Durante un largo rato, nadie en la cámara acorazada se atrevió a hablar.
La lámpara blanca zumbaba sobre la mesa. La pulsera de plástico seguía entre los dedos de Amely, tan pequeña que cabía en la palma de la mano. Niña. Madre: A.A. Las letras estaban casi borradas, como si el tiempo hubiera querido ayudar a esconderlas.
—Necesito sentarme —dijo ella, con una voz muy tranquila.
Adriano acercó una silla de metal. Amely se dejó caer sin soltar la pulsera, y el frío del asiento le atravesó la ropa. Notó que las manos no le temblaban. Era lo más extraño. Esperaba llanto, gritos, algo que se pareciera a lo que sentía en el pecho, y en cambio solo había un silencio hueco, como una casa de la que se han llevado todos los muebles.
—No lo recuerdo —murmuró—. Ni un instante. Ni una patada, ni un dolor, ni una cara.
—Amely...
—Una hija, Adriano. Tuve una hija y no lo sé. —Levantó los ojos—. ¿Cómo puede una persona perder algo así y no sentir que le falta?
Él se arrodilló frente a ella y le tomó las manos. Tenía los ojos enrojecidos y la mandíbula temblando, pero habló con una firmeza que parecía costarle sangre.
—Sí lo sentías. —Tragó saliva—. Cinco años de mirar libros rotos, de arreglar lo que otros tiraban, de quedarte sola en esa casa. Tu cuerpo sabía que faltaba algo. Lo que no sabías era qué.
—Me lo quitaron.
—Nos lo quitaron.
La palabra nos cayó entre los dos con un peso nuevo. Amely lo miró un instante. No era el momento de hablar de lo que eso significaba. Pero por primera vez no le dolió oírlo.
---
Fue Marta quien se acercó con pasos suaves, dejó una mano sobre el hombro de Amely y preguntó en voz baja:
—¿Puedo hacerte una pregunta que quizá te parezca rara?
—Hazla.
—¿Tienes una cicatriz en el vientre? Aquí. —Se señaló un punto bajo el ombligo, de lado a lado.
Amely se quedó quieta.
—Sí. Es larga. Me dijeron que me operaron de apendicitis mientras estaba dormida.
—La apendicitis no deja esa marca —dijo Marta, con los ojos húmedos—. Yo te cambiaba los apósitos, hija. Nunca entendí por qué el informe hablaba de un apéndice si la herida estaba en otro sitio. Pensé que me equivocaba, que eran cosas de la medicación. —Se llevó una mano a la boca—. Dios mío. Tenía la respuesta delante y no supe leerla.
—No es culpa tuya.
—Sí lo es. Una parte.
—Una parte es de todos. —Amely apretó la pulsera—. Pero ahora lo sabemos. Eso es lo único que importa.
Sofía, que había permanecido callada junto a la pared con los brazos cruzados sobre el pecho, dio un paso adelante. Tenía el rostro gris, y por un momento Amely vio en él algo que conocía muy bien: el de una mujer a la que le han arrancado un hijo de los brazos y se ha pasado la vida fingiendo que ya no duele.
—Lo siento tanto, hija —susurró—. Lo siento tanto. Debí buscarte con más fuerza.
—No lo hagas. —Amely le tendió la mano libre—. No vamos a repartir culpas ahora. Vamos a encontrarla.
Sofía asintió, con los labios apretados. Después, despacio, cogió la mano de su hija y se sentó a su lado. Dos mujeres con los mismos ojos, la misma herida y el mismo gesto de enderezar la espalda antes de levantarse.
—Encontrémosla —dijo Sofía.
---
La magistrada Ibáñez cerró la caja con delicadeza y se la entregó a Julián.
—Esto sale de aquí bajo mi custodia y la de la Fiscalía Anticorrupción —dijo—. Cada documento quedará inventariado, con testigos. Nadie lo tocará sin mi firma.
—¿Y la niña? —preguntó Adriano.
—La niña es lo primero. —Ibáñez lo miró con una seriedad nueva—. La entrega confidencial de un recién nacido sin consentimiento de la madre es un delito grave. Si hubo agencia, hubo expediente. Y si hubo expediente, hay alguien que lo guarda.
—Helena lo habrá destruido.
—Helena ha tenido cuatro años y medio para destruir cosas. —Se ajustó la toga—. Pero también ha tenido una hija que escribía un diario.
Todos se volvieron hacia el sobre marrón que Amely aún llevaba contra el pecho.
---
Se instalaron en el despacho de Julián, en el piso quince de un edificio de cristal a dos calles del banco. Era una sala luminosa, con una mesa de reuniones de madera clara, café recién hecho y una ventana desde la que se veían los tejados de la ciudad. Amely abrió la libreta negra de Amanda sobre la mesa y pasó las páginas con cuidado, como quien manipula un papel de otro siglo.
La letra de su hermana era ordenada y firme, con una inclinación hacia la derecha que Amely recordaba de las notas que le dejaba en la nevera cuando eran niñas. Pero a medida que avanzaba, la caligrafía iba cambiando. Se volvía más apretada, más rápida, como si la mano hubiera ido perdiendo la calma.
—Busca octubre —dijo Marta—. Hace cuatro años y medio.
Amely pasó las hojas hasta que una fecha le saltó a los ojos. 20 de octubre.
Leyó en voz alta, despacio:
"Hoy mamá me ha contado lo que no quería saber. Amely está embarazada. Nueve semanas. Lo descubrieron en la clínica al hacerle las pruebas de ingreso. Quiroga dice que el embarazo continúa con normalidad pese al golpe.
Le he preguntado de quién es. Mamá me ha dicho que da igual. Que es un error que hay que corregir, que Amely no está en condiciones de ser madre y que la familia no puede permitirse otro escándalo.
He pensado en el hombre del faro. En la fotografía que tomé hace semanas. En cómo sonreía. Y me he dado cuenta de que ese niño es suyo.
No he dicho nada. Y eso también es mi culpa."
Amely dejó de leer. Adriano se había puesto de pie y miraba por la ventana, con las manos hundidas en los bolsillos y la espalda rígida como una pared.
—Sigue —dijo, sin volverse.
—"3 de noviembre. He ido a la clínica. Me han dejado verla desde el pasillo. Está dormida, con una mano sobre el vientre, como protegiéndolo. Cuando era niña dormía igual con su osito.
Mamá y Quiroga hablan de 'la solución'. Lo han dicho delante de mí, como si yo fuera un mueble. Quiroga ha propuesto dejar que el embarazo llegue a término y entregar a la niña a una familia 'discreta'. Mamá ha aceptado.