El marido de mi hermana.

Capítulo 11/2: Veinte minutos

Las luces del coche barrieron la fachada de la casa y se detuvieron un segundo sobre los postigos cerrados del dormitorio. Después siguieron de largo, hacia el camino principal, y la habitación volvió a quedar iluminada solo por la linterna de Nicolás.

—Se han detenido en la cancela —susurró él, pegado a la ventana—. Dos hombres bajan del coche. El de la gabardina está hablando por teléfono.

—¿Cuánto tardarán en llegar a la puerta? —preguntó Adriano.

—Cinco minutos. Quizá menos.

Adriano dobló la carta de su padre con cuidado y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al pecho. Sus manos todavía temblaban, pero cuando habló lo hizo con una calma que sorprendió a todos.

—Lo leeré con tranquilidad cuando salgamos de aquí. Ahora tenemos que decidir qué nos llevamos.

—Todo lo del baúl —dijo Sofía—. Es lo único que prueba lo que Helena hizo.

—Pesa demasiado —objetó Nicolás.

—Entonces lo esencial. —Amely se había puesto en pie, y la voz le salió firme, la de alguien que ha llorado todo lo que tenía que llorar y ya solo piensa en lo que viene—. El certificado de nacimiento, la pulsera, las cartas de la abuela, las fotografías. El resto puede esperar.

Se arrodilló junto al baúl y empezó a seleccionar papeles con las manos precisas de quien ha pasado años clasificando páginas frágiles. Sofía se agachó a su lado, y por un instante las dos movieron los dedos al mismo ritmo, con el mismo gesto de separar un folio de otro sin rozar los bordes.

Adriano las observó en silencio. Tenían las mismas manos.

—Aquí —dijo Marta, tendiéndole un bolso de lona que había sacado del armario de Odette—. Mételo todo en esto. Parecerá una bolsa de la compra.

Cargaron los documentos, cerraron el baúl y lo empujaron bajo la cama. Nicolás volvió a colocar la trampilla en su sitio, dejó caer el cerrojo y bajó de la silla de un salto.

—¿Por dónde salimos?

—Por donde entramos —respondió Amely—. La cocina, el sendero de las hortensias, el muro trasero.

—Es lo primero que vigilarán.

—Entonces por otro lado.

Todos se volvieron hacia Sofía.

—Hay un pasadizo —dijo ella, despacio—. Detrás del aparador del comedor. Lo cavó mi padre cuando yo era niña, para esconder el contrabando que traía de la costa. Baja hasta una gruta que da a la playa de las Hermanas.

—¿Aún existe? —preguntó Adriano.

—Tendría que existir. —Sonrió con tristeza—. Helena nunca supo de él. Mi padre lo hizo un verano en que ella estaba de viaje.

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Se movieron en silencio por el pasillo oscuro, con la linterna apagada y la mano de Amely apoyada en la pared. Cada paso levantaba un olor distinto: cera vieja, humedad, flores secas. En el comedor, las sillas estaban cubiertas con sábanas blancas que parecían figuras sin rostro.

—Ayúdame con esto —susurró Sofía, agarrando un aparador de nogal tan pesado como una barca.

Adriano y Nicolás empujaron por los costados. El mueble se deslizó sobre el suelo con un gemido de madera, y en la pared que había tras él apareció una portezuela baja de tablas negras, con un picaporte de hierro.

—Mi padre solía decir que cada casa necesita un secreto —murmuró Sofía.

Abrió la puerta. De la oscuridad subió una bocanada de aire frío, cargado de sal.

—Yo primero —dijo Nicolás.

—No. —Adriano lo sujetó del brazo—. Primero las mujeres y después tú y yo. Si hay alguien esperando, que nos encuentre a nosotros.

—Nadie espera —dijo Sofía—. Nadie conoce este camino.

Pero antes de que ninguno pudiera moverse, un golpe seco resonó en la puerta principal.

Tres golpes. Medidos. Educados.

—*Señorita Amersfoort* —dijo la voz que Amely conocía desde el tren, la misma que había oído tras la puerta del departamento—. *Sé que está dentro. La he visto entrar por la cocina.*

Nadie respiraba.

—*No quiero hacer esto por las malas. Su familia solo desea que vuelva a casa.*

—¿Cuánto tiempo tenemos? —susurró Marta.

—Hasta que derriben la puerta —respondió Nicolás.

—Entonces bajemos.

Amely fue la primera en cruzar el umbral. Los peldaños eran de piedra, húmedos y resbaladizos, y se perdían en una oscuridad que parecía respirar. Dio tres pasos, cuatro, y sintió detrás los pasos de Sofía, ligeros, casi infantiles, bajando con el mismo cuidado que ella.

Cuando Adriano entró el último, volvió a cerrar la portezuela y le echó el pestillo por dentro. Después, entre los dos hombres, devolvieron el aparador a su sitio con un empujón sordo. Quedaron a oscuras.

—¡Ahora! —gritó la voz al otro lado de la casa.

Un estruendo sacudió las paredes. La puerta principal cedía.

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El pasadizo era estrecho, bajo, tallado en roca viva. Las paredes goteaban. Amely avanzaba con una mano extendida y la otra aferrada al bolso de lona, guiándose por el sonido del mar que crecía a cada paso.

Detrás, la respiración agitada de Sofía.

—¿Estás bien? —preguntó Amely.

—Hacía treinta años que no pisaba este lugar.

—Si prefieres que...

—No. —Sofía le apretó la muñeca en la oscuridad—. Hija, he esperado media vida para bajar por este túnel con alguien a mi lado. No pienso soltarte.

Amely sintió que se le cerraba la garganta. Siguió caminando sin decir nada, con la mano de su madre aferrada a su muñeca y el eco de las botas masculinas resonando atrás.

Sobre sus cabezas, amortiguados por la piedra, se oían pasos. Muchos pasos. Cajones arrancados, puertas golpeadas, voces que gritaban órdenes. Alguien tiró un mueble. Alguien rompió un cristal.

—Están registrándolo todo —murmuró Marta.

—No encontrarán nada —dijo Adriano—. Tenemos lo importante.

—Se darán cuenta del baúl.

—Quizá. Pero para entonces estaremos lejos.

El túnel se ensanchó de repente. Amely tropezó con un escalón y estuvo a punto de caer, pero una mano grande y firme la sostuvo por el codo.

—Despacio —dijo Adriano, en voz muy baja—. Casi hemos llegado.




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