El marido de mi hermana.

Capítulo 11: La casa de Odette

La noche cayó sobre Vallmar con un cielo limpio y una luna a medio llenar.

Después de la tormenta, el pueblo olía a tierra mojada y a leña. En las ventanas se encendían las lámparas una a una, y desde el malecón llegaba el murmullo tranquilo de las redes que los pescadores recogían. Nadie hablaba de otra cosa que no fuera la bengala naranja, la lancha federal y la niña de Odette que había vuelto.

En la cocina de Casilda, alrededor de una mesa cubierta de mapas, tazas y un plato de pan duro, se reunían los que habían decidido entrar en la casa.

—Dos coches —informó Nicolás, que había estado vigilando desde una azotea—. Uno en la curva de la carretera y otro junto al camino de la colina. Cuatro hombres en total. Se turnan cada tres horas.

—El próximo cambio es a las diez —dijo Casilda—. Entre una cosa y otra, tardan veinte minutos en relevarse.

—Veinte minutos —repitió Adriano, inclinado sobre el plano que Anselmo había dibujado de memoria—. Con eso tenemos que entrar, buscar y salir.

—No hace falta que busquemos mucho. —Marta señaló una cruz sobre el dibujo—. Si Helena movió algo hace cinco años y lo escondió en casa de su madre, tuvo que ser en un lugar que solo ella conociera.

—El desván —dijo Casilda.

Todos se volvieron hacia ella.

—Odette tenía una trampilla en el techo de su dormitorio. Siempre estaba cerrada con un cerrojo. Decía que guardaba allí los recuerdos de la familia. Nunca dejó que yo subiera. —Se santiguó—. Ni siquiera cuando se estaba muriendo.

—¿Y Helena sabía?

—Helena subía de niña. Y después de casada, cuando venía de visita con su marido, siempre se encerraba un rato en esa habitación. Yo pensé que era por nostalgia. —Casilda apretó los labios—. Ahora ya no estoy tan segura.

Amely, sentada en un rincón con las manos sobre las rodillas, no había dicho nada desde la tarde. Seguía viendo unos ojos grises tras el cristal de un coche, unos labios que formaban una palabra.

*Hija.*

—Casilda —dijo al fin—. La mujer que viste esta tarde, la que bajó del sedán. ¿A quién viste?

La anciana tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz sonó como si saliera de un pozo.

—A una muchacha que murió hace veinte años.

—¿Quién era?

—Sofía. —El nombre cayó sobre la mesa con un peso extraño—. La hermana pequeña de Helena. La otra hija de Odette.

Nadie se movió.

—Mi madre tuvo una hermana —murmuró Amely.

—Tuvo, hasta que dijeron que había muerto en un viaje al extranjero. —Casilda se secó los ojos con el delantal—. Era dulce y delicada, y se parecía tanto a Odette que cuando entraba en una habitación parecía que volvía la juventud. Un día se marchó a la ciudad a vivir con Helena, y a los tres meses nos llegó la noticia de su muerte. Odette no se levantó de la cama en un año. Nunca vimos el cuerpo.

—Nunca vieron el cuerpo —repitió Adriano, despacio.

—Ni una tumba, ni una lápida, ni una carta. —La voz de Casilda se quebró—. Y esta tarde la vi a ella. Con veinte años más, pero con los mismos ojos. Los de Odette.

Amely sintió que algo se movía muy hondo en su pecho, como una pieza que durante años había estado sujeta con alfileres y de repente se soltaba.

—Entonces hay que entrar esta noche —dijo.

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A las diez menos cuarto, un pescador llamado Telmo salió de su casa con una caña de pescar al hombro y una botella de aguardiente bajo el brazo.

Caminó por el camino de la colina con paso tambaleante, cantando una habanera desafinada. Cuando llegó a la altura del primer coche, se detuvo, sacó dos vasos de plástico del bolsillo y golpeó la ventanilla.

—¡Buenas noches, caballeros! ¡Nada como un traguito para espantar el frío!

El hombre del volante bajó el cristal unos centímetros.

—Circule, abuelo.

—Pero si es de la buena. —Telmo le acercó el vaso con una sonrisa desdentada—. Hoy ha sido un día muy largo. Y hay fiesta en el puerto, ¿no lo saben? Están sacando las sardinas a la brasa.

El conductor miró a su compañero. En el asiento trasero, un hombre de gabardina gris se inclinó hacia delante.

—No hemos venido a beber.

—Entonces a comer. —Telmo siguió hablando con una alegría imperturbable—. Aquí en Vallmar se cuida a los forasteros. Hay sardinas y vino hasta las tantas.

Mientras el pescador distraía a los vigilantes, tres sombras bajaban por el sendero trasero, entre las hortensias secas y los muros de piedra. Amely iba delante, con una linterna apagada en la mano. Detrás, Adriano la protegía con el cuerpo. Cerraba la marcha Nicolás, que había insistido en acompañarlos pese a las objeciones de todos.

—Por aquí —susurró Amely, deteniéndose junto a la puerta de la cocina.

—¿Cómo sabes que es esta?

—No lo sé. Pero mis pies sí.

Adriano la miró con una mezcla de ternura y asombro. Sacó de su bolsillo una ganzúa que le había prestado Julián, aunque ya sospechaba que no iba a hacer falta. Antes de que pudiera usarla, la puerta cedió sola, con un chasquido suave.

Alguien la había abierto desde dentro.

Los tres se quedaron quietos. Del interior de la casa llegaba un olor intenso a lavanda y a papel viejo, y en la penumbra de la cocina, al fondo, se distinguía el brillo tenue de una vela.

—Adelante —dijo una voz de mujer, suave, cansada—. Os estaba esperando.

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La mujer del abrigo claro estaba sentada junto a una mesa de madera, con las manos juntas sobre el regazo y un sombrero oscuro apoyado a su lado. Sin el cristal tintado del coche, a la luz de la vela, su rostro parecía más joven y más frágil. Tendría unos cincuenta años. Tenía el cabello castaño con hebras de plata, la piel muy pálida y unos ojos grises, hundidos, que miraban a Amely como se mira algo que se ha perdido y no se espera recuperar.

Amely se detuvo en el umbral.

—Eres tú —dijo—. La que estaba en el coche.

—Sí.

—¿Quién eres?

La mujer sonrió con una tristeza inmensa.




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