La sala de interrogatorios era más pequeña de lo que Amely había imaginado.
Cuatro paredes de un blanco sucio, una mesa de acero atornillada al suelo, dos sillas y una cámara en el techo con una lucecita roja que parpadeaba cada pocos segundos. No había ventanas. El aire olía a café frío y a desinfectante, y el zumbido del fluorescente se le metía en la cabeza como un insecto.
Amanda estaba sentada al fondo, con las manos juntas sobre la mesa. Sin el abrigo beige ni el maquillaje impecable, parecía otra persona. Llevaba el cabello recogido en una coleta floja, la piel pálida y un jersey gris que alguien le había prestado. Pero la espalda seguía recta y los ojos, esos ojos claros que Amely había visto brillar en tantas fiestas, no habían perdido la capacidad de sostener una mirada.
—Viniste —dijo.
—Dijiste que tenías algo que enseñarme.
—Siéntate, por favor.
Amely se sentó. A su lado, una abogada de oficio de unos treinta años, con gafas redondas y una libreta, se acomodó en silencio. Detrás del cristal, Amely sabía que la observaban la magistrada, Julián, Adriano y su madre. Había insistido en entrar sola. Nadie había discutido.
Durante un minuto largo ninguna habló. Se oía el parpadeo eléctrico de la cámara y la respiración contenida de la abogada.
—Estás más delgada —dijo Amanda al fin.
—Han sido unos días largos.
—Lo sé. Yo los he hecho más largos. —Sonrió con una tristeza que no parecía ensayada—. No te pido que me perdones. Solo que me dejes hablar hasta el final.
—Habla.
Amanda bajó la mirada hacia sus manos.
—Cuando tenía diecisiete años, subí al desván de la casa de la abuela Odette buscando un vestido antiguo para una fiesta de disfraces. Encontré un baúl. Dentro había cartas, fotografías y una pulsera de hospital. —Hizo una pausa—. Leí el certificado de nacimiento tres veces antes de entender lo que decía.
—Que yo era hija de papá.
—Que mi padre había tenido una hija con la hermana de mamá y que mamá la había robado. —Amanda levantó la vista—. Que tú eras mi hermana de verdad, solo por parte de padre. Y que yo había crecido creyendo que eras una intrusa.
—Siempre me trataste como a una intrusa.
—Sí.
La palabra cayó sobre la mesa sin adorno. Amely sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Esperaba una excusa. Recibió un reconocimiento, y eso dolía más.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque me daba miedo quererte.
Amely la miró sin entender.
—Desde niña vi cómo mamá te miraba —continuó Amanda, con la voz muy baja—. Con una dureza que yo no entendía. Y pensé que si yo era perfecta, mamá me querría por encima de ti. Que si me portaba como ella quería, me salvaría de lo que tú sufrías. —Se le quebró la voz—. Cuando descubrí el baúl, entendí que ese desprecio no era contra ti. Era contra lo que tú representabas. Pero ya era tarde. Ya estaba atrapada en el papel.
—Podías haberme dicho la verdad.
—Tenía diecisiete años y una madre que sabía romper a las personas con una frase. —Amanda soltó una risa seca—. Guardé el secreto cinco años. Cada vez que te veía llegar de Vallmar, feliz, con esa luz que tenías, me acordaba de lo que había leído y no podía mirarte a los ojos.
—Y la noche del jardín...
—La noche del jardín, Nicolás iba a gritar delante de todos lo que yo le había contado en un momento de debilidad. Que tú no eras quien creías. —Amanda cerró los ojos—. Te vi detrás de la columna y pensé: *ahora lo va a saber, y se va a ir, y no voy a poder explicarle nada.* El pánico me cegó. Cogí lo primero que encontré.
—Casi me matas.
—Lo sé. —Una lágrima le rodó por la mejilla—. Y en cuanto caíste, me arrodillé a tu lado y supe que acababa de destruir lo único bueno que tenía.
Amely guardó silencio. Había oído esa versión de boca de Nicolás, pero oírla de la propia Amanda la golpeaba de otro modo. No había rastro de frialdad. Había una mujer rota hablando con una voz que ya no tenía defensas.
—Dijiste que me protegiera de ti —murmuró—. A Lucía. Antes del accidente.
Amanda levantó la cabeza con sorpresa.
—¿Te lo contó?
—En la barca, antes de que la alcanzaran.
—Entonces es verdad que despertó. —Sonrió con los ojos húmedos—. Cuánto me alegro.
—No finjas.
—No finjo. —Se pasó el dorso de la mano por la cara—. Lucía fue la única amiga que tuve. La única que me conocía de verdad. Una semana antes del accidente le dije que a veces me daba miedo de mí misma. Que cuando sentía rabia o celos, algo se me apagaba por dentro y no sabía qué iba a hacer. Le pedí que, si algún día pasaba algo, cuidara de ti.
—¿Por qué de mí?
—Porque eras la que más podía sufrir por mi culpa.
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Amely apoyó los codos en la mesa y se frotó las sienes. El dolor de cabeza había vuelto, sordo, persistente.
—¿Y Adriano?
Amanda tardó en contestar.
—Adriano fue el error más grande de mi vida.
—Te casaste con él.
—Lo busqué —corrigió ella—. Hace dos años, cuando Quiroga me contó que el fondo de la clínica tenía un socio, Ernesto Ferrer, y que su hijo era un joven viudo del corazón, un hombre que había perdido a alguien y no se había recuperado. Pedí que me enseñaran una fotografía suya. —Hizo una pausa—. Y reconocí su rostro. Era el hombre que salía contigo en la foto del faro.
—Lo sabías desde el principio.
—Sabía que te había querido. Sabía que había dedicado cinco años a buscarte. Y sentí algo que no esperaba.
—¿Qué?
—Envidia.
La palabra quedó flotando entre las dos. Amely sintió que la abogada se movía incómoda en su silla.
—Nadie me había buscado nunca a mí así —dijo Amanda—. Mi padre apenas me miraba. Mi madre me exigía perfección. Y de pronto había un hombre que había removido cielo y tierra por la hermana a la que yo llevaba toda la vida llamando *"la que sobra"*. —Cerró los puños—. Quería saber qué se sentía. Aunque fuera una vez. Aunque fuera con una mentira.