mi cuñado pidió esto?
—Su cuñado, su abogado y una cantidad considerable de personas que no se dejan mandar fácilmente. —El capitán sonrió apenas—. Su amiga de la megafonía tampoco ha ayudado a que nadie se olvide de usted.
Desde el pesquero verde, Casilda agitaba el megáfono con orgullo.
Amely se llevó las manos a la boca y rió, por primera vez en días, con una risa que le salió rota y sincera.
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La mansión Amersfoort estaba rodeada por seis coches de policía cuando la pala golpeó la tierra del invernadero.
La mañana había levantado un sol pálido sobre los jardines. Los setos recortados brillaban de humedad. En el centro del cristal sucio del viejo invernadero, junto a un mostrador lleno de macetas muertas, crecía un rosal blanco de tronco grueso y flores marchitas que nadie se había atrevido a podar en cinco años.
Dos agentes con guantes de goma cavaban en círculo, retirando la tierra capa por capa. Un tercero iluminaba el agujero con una linterna. A un lado, con el semblante gris y los brazos cruzados, esperaba el inspector jefe, un hombre de cuarenta años llamado Salazar.
Adriano estaba de pie junto a la puerta, con las manos hundidas en los bolsillos. A su lado, Julián revisaba un expediente que ya había leído tres veces.
Amanda se había sentado en un banco de hierro, con las piernas cruzadas y un abrigo sobre los hombros. Mantenía el gesto sereno de quien asiste a una función aburrida. Pero los dedos de su mano derecha se retorcían sobre una cadenita de oro, y Adriano notó que la había estado girando durante veinte minutos sin parar.
Helena y Ricardo Amersfoort ocupaban dos sillas de mimbre junto a la entrada, flanqueados por un abogado de traje oscuro que no hablaba. Él, con la mirada hundida. Ella, con la espalda recta como un mástil y el rostro inexpresivo.
—Tenemos algo —dijo uno de los agentes.