El marido de mi hermana.

Capítulo 14: La caja 417

El Banco Hispano Sur ocupaba la planta baja de un edificio de piedra clara, con columnas jónicas, puertas giratorias de latón y un vestíbulo de mármol que olía a cera y a dinero viejo.

Amely cruzó el umbral a las once y cuarenta, con el sobre marrón contra el pecho. Adriano caminaba a su derecha y Sofía a su izquierda. Detrás venían Julián, Marta y Nicolás, y cerraba la marcha la magistrada Ibáñez, que había suspendido dos audiencias con una sola llamada y aún se abrochaba la toga.

En el mostrador, un empleado joven levantó la vista, reconoció a Adriano por la portada de La Gaceta y se quedó rígido.

—Buenos días —dijo Amely—. Preguntamos por el director. Nos está esperando.

—El señor Salvatierra está en una reunión...

—Con Helena Amersfoort. Lo sabemos.

El empleado tragó saliva. Descolgó un teléfono, murmuró algo y asintió dos veces.

—Segunda planta —dijo—. Despacho del fondo.

Subieron por una escalera de mármol, con la mano de Sofía temblando sobre la barandilla. Amely sentía el pulso en las sienes, en las muñecas, en la llave del cordel rojo que apretaba dentro del puño. Faltaban veinte minutos para las doce.

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Oyeron las voces antes de ver la puerta.

Una era la de un hombre mayor, grave y pausada, que hablaba con la paciencia de quien repite lo mismo por tercera vez. La otra era la de Helena, tan serena que daba escalofríos.

—...insisto en que revise el poder notarial. Está en regla.

—Está en regla, señora Amersfoort. Y está revocado.

—Eso es imposible.

—Fue revocado ayer a las nueve de la noche, ante notario, en la sala de comparecencias de la comisaría central. La firma de su hija consta en el registro. La notificación llegó al banco a las siete de la mañana.

Hubo un silencio. Amely vio, por la rendija de la puerta entreabierta, la espalda recta de Helena, el moño perfecto, el bolso de cuero sobre las rodillas.

—Mi hija no está en condiciones de decidir con lucidez.

—Su hija ha estado lúcida durante cinco años, señora. —El director hizo una pausa—. Mucho más de lo que usted cree.

Amely empujó la puerta.

El despacho era amplio, con una alfombra gruesa, estanterías de roble y un ventanal que daba a la plaza. Tras un escritorio de caoba se sentaba un hombre de unos sesenta años, pelo blanco peinado hacia atrás, gafas de montura fina y traje gris oscuro. Al ver a Amely se puso de pie con una rapidez que desmentía su edad.

—Señorita Amersfoort.

—Señor Salvatierra.

—Eduardo, por favor. —Le tendió la mano—. Llevo cinco años esperándola.

Helena no se volvió. Siguió mirando al frente, con las manos cruzadas sobre el bolso, hasta que el sonido de pasos sobre la alfombra la obligó a girar la cabeza. Vio entrar uno a uno a todos los que había dejado atrás en el pasillo de la comisaría, y su rostro no cambió.

—Qué rapidez —dijo—. Veo que mi hija ha sido muy eficiente.

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—Antes de continuar —intervino la magistrada Ibáñez, avanzando hasta el centro del despacho—, quiero que conste que estoy aquí en calidad de autoridad judicial y que cualquier irregularidad en la apertura de esta caja será anulada.

—Entendido, señoría. —Eduardo Salvatierra se ajustó las gafas—. Todo se hará conforme al reglamento. Y a las instrucciones de la titular.

—¿Qué instrucciones? —preguntó Julián.

El director abrió un cajón con una llave pequeña y sacó una carpeta de cartulina azul, ya amarillenta por los bordes. La colocó sobre el escritorio.

—Hace cuatro años y medio, una joven de veintidós años entró en esta sucursal con un sobre sellado y una petición poco habitual. Quería alquilar una caja de seguridad con doble cerradura, una llave para ella y la otra para el banco. Pero con una condición.

—¿Cuál? —preguntó Adriano.

—Que la caja solo pudiera abrirse con la presencia física de una persona concreta, aunque no fuera la titular. —Eduardo miró a Amely—. Usted.

Amely sintió que el suelo se movía.

—¿Yo?

—Su hermana dejó su nombre completo, la fecha de nacimiento y una descripción física. También una frase que debía pronunciar usted para identificarse, por si alguien intentaba suplantarla.

—¿Qué frase?

—Eso solo lo sabe usted. —El director sonrió con suavidad—. Su hermana me dijo que no la escribiría en ningún papel. Que si usted era quien creía, la recordaría.

Amely abrió la boca para decir que no tenía idea. Pero antes de que las palabras salieran, algo se agitó en su memoria, un hilo fino, tembloroso, que se había soltado en la cocina de Casilda cuando le habían contado que Amanda lloraba al enterrar el abrigo.

*Cuando éramos niñas.*

Amanda tenía ocho años. Amely, cinco. Era una noche de tormenta y las dos estaban escondidas bajo una manta en el cuarto de juegos, con una linterna, porque los truenos daban miedo. Amanda le había susurrado una cosa. Una promesa.

*Si algún día me pierdo, hermanita, me encontrarás si dices esto.*

—*Las hermanas no sobran* —murmuró Amely.

Eduardo Salvatierra cerró los ojos un instante.

—Esa es.

Helena soltó una risa seca.

—Una frase de niñas. Qué conmovedor.

—Es una frase de identificación válida, señora —dijo el director, sin mirarla—. Y la caja pertenece a su hija, no a usted.

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Bajaron al sótano por un ascensor de rejilla que crujía a cada piso. La cámara acorazada se abría al fondo de un pasillo de paredes de hormigón, tras una puerta circular de acero de medio metro de grosor. Dentro, miles de pequeñas portezuelas metálicas cubrían las paredes como celdas de un panal.

Eduardo Salvatierra caminó hasta una fila central, contó con el dedo y se detuvo ante una portezuela marcada con un número grabado en bronce.

417.

—Señorita Amersfoort —dijo—, si es tan amable.

Amely sacó la llave del cordel rojo. Le temblaba tanto la mano que tuvo que sujetársela con la otra. El director introdujo la suya, la del banco, en la segunda cerradura. Giraron a la vez.




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